21. La escisión del grupo de amigos #2
—Prefiero quedarme con vosotros —dijo en voz baja—.
Esto no tiene nada que ver con lo que hay entre Toto y yo —se apresuró a añadir—.
Es solo que... a mí tampoco me cae bien ese Baltasar.
Prefiero ayudaros a vosotros a vigilar los acantilados —dijo.
Álvaro abrió mucho los ojos y Julia tampoco se lo podía creer—.
Quiero decir que alguien tendrá que ocuparse de que no os falte nada, ¿no?
—agregó con entusiasmo—. Hay que organizarlo bien; si no, no servirá de nada.
Al fin y al cabo, no os podéis pasar veinticuatro horas seguidas en una barca, ¿no?
Necesitamos un plan. Apuesto a que Tanja también nos echará una mano —dijo con un aire aventurero repentino—. ¿Qué? ¿Me lleváis?
Julia no pudo evitar abrazar a su amiga para agradecérselo.
—Pues claro que sí —dijo conmovida—. ¿Verdad, Álvaro?
—Por supuesto —respondió él, y se le notó que lo decía de todo corazón—. Ven con nosotros.
Amelie tenía razón. Aunque a Julia le habría gustado poder unirse a Diego enseguida, tenía que atender ciertas obligaciones.
Por ejemplo, había que llevar a Emil a la escuela al día siguiente y luego recogerlo.
Y, puesto que les había dado dos días libres a Sam y a Devi, tendría que encargarse de ello personalmente.
No podía dejar que fuera en autobús con la órtesis.
Al fin y al cabo, debía tener cuidado con el pie.
Si Emil había tomado una decisión, no lo reveló. Se mostró pensativo y retraído, y durante el trayecto hacia la escuela no dijo gran cosa, limitándose a responder con monosílabos a las preguntas de su tía.
En casa, Julia subió antes que nada al tejado para buscar a Diego.
Efectivamente, vio su barca anclada justo debajo de la Lomada Ronca.
Abatida, volvió a bajar. Habían tenido la esperanza de que medio pueblo los apoyara, pero resultaba que tendrían que arreglárselas solos para ayudar a aquel hombre tan valiente y, por desgracia, no tenían embarcación.
Julia había confiado en el cúter de Toto.
Por otro lado, sabía que su familia tenía yolas pequeñas y botes de remos. ¿Y si hablaba con su padre?
—¿Has visto a Álvaro? —le preguntó a Amelie, que estaba clasificando los envases vacíos en el edificio contiguo y ya había sacado al patio dos cajas de botellas de agua.
—Ha salido a buscar un barco —respondió—. Os estoy preparando una caja con bebidas.
Julia decidió aprovechar también el tiempo e hizo rápidamente una deliciosa ensalada de atún a pesar de tener la sensación de que no podría probar bocado por culpa de la agitación.
De todos modos, descongeló un montón de sus sensacionales panecillos caseros y preparó tortitas de huevo para luego untarlas con la miel de Maribel y enrollarlas.
Tarde o temprano volvería a tener hambre.
Tenían que estar fuertes para enfrentarse a los hombres de Marcos.
Estaba pensando en qué más podría preparar cuando Tanja entró corriendo en la cocina y le mostró unas hojas impresas.
—Mira lo que he encontrado.
Julia se limpió las manos en el delantal y cogió los papeles. Eran fotografías que mostraban a un hombre y a una mujer.
—¿Quién es? —preguntó desconcertada.
—Nuestro alcalde —replicó Tanja.
—La mujer que está a su lado no es Lorita —constató Julia, y de repente se le encendió la bombilla—. ¡Es su amante! —exclamó, observando las otras imágenes. La siguiente los mostraba besándose—. ¿De dónde las has sacado?
—De los ficheros de Jens —respondió Tanja con orgullo—.
He pensado que ese imbécil de Toto... —dijo, y bajó la voz buscando con la mirada a Amelie.
Se aseguró de que no estuviera cerca antes de proseguir—.
Bueno, ya que Toto no ha encontrado tiempo para examinar los documentos a fondo, me he encargado yo de ello.
—¿Jens tenía estas fotografías en su ordenador? —preguntó Julia asombrada. De repente fue como si le hubieran quitado una venda de los ojos—. ¿Crees que podría estar chantajeando a Baltasar?
Tanja se encogió de hombros.
—¿Baltasar se llama el tipo? Repasaré los ficheros con la función de búsqueda.
—Baltasar Alonso —dijo Julia, todavía consternada por el descubrimiento, y consultó el reloj—. Dios mío —exclamó de pronto—. Tengo que irme, he de recoger a Emil en la escuela.
Guardó rápidamente la comida que había preparado, cogió su bolso y se marchó.
Estaba charlando con Devi, que había ido a buscar a Parvati, cuando de repente el minibús turístico de Jens entró en la plaza.
—No puede ser verdad —exclamó.
¿Era posible que una semana después su hermano se hubiera acordado de que tenía un hijo?
El miedo y la decepción se apoderaron de ella.
¿De verdad Emil le había contado a su padre lo que habían descubierto?
¿Había aparecido en ese momento para volver a poner al chico de su lado?
Jens bajó del vehículo: muy bronceado, guapo, con la melena de color rubio oscuro revuelta de un modo atractivo, como de costumbre, y los ojos azules resplandecientes.
Y se acercó a ella. Devi se despidió apresuradamente con la excusa de que tenía que ir a comprar el periódico.
Ella también conocía el carácter impredecible de Jens.
—Hola, Julia, ¿qué tal? —dijo, y ella tardó un momento en recomponerse antes de poder devolverle el saludo—. Oye, gracias por haberte ocupado de Emil —prosiguió—. ¿Cómo tiene la pierna?
—Se rompió un ligamento del tobillo —respondió Julia—. Seguramente ya te lo ha contado él con todo detalle.
Jens negó con la cabeza y miró hacia la puerta de la escuela.
—No me ha mandado ni un solo mensaje desde hace más de una semana.
—Que yo sepa, tras el accidente intentó contactar contigo muchas veces —repuso Julia.
—Ah... Sí, eso —comentó Jens, que parecía distraído—. Es que no podía. Ahora mismo tengo demasiadas cosas entre manos.
«O disimula muy bien, o realmente Emil no le ha contado nada», pensó Julia, aunque lo de que había estado muy ocupado sin duda se lo creyó.
—Ha sido genial que le echaras una mano después del accidente.
—Jens la miró directamente—. Me gustaría darte las gracias por ello.
Sé que las cosas no siempre han ido como la seda entre nosotros —dijo, y se quedó callado mientras se pasaba la mano por el pelo y clavaba la vista en el suelo—.
Seguro que me tienes por un idiota —prosiguió, riendo sin alegría—.
Y no te lo puedo reprochar, es solo que...
—Una vez más, volvió la mirada hacia la escuela antes de continuar—.
Simplemente no sé cómo ser un buen padre.
No, de verdad —se apresuró a añadir al ver que Julia estaba a punto de responder algo—.
Parece una tontería, pero es así. Ya desde pequeño, Emil me ha demostrado siempre su desprecio.
Al menos desde que empezó lo de Tanja. Bueno, ya sabes —dijo, y Julia se sorprendió al ver que parecía estar hablando en serio.
De hecho, se mordisqueó el labio inferior como si no supiera cómo continuar—.
El caso es que lo echo de menos. Y ahora que Tanja ya no está en casa...
—Vive conmigo —lo interrumpió Julia sin saber muy bien por qué se lo estaba contando. ¿Para contrariarlo, como siempre? ¿Para provocarlo?
—Lo sé —respondió Jens, desviando la vista—.
Y eso también me parece bien. Al final las mujeres siempre os apoyáis las unas a las otras.
Nunca lo he comprendido, pero es así. En cualquier caso, me gustaría ser un buen padre para Emil.
El que él querría tener. Uno al que admire.
¿Me comprendes? —preguntó, mirándola con escepticismo—.
Ay —exclamó descartándolo con un gesto—, olvídalo.
¿Por qué tendrías que entenderme precisamente tú?
—Sé lo que quieres decir —contestó Julia—. Emil es un chico fabuloso. Ahora mismo está desgarrado por dentro, y los dos tenemos la culpa de ello. Cree que debe decidir entre nosotros.
Jens arqueó las cejas.
—Pero yo soy su padre. Tú no eres más que su tía.
Aunque a Julia le habría gustado decirle muchas más cosas, le pareció más sensato no añadir nada.
—Emil te quiere —respondió, y, aunque no le resultó fácil decirlo, al fin y al cabo, era la verdad.
La última semana el chico le había demostrado con creces hasta qué punto le hacía sufrir el comportamiento de Jens—.
Pero lo que necesita es poder confiar en ti —añadió con vehemencia—.
No puedes estar al lado de tu hijo solo cuando todo va bien y, en cuanto aparece algún problema, dejarlo en la estacada.
No te puedes imaginar lo abatido que estaba cuando lo recogí en el hospital.
—Bueno, es que se comportó como un idiota haciendo parapente —replicó Jens—. En su lugar, yo también me habría frustrado.
—Tiene trece años, maldita sea —le espetó Julia—. Y era la primera vez que lo hacía. Incluso un adulto puede torcerse un tobillo durante el primer aterrizaje. En cualquier caso, el responsable de vigilarlo eras tú y...
—Ya estamos otra vez —la interrumpió Jens enojado—. Reproches, nada más que reproches. Eso sí que se os da bien a las mujeres. Es una lástima. Esperaba que pudiéramos hablar de una vez como personas sensatas.
—No soy yo quien tiene problemas para comunicarse —le espetó Julia. Se esforzó por contener la ira respirando hondo—. En tu opinión, ¿cómo crees que deberíamos hacerlo a partir de ahora?
Jens se encogió de hombros y miró hacia el edificio de la escuela, del que empezaban a salir los primeros alumnos.
—Me gustaría que viviera conmigo.