Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 21. La escisión del grupo de amigos
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21. La escisión del grupo de amigos

LA ESCISIÓN DEL GRUPO DE AMIGOS

Durante el trayecto hacia la finca, Julia y Emil no se dijeron nada, pero esa vez el silencio no fue hostil: los dos tenían demasiadas cosas en las que pensar.

Una vez en casa, los demás parecían haber desaparecido.

Parvati era la única que estaba esperando pacientemente a Emil en el jardín para repasar con él lo que habían hecho durante la semana en la escuela.

A Julia le pareció oír cómo el chico soltaba un suspiro al verla, aunque, de todos modos, fue a su encuentro cojeando.

Ella preparó unos bocadillos con unos panecillos que había comprado por el camino: uno con el jamón preferido de Emil y el otro, para Parvati, con tomate y aguacate, puesto que era vegetariana.

Una vez servidos los niños, fue a buscar a Álvaro.

Lo encontró con uno de sus ayudantes en el jardín de sal, donde estaba preparando los estanques de evaporación para afrontar la temporada de lluvias.

Para ello limpiaba los estanques y los inspeccionaba en busca de daños.

Álvaro había desmontado la bomba que sacaba el agua salada desde su punto más profundo para llevar a cabo su mantenimiento.

Hasta la primavera no volvería a llenar los estanques del jardín de sal.

Se quedó mirando a los dos hombres con paciencia, aunque a menudo los ojos se le desviaban hacia las rocas tras las que se encontraba la escarpada costa de la Lomada Ronca. Lo que había visto esa tarde de repente le parecía completamente irreal.

—Te veo muy pensativa —dijo Álvaro cuando dio por terminada la jornada.

—Tengo muchas cosas que contarte —dijo ella. Pensó en las dos mochilas con los explosivos que Diego se había llevado. Y en Emil y la difícil decisión que tenía que tomar. ¿Y si ya había hablado con Jens?

—Pues dispara —replicó Álvaro. Su sonrisa tuvo un efecto refrescante para Julia. Seguro que juntos encontrarían una solución para evitar lo peor.

Se lo contó todo, desde la visita al hospital hasta la inmersión inesperada con Diego. Al principio a Álvaro se le ensombreció la mirada con solo oír ese nombre, pero luego le prestó toda su atención.

—O sea, que realmente van en serio. Piensan hacerlo —dijo cuando Julia le describió el contenido de las cajas.

—Me da miedo que Marcos no espere a ver qué se decide en el Parlamento. Madrid queda muy lejos —dijo ella.

—¿Y Diego?

—Quiere montar guardia allí —le explicó—. Ha dicho que, si quieren llevar su plan a cabo, tendrán que hacerlo volar por los aires a él también.

—¿Y crees que lo dice en serio?

—Totalmente —replicó Julia. Cuando pensaba en la expresión resuelta del pescador, no tenía la menor duda de ello.

—La idea está bien —dijo Álvaro con aire pensativo—. Pero él solo no lo conseguirá.

—No te imaginas lo decidido que está —objetó Julia.

No obstante, su novio se refería a otra cosa.

—Imagínate qué pasaría si estuviéramos todos allí cuando vayan. Y si ninguno de nosotros se moviera de su sitio.

—Sí —exclamó Julia entusiasmada—. Podríamos plantarnos allí para protestar. Como la gente que se ata a los árboles para que no los talen.

—Y simplemente no nos apartaremos de esas rocas.

Álvaro se había puesto en pie de un brinco y empezó a recoger sus herramientas.

—Vamos a ver a Toto —propuso. Julia le echó una mano para terminar antes—. Hoy seguro que no volarán nada. Mañana ya veremos.

Fueron en coche hasta el pueblo y llamaron a la casa de la familia Pérez, donde Toto vivía con sus padres.

Álvaro también había avisado a Pepe, a Naira y a Serena, y no tardaron en reunirse con ellos.

Sin embargo, ni Juan ni Beatriz sabían dónde se había metido su hijo.

Cuando por fin llegó a casa junto con Amelie, los dos felices y cansados, explicó que habían ido a bañarse a una cala apartada donde no había cobertura móvil.

No obstante, cuando se enteró de la excursión de Julia y del hallazgo que habían hecho con Diego a los pies de la Lomada Ronca, el cansancio se le pasó de golpe.

—¿Dónde están los explosivos ahora?

—Diego se los ha llevado —respondió Julia.

—¿Diego? —exclamó Toto indignado—. ¿Estás mal de la cabeza o qué?

—Oye, tú —lo contradijo Julia con decisión—.

Me pone de los nervios que habléis así de ese hombre.

Si no fuera por él, no sabríamos lo que está ocurriendo.

Y, por lo que parece, le importa más la conservación de la costa que a todos nosotros juntos —le espetó, y enseguida se mordió la lengua para no mencionar que, desde que estaba con Amelie, Toto se había limitado a confiar en la decisión del Parlamento y pasaba tanto tiempo como podía con ella.

Y en el fondo les deseaba lo mejor, pero no en esa situación tan crítica—.

¿Has revisado ya los documentos de Jens?

¿No? Entonces no pienso tolerar ni un solo comentario despectivo más sobre Diego. Este asunto es demasiado serio.

Se hizo el silencio en la habitación de Toto. Amelie se quedó mirando indignada a Julia. Al parecer, no le había gustado cómo le había hablado a su nuevo amor. Naira también la observaba enfadada, y estaba a punto de objetar algo cuando Álvaro se le adelantó.

—Julia tiene razón —dijo—. Es el momento de dejar a un lado esas viejas historias. Esto va sobre el futuro. Diego quiere montar guardia allí con su barca y creo que deberíamos ir a apoyarlo.

—Tenemos que informar a Baltasar sobre esto —dijo Pepe al cabo de un rato.

—Yo creo que no —respondió Julia—. No me fío de él. Diego lo ha visto varias veces con Marcos. Y el sábado evitó la confrontación.

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Naira con hostilidad.

—Que mintió —replicó Julia—. No tenía ninguna celebración familiar. Me lo contó Lorita.

—Ya te lo dije —empezó a decir Toto, usando el tono de voz de un maestro que debe explicar las tablas de multiplicar por enésima vez.

—¿Que tiene una amante y estaba con ella? ¿Lo sabes con seguridad? ¿O no es más que una suposición? No me fío de alguien que miente a su esposa y a sus amigos y que, además, se relaciona con Marcos en secreto.

—Baltasar es nuestro alcalde —intervino Serena—. Y hasta ahora siempre nos ha representado bien.

—Y eso de que se está relacionando con Marcos lo ha dicho Diego. ¿Quién sabe si es cierto? —objetó Naira, mirando a los demás con aire desafiante—. Si tengo que escoger, la verdad es que me fío más de Baltasar. Por algo lo elegimos para que fuera nuestro alcalde.

—Muy bien —dijo Julia acalorada—. Haced lo que creáis conveniente. Ya veremos de qué lado se pone a la hora de la verdad.

Dicho esto, se levantó e hizo ademán de marcharse, pero Álvaro la agarró para impedirlo.

—Dejando a un lado el asunto del parque nacional —dijo con calma y prudencia—, yo sería quien se vería más perjudicado por una explosión.

¿Os acordáis del informe que emitió la organización medioambiental de Toto?

Deja claro que la topografía del fondo marino influye de un modo decisivo en las corrientes de ese tramo de costa y, por consiguiente, crea las condiciones necesarias para la existencia del jardín de sal.

Si por nuestra inacción acaban volando esa roca, destruirán también mi medio de vida.

Propongo pensar muy bien lo que debemos hacer.

—¿Tienes alguna propuesta? —preguntó Serena.

—Apoyar a Diego y montar guardia allí con él.

—Podemos votarlo —propuso Pepe—. ¿Quién está a favor de avisar a Baltasar para que ponga coto a Marcos?

Él mismo, Toto y Naira levantaron la mano.

—¿Y quién está a favor de unirse a Diego y montar guardia?

Julia y Álvaro alzaron la mano. Serena no parecía decidirse entre ninguna de las dos opciones.

—Estáis en minoría —concluyó Pepe.

—Además, tu hermano también es responsable de todo este desastre.

Por supuesto, había sido Naira quien, fulminando a Julia con la mirada, había tenido que insistir en ese punto.

—Ella no tiene la culpa de eso —intervino Amelie.

—¿Y a ti quién te ha dado vela en este entierro? —le espetó Naira con los ojos brillantes de ira.

—Cálmate un poco, Naira —le dijo Toto para intentar apaciguar la situación, pasándole un brazo por el hombro a Amelie.

—Desde que estas dos alemanas están aquí, ya no es como antes —soltó ella—. Y detrás de todo esto no hay otro que su hermano. ¿Estáis ciegos o qué? —exclamó, poniéndose en pie de un brinco. Salió corriendo de la habitación y luego de la casa, pegando un sonoro portazo.

Durante unos momentos, reinó un silencio incómodo. Hasta que Álvaro se puso en pie.

—Esperaba que pudiéramos actuar unidos —dijo—.

Como antes. Pero ya veo que no será el caso —concluyó.

Parecía desconcertado, y Julia comprendió que era la primera vez que entre aquellos amigos había una discordia tan importante—.

Así pues, creo que lo mejor será que cada uno actúe como crea para evitar que suceda lo peor —dijo, asintiendo como si tuviera que convencerse de que aquella era la única solución—.

Venga —le dijo a Julia con suavidad—, vámonos.

Ya casi habían llegado a la plaza de la iglesia cuando alguien corrió tras ellos por la empinada calle. Era Amelie.

—Esperad —gritó sin aliento—. ¿Me podéis llevar a casa?

—Claro —dijo Julia, mirando atentamente a su amiga—. Aunque, de todos modos, mañana y pasado no abriremos, de manera que puedes quedarte en casa de Toto si quieres.

Su amiga sacó el labio inferior como si hiciera pucheros y negó con la cabeza.