Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 20. Un paraíso amenazado #3
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20. Un paraíso amenazado #3

Se puso a pensar febrilmente. Al cabo de pocos días se decidiría en Madrid si aquella zona se declaraba o no parque nacional.

No obstante, si Marcos llevaba a cabo una política de hechos consumados antes del plazo estipulado y destruía la integridad del paisaje, ya podían olvidarse de ello.

Una voladura tendría consecuencias devastadoras no solo para el ecosistema local, sino también para el jardín de sal de Álvaro.

Estaba en juego ni más ni menos que su medio de vida.

—Nos lo llevaremos —decidió Diego, y empezó a sacar los paquetitos de la caja.

—¿No es peligroso? —preguntó Julia, y se le puso la piel de gallina al ver la despreocupación con la que el hombre manipulaba el explosivo.

—No —respondió él—. Tranquila. Esta clase de explosivos solo se vuelven peligrosos cuando se detonan dentro de una cápsula como esta —le explicó, señalando una caja en la que había unos tubos metálicos—.

Se pueden transportar sin ningún problema.

Por eso son tan apreciados —dijo, riendo sin alegría.

De una de las otras dos cajas, sacó dos bolsas impermeables y procedió a llenarlas.

—Tenemos que avisar a la policía —propuso Julia.

—Bueno, no estoy seguro de que sirva para nada —murmuró Diego, ayudándola a ponerse una de las mochilas. Al parecer, no tenía mucha confianza en las autoridades.

—¿Qué había en las cajas? —quiso saber Emil cuando volvieron a subir a bordo—. ¿Y de dónde habéis sacado esas mochilas?

Al principio ni Julia ni Diego respondieron a sus preguntas. Primero se cambiaron de ropa. Al ver que Emil no iba a dejarlos en paz, Julia decidió contarle la verdad.

—Para serte sincera, no estoy muy segura de si puedo confiar en ti —dijo, mirándolo atentamente. Eso pareció dolerle y ya abría la boca para protestar cuando su tía se le adelantó—. Se trata de los planes de tu padre. No estoy de acuerdo con lo que se propone hacer. Y Diego tampoco, por cierto.

Emil abrió mucho los ojos, sorprendido. Se notaba que estaba atando cabos. Luego miró hacia la costa.

—¿Este es el lugar en el que quiere construir la estación de buceo?

—Sí —respondió Julia—. Y no solo eso. Tú mismo me contaste que para eso tenía que volar una roca submarina. Y eso no debe suceder pase lo que pase.

—Tal vez lo comprenda mejor si le muestro lo que está en juego —propuso Diego—. ¿Qué te pasa en el pie? ¿Puedes meterte en el agua?

Julia permaneció en la barca y desde allí observó cómo Diego guiaba con cuidado a su sobrino por los arrecifes.

No sabía que Emil nadara y buceara tan bien, y se quedó asombrada al ver hasta qué punto se encontraba en su elemento.

El Rostro y su hermano se lo habían llevado muchas veces al mar y le habían enseñado a pescar con arpón.

En esos momentos Julia observaba fascinada cómo Emil se sumergía una y otra vez para volver a emerger resoplando.

Diego y él pasaron un buen rato junto a la roca de las jorobas, tras la que se encontraban las cuevas que Jens se había propuesto hacer más accesibles.

Cuando volvieron a bordo, el chico tiritaba de frío.

Se había lanzado al mar en calzoncillos, y es que Diego no tenía ningún traje de neopreno de su talla.

Julia corrió a envolverlo en la manta y le frotó la espalda para calentársela.

Se moría de ganas de preguntarle qué había visto, pero decidió que sería mejor guardar silencio. Al final fue Diego quien tomó la palabra.

—En esas cajas que acabamos de ver, tu tía y yo hemos encontrado explosivos —explicó con seriedad—. Y un montón de cosas más que se utilizan cuando alguien se propone volar algo. Los explosivos los hemos cogido —dijo, dando una palmada con la mano en una de las mochilas.

Emil abrió mucho los ojos.

—¿Ahí dentro hay explosivos? —preguntó fascinado y asustado por igual.

Diego asintió.

—No tengas miedo, no nos pasará nada. Pero hay una cosa que sí debes saber: haré todo lo posible para que este lugar siga intacto —aseguró, gesticulando hacia su alrededor—.

Porque amo este mundo y no pienso permitir que lo destruyan —añadió, esperando a ver cómo reaccionaba Emil ante sus palabras.

Julia se sorprendió de lo mucho que había cambiado aquel hombre desde que lo había conocido.

Allí, en el mar, estaba en paz y se mostraba seguro de sí mismo, fuerte.

Emil también parecía impresionado, aunque, de todos modos, se habían llevado sorprendentemente bien desde el primer momento—.

Tendrás que decidir si se lo cuentas a tu padre —prosiguió Diego—, pero, si lo haces, debes saber que traerán más explosivos y acabarán ejecutando su plan.

Eso sí, tendrán que hacerme volar por los aires a mí también.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Emil.

—Muy sencillo —respondió Diego. Se puso en pie y empezó a recoger el ancla—. A partir de ahora pienso apostarme aquí. Y, en cuanto os haya dejado de nuevo en casa, no habrá nada capaz de apartarme de este lugar.

Dicho esto, arrancó el motor y guio la barca de vuelta con mano firme.