20. Un paraíso amenazado #2
—No —respondió Diego, poniéndose en pie para mirar primero hacia el cielo y luego hacia la superficie del agua—. Ahora me sumergiré. No te preocupes, volveré pronto. Buceo conteniendo el aire que tengo en los pulmones.
Se encaramó a la caja en la que estaba sentado Emil, puso un pie sobre la barandilla y empezó a respirar profundamente.
Aunque Julia solo lo veía desde atrás, habría jurado que tenía los ojos cerrados.
Su respiración se volvió cada vez más profunda, las costillas se le expandían cada vez más.
Con un movimiento fluido, se puso las gafas de buceo. Y saltó.
Emil se volvió con brusquedad hacia Julia, y esta detectó en su rostro admiración y también un asombro inusitado.
Por lo visto, se le ocurrió que podía cronometrar el tiempo y entonces se miró el reloj de pulsera mientras su tía se ponía en pie con cuidado y observaba por encima de la barandilla hacia el fondo del mar.
No vio a Diego por ninguna parte, era como si nunca hubiera estado allí. Julia solo distinguía zonas más claras y más oscuras.
La ausencia del hombre se les hizo eterna. Al final su cabeza sobresalió del agua a unos veinte metros de la barca, y las salpicaduras resplandecieron plateadas mientras, de forma sonora, volvía a llenar los pulmones de aire.
—Seis minutos —exclamó Emil entusiasmado, saltando sobre la pierna buena—. ¡Quiero aprender a hacerlo!
Diego nadó hasta el Esperanza y trepó por la escalera exterior.
—¿Qué has visto? —le preguntó el chico con impaciencia.
—Primero déjalo descansar —le advirtió Julia, mirando al hombre con preocupación. Estaba pálido y sus labios habían adquirido un tono azulado. El buceo en apnea no parecía una actividad precisamente saludable.
Diego cogió una manta de lana, se envolvió el cuerpo y se sentó frente a ellos.
Se quedó ahí quieto durante un rato con los ojos cerrados, como si estuviera pendiente de cómo reaccionaba su cuerpo.
Julia notó que volvía a respirar de forma controlada y, poco a poco, sus mejillas recuperaron el color.
—Eso no debería estar allí —dijo de repente, y dirigió la mirada hacia la costa rocosa, justo por encima del nivel del mar.
Julia intentó distinguir lo que él veía.
Luego Diego se puso en pie, abrió una trampilla bajo el timón y sacó unos prismáticos.
Pasó un rato estudiando la orilla en silencio—.
Son cajas —dijo al fin—. Al menos hay tres —añadió, tendiéndole los prismáticos a Julia.
Ella tardó un rato en encontrar el lugar. Y después lo vio. Eran contenedores de plástico.
De repente se le cayó la venda de los ojos.
Examinó la escarpada costa de nuevo. Lo estaban viendo desde un punto de vista algo distinto, por eso no lo había reconocido de inmediato, pero era el mismo sitio que mostraba la fotografía que habían encontrado entre los archivos de Jens.
En ese instante lo tuvo claro: justo allí era donde Marcos y él se proponían construir la estación de buceo.
—¿Qué hay exactamente ahí abajo? —preguntó Julia para cerciorarse.
—Un biotopo indescriptiblemente bello —respondió Diego—.
Especies marinas, animales y plantas muy poco comunes —dijo, titubeando y mirándola como si no estuviera muy seguro de si podía confiar en ella—.
Y cuevas submarinas —añadió—. Todo un sistema de grutas.
En ningún otro sitio he visto tantos ejemplares de estrellas espinosas y santiaguiños como allí.
En otros lugares se extinguieron hace tiempo, pero aquí no porque es difícil acceder a esas cuevas; esta roca bloquea la entrada —dijo, señalando hacia unos escollos que sobresalían del agua y que, por lo visto, solo eran la punta de una formación mucho mayor. Parecían el lomo de un camello.
Julia miró instintivamente a Emil. Tenía que ser la roca que Jens y Marcos se proponían volar. Él también se dio cuenta y bajó los párpados.
—Me gustaría saber qué hay en esas cajas —dijo Julia.
—Entonces iremos a verlo —respondió Diego como si fuera lo más normal del mundo—. Sabes nadar, ¿verdad?
—Sí, claro —contestó ella sorprendida—. Pero no he venido equipada.
Diego abrió de nuevo el compartimento que había bajo el timón y sacó unos cuantos utensilios. Una lona. Un salvavidas. Unas cuantas gafas y tubos de buceo. Y, finalmente, un traje de neopreno que sostuvo en alto.
—Creo que te servirá —opinó, tendiéndoselo a Julia—. Elige una de las gafas —añadió, examinando las aletas y guardando el resto de las cosas. Al final resultó que tenían todo lo necesario.
—¿De verdad queréis nadar hasta allí? —preguntó Emil con incredulidad.
—Claro —respondió Diego.
—¿Desde esa zona podremos llegar a tierra firme? —inquirió Julia cuando se hubo puesto el traje de neopreno en la proa de la embarcación. La orilla que había bajo la Lomada Ronca parecía realmente inaccesible.
—Sí, hay algunos sitios por los que se puede llegar. Venía por aquí a menudo con mi mejor amigo —dijo Diego, dirigiéndose a Emil—. No había piedra que se nos resistiera.
—¿Y dónde está él hoy? —preguntó el chico.
Al principio pareció como si Diego no lo hubiera oído. Julia estaba ocupada poniéndose las aletas. Tenía una ligera idea de a quién se refería.
—Está muerto —dijo al fin—. ¿Tú tienes algún amigo?
El efecto que esa pregunta tuvo en Emil fue sorprendente. De repente pareció muy solitario, sentado en aquella caja, con el pie herido apoyado en un montón de cuerdas.
Al parecer, no sabía qué responder. ¿Estaba pensando en el Rostro, al que tanto había ofendido y del que no quería saber nada más?
—Pues, si tienes uno —prosiguió Diego—, trátalo bien. Y sobre todo cuídalo.
Dicho esto, arrancó el motor y guio la embarcación con cautela a través de los arrecifes hasta llegar lo más cerca posible de la orilla. Una vez allí, echó el ancla de nuevo y se aseguró de que la embarcación hubiera quedado bien varada.
—Ahora eres tú el capitán —le dijo a Emil, dándole unas palmadas en el hombro.
Fue sorprendentemente sencillo llegar entre las rocas hasta tierra firme.
Julia se arriesgaba de vez en cuando a mirar hacia abajo con las gafas de buceo y deseó que Emil también pudiera ver lo que tenía frente a sus ojos.
Quizá entonces comprendería por qué los amigos de Álvaro no querían que se llevaran a cabo voladuras por allí.
En una ocasión Diego se volvió hacia ella, señaló hacia la superficie y Julia hundió la cara bajo el agua para ver a qué se refería.
Era una estrella de mar de un verde intenso, de unos cuarenta centímetros de diámetro.
Tenía los brazos cubiertos de espinas fluorescentes de color azul hielo y las puntas naranjas.
Estaba aferrada a una roca como una joya a su montura, rodeada de anémonas de color rojo intenso.
Diego le sonrió y, a pesar de que le veía la cara distorsionada bajo el agua, a Julia le pareció que su expresión era relajada y feliz. «Aquí abajo debe de desprenderse de todo lo que le aflige», pensó mientras lo seguía hacia la orilla.
Efectivamente, resultó muy sencillo llegar a tierra firme.
Las olas habían formado unos escalones en la roca que llevaban hasta un saliente sobre el que estaban las cajas que habían visto.
Julia se quitó las gafas y se volvió hacia el Esperanza: Emil los saludaba desde la cubierta con la mano.
Ella respondió al gesto y luego miró a su alrededor.
Diego llegó hasta los contenedores y los examinó. El hecho de que estuvieran sellados con cintas de plástico no pareció importarle. Las cortó con una navaja y abrió la primera caja. Dentro había botellas de aire y otros utensilios necesarios para bucear. En la segunda encontró lo mismo.
—Mira —dijo tras abrir el tercer contenedor.
En él había toda clase de herramientas: martillos y cinceles, taladros, cinta adhesiva resistente al agua, varios rollos de cable y una docena de paquetitos envueltos que contenían algo parecido a la plastilina—.
Es explosivo plástico —constató con desconcierto, cogiendo uno de los paquetitos y observándolo con atención mientras le daba vueltas para verlo desde todos los ángulos—.
Conozco ese material de mis tiempos en el ejército —explicó, dirigiendo sus ojos grises hacia Julia—. ¿Qué significa todo esto?
No fue hasta entonces cuando ella se dio cuenta de que el hombre no estaba al corriente de las voladuras planeadas.
—¿Te acuerdas de que Marcos quería construir una estación de buceo aquí? —empezó a contarle, y Diego asintió—. Por desgracia, mi hermano también está involucrado en el asunto y ha mencionado la necesidad de volar una roca submarina. Ni más ni menos que la que bloquea el acceso a las cuevas.
—¿Qué? —exclamó Diego, mirándola horrorizado—. ¿Que quieren volarla? —preguntó, observando el paquetito que tenía en la mano y luego todo lo demás que había dentro de la caja—. ¡Eso no puede llegar a suceder!
—No —convino Julia, contemplando las cajas desconcertada—. ¿Qué hacemos ahora, pues?