20. Un paraíso amenazado
UN PARAÍSO AMENAZADO
—Vaya, ¿a quién tenemos aquí? —exclamó Isora, que salió con una sonrisa para recibir afectuosamente a Julia—. Veo que has encontrado otra vez el camino.
—No sé por dónde se me ha escapado el tiempo —respondió ella avergonzada—. Con un solo día libre a la semana no llego a nada.
—A nosotros nos pasa lo mismo —dijo Isora—. Por eso a partir de la semana que viene también nos tomaremos los martes libres, así que habéis tenido suerte —dijo, mirando la pierna lesionada de Emil—. Vaya, eso parece grave —añadió en tono compasivo.
—No es nada —replicó el chico—. Solo una rotura de ligamento.
—Bueno, yo diría que no es cualquier cosa —respondió Isora, riendo—. ¿Os apetece comer algo?
—Claro que sí. Venimos con un hambre de lobo, ¿verdad, Emil?
Se sentaron en la mesa preferida de Julia, desde la que se podía ver el patio lleno de plantas. Justo en ese momento, el gato de Isora se les acercó para olisquear con interés el pie de Emil.
—Este es Ramsés —dijo la mujer para presentar al animal pelirrojo antes de dejarles las cartas. Emil se inclinó hacia él y le tendió la mano. Al gato le temblaron los bigotes y al cabo de un momento saltó sobre el regazo del chico.
—Ramsés —protestó Isora—. ¡Baja de ahí! Sabes perfectamente que eso no se hace.
El gato arqueó el lomo con pereza, dio una vuelta sobre sí mismo y se aposentó impasible sobre los muslos de Emil.
—Ay, por favor, déjelo —dijo el muchacho, empezando a acariciar al felino, que de inmediato comenzó a ronronear.
Julia miró a Isora y asintió. ¿Qué importaba que un animal no fuera lo más higiénico en la mesa? Lo principal era que Emil se soltara un poco de una vez.
El chico se decidió por el chuletón con patatas fritas, mientras que Julia pidió un plato de pescado.
—Dime —preguntó—, ¿por qué estás tan furioso conmigo?
Emil levantó la mirada un momento.
—Ya no lo estoy —masculló entre dos bocados.
—Pero me tratas como si te hubiera hecho algo malo —replicó Julia.
Emil se encogió de hombros con la vista clavada en su plato. Julia soltó un sonoro suspiro. Probablemente tendría que acostumbrarse a ese comportamiento; al fin y al cabo, su ahijado no era distinto a los demás chicos de su edad. Aun así, eso la entristecía profundamente.
—Buenos días —dijo Diego, plantándose de repente frente a la mesa con una sonrisa insegura—. ¿Cómo estás?
—¡Hola! Me alegro de verte —respondió Julia, señalando una silla vacía—. Siéntate con nosotros. Por cierto, este es mi sobrino Emil. Emil, Diego es el hermano de Isora.
Tras un leve titubeo, el hombre se decidió a sentarse a la mesa con ellos.
—Es pescador —le explicó Julia a Emil—. Y también hace algo muy emocionante. Es apneísta.
—Apne... ¿qué? —preguntó el chico con el ceño fruncido.
Diego sonrió y empezó a explicarle en qué consistía el buceo a pulmón.
A Emil le pareció tan emocionante que incluso dejó que se le enfriara el chuletón.
Y, mientras Julia los escuchaba, se dio cuenta de que su sobrino necesitaba urgentemente algo que ella jamás podría ofrecerle: hablar sobre alguna actividad como esa con hombres.
Hombres a los que pudiera admirar e intentar emular.
Incluso después de comer, mientras Isora le enseñaba a Julia unas plantas aromáticas del patio que la cocinera no conocía, Emil y Diego siguieron absortos en su conversación.
—¿Os gustaría salir a navegar conmigo? —propuso Diego cuando Julia se unió a ellos de nuevo—. De todos modos, tenía previsto aprovechar la tarde para salir con el barco hacia la Lomada Ronca.
—Oh, sí —exclamó Emil con entusiasmo, aunque enseguida le lanzó una mirada escéptica a su tía, como si esperara que ella fuera a oponerse.
—Es una idea genial —dijo Julia, y le pidió la cuenta a Isora. «¿Por qué no?», pensó. Tenía dos días libres por delante. Ya empezaba a ser hora de volver a salir de la rutina.
El pequeño puerto natural en el que Diego tenía amarrado el barco se encontraba a pocos kilómetros del pueblo, en una bahía apartada.
Se llegaba por una sinuosa pista sin asfaltar, y Julia agradeció una vez más haberle tomado prestada la robusta ranchera a Álvaro.
Incluso Emil, que solía mostrarse bastante intrépido, iba aferrado al asa de la puerta del acompañante, sobre todo cuando, justo antes de una curva, parecía como si el camino se dirigiera directamente al abismo.
Cuando por fin llegaron abajo, Julia constató que apenas había espacio para que dos coches pudieran dar la vuelta, por lo que tuvo la impresión de que Diego solía acudir allí solo.
Aparte de su barco de pesca, el Esperanza, que se balanceaba en el agua a más o menos un metro por debajo de la tosca plataforma de cemento, solo había otra vieja yola que había visto días mejores.
—Emil debe tener cuidado con el pie —avisó Julia. Diego saltó a cubierta y ayudó al chico a subir a bordo.
—Siéntate aquí —le indicó, acompañándolo hasta una caja de madera, frente a la que colocó un montón de cuerdas para que pudiera apoyar cómodamente la pierna—. ¿Te duele? —le preguntó, y Emil negó con la cabeza.
Julia también subió a bordo y se sentó junto a su sobrino. Diego sacó unos chalecos salvavidas de una caja y los ayudó a ponérselos.
—Esto está lleno de rocas —dijo Emil, mirando con atención hacia mar abierto, más allá de la bahía.
—No te preocupes —le dijo Diego para tranquilizarlo—. Las conozco todas como la palma de mi mano. Ya venía aquí de pequeño con mi padre. Y buceaba. Podríamos decir que esto es como el patio de mi casa.
Se aseguró de que los dos se hubieran acomodado antes de arrancar el motor.
Poco a poco guio la barca de pesca entre las rocas hacia mar abierto, donde las poderosas olas del Atlántico la sacudieron, y luego aceleró.
Emil se aferró a la barandilla y Julia se acordó de que en primavera el chico se había mareado cuando habían salido con Álvaro y sus amigos en el cúter de Toto para avistar ballenas.
Estuvo a punto de preguntarle si se encontraba bien, pero se contuvo justo a tiempo.
Ya no era un niño pequeño, y por encima de todo no quería que lo trataran como tal.
Por eso Julia se concentró en lo que ocurría frente a sus ojos.
Diego navegó describiendo un amplio arco por mar abierto y luego viró hacia el oeste.
De inmediato la travesía se volvió más agradable porque ya no iban contra las olas, sino que las cortaban lateralmente.
Julia no reconoció aquella costa escabrosa frente a la que navegaban en esos momentos, a unos cien metros de distancia, hasta que al final divisó la finca a lo lejos, sobre los acantilados.
Más que verlo, intuyó el jardín de sal, que estaba a sus pies.
El corazón se le llenó de alegría al contemplar el lugar que desde hacía unos meses se había convertido en su hogar, y sintió un orgullo inusitado al ver lo bonito que era el paisaje.
Diego redujo la velocidad y acercó el Esperanza de nuevo hacia tierra firme. Parecía como si buscara un lugar concreto bajo un acantilado especialmente alto frente al que emergían innumerables rocas.
Bandadas de pájaros volaban describiendo círculos por encima de la escarpada pared.
Cuanto más se acercaban, más detalles divisaba Julia.
Se distinguían claramente las diferentes capas de roca.
Sobresalía una formación que parecía una especie de haz de lápices enormes dispuestos en vertical.
A Julia le pareció ver un sendero que descendía hasta el agua describiendo numerosas curvas sinuosas.
A media altura se abrían las oscuras bocas de varias cuevas.
Pasaron con lentitud entre los acantilados hasta que, a lo lejos, a los pies de la escarpada costa, descubrieron un estrecho descansillo que parecía un pequeño escenario al aire libre a varios metros por encima del nivel del mar.
Diego detuvo el motor y echó el ancla.
—Este lugar es especialmente bonito —dijo, señalando con el pulgar hacia arriba—. Está intacto. Antes nunca venía nadie.
—¿Y tú buceas aquí? —preguntó Emil, mirando con fijeza la superficie ondeante del mar. Parecía un ser vivo inspirando y espirando.
Diego asintió antes de entrar en la cabina. Poco después salió ataviado con un traje de neopreno desgastado, remendado en algunos puntos. Igual que el día que Julia lo había visto con los prismáticos.
—Y, cuando te sumerges ahí abajo —preguntó Emil emocionado—, ¿qué... qué ves?
—Otro mundo —respondió Diego como si fuera lo más normal—. Aquí viven animales marinos que se extinguieron hace tiempo en otros lugares —prosiguió—. Hay muchos, y no hay que molestarlos. Como máximo, observarlos e intentar comprenderlos.
—¿Comprenderlos?
Diego se sentó junto a Emil y reflexionó un poco antes de contestar.
—Cuando amamos algo, queremos entenderlo, ¿verdad?
A mí el mundo que hay ahí abajo me ha ofrecido apoyo y fuerzas en momentos difíciles —explicó, y, puesto que se había girado, Julia solo pudo verle el perfil—.
¿Y sabes por qué? —Emil negó con la cabeza—.
Porque los seres que viven ahí abajo simplemente me han aceptado tal como soy.
—Tampoco les queda más remedio —objetó Emil con un toque de ironía.
Diego se rio.
—Te lo dejan muy claro cuando no eres bienvenido o se sienten amenazados por ti.
Es necesaria mucha práctica para poder acercarse a ellos de manera que te acepten y simplemente sigan con sus cosas.
Todo ser vivo está conectado con los demás.
Y, cuando los humanos cambiamos algo de esto, es el principio del fin.
Diego guardó silencio, aparentemente agotado.
Era evidente que no estaba acostumbrado a hablar tanto ni a dar explicaciones.
Sobre todo tan complicadas. Julia creyó comprender lo que había querido decir.
Si algo cambiaba en las rocas submarinas, el jardín de sal también sufriría las consecuencias, por muy alejado que pudiera parecer.
—¿Tienes una cámara submarina? —preguntó Emil.