Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 19. Talentos insospechados #3
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19. Talentos insospechados #3

El lunes por fin llegó el momento de llevarlo a la clínica para que le quitaran aquella molesta órtesis. Emil insistió en que ya no le dolía y le habría gustado quitarse él mismo el vendaje del pie, pero Julia se lo prohibió.

—También podría haberme llevado Sam —refunfuñó el chico cuando se pusieron en marcha. Últimamente la voz le cambiaba de tono de forma bastante arbitraria.

«¿Habrías preferido que te llevara él?», estuvo a punto de preguntarle Julia, pero en el último instante se contuvo. Consideraba que ya iba siendo hora de que hicieran las paces.

—Me gustaría asegurarme de que el pie se te ha curado del todo —dijo con cariño.

Emil no replicó nada y, tras unos cuantos intentos de entablar conversación, Julia decidió dejarlo estar por el momento.

En el fondo lo comprendía a la perfección.

Su situación era embarazosa y encima sus cuerdas vocales reaccionaban de un modo arbitrario.

En su lugar, ella seguramente también preferiría mantener la boca cerrada antes que alternar con brusquedad entre una voz chillona y otra cavernosa.

La doctora Fuentes quedó satisfecha con el resultado de la exploración. Al parecer, había valido la pena que Emil, gracias a la ayuda de Sam, hubiera tenido tanto cuidado con el pie. No obstante, le recomendó seguir llevando la órtesis una semana más.

—¿Cuándo podrá volver a la escuela? —preguntó Julia.

—Mañana mismo si se comporta con sensatez —dijo la doctora Fuentes, mirando al chico por encima de las gafas—.

En total, una rotura de ligamentos como esta tarda entre seis y ocho semanas en curarse —le dijo—.

Para que te recuperes bien y luego puedas hacer lo mismo que antes, habrás de tener paciencia.

Así que de momento nada de correr ni de saltar, y que no se te ocurra jugar al fútbol ni hacer cualquier otra tontería por el estilo.

Pero con las muletas ya puedes ir a la escuela.

—¿Y nadar? —preguntó Emil con actitud combativa.

Era evidente que los diez días que llevaba sin moverse le habían afectado bastante.

—Nadar incluso te iría bien para mitigar la hinchazón —respondió la doctora—. Siempre que no cometas ex­cesos.

Le mostró a Julia cómo estabilizar el tobillo de Emil con una venda elástica y luego regresaron a casa.

—¿Tienes tanta hambre como yo? —le preguntó Julia, lanzando una mirada de reojo al asiento del acompañante, donde su sobrino iba sentado, absorto en sus pensamientos.

—Algo me entraría —replicó él con timidez.

—¿Qué te apetece?

—Ni idea.

—Se me ha ocurrido una cosa. ¿Has estado alguna vez en San Jaime?

—No, ¿dónde está eso?

—Enseguida lo verás.

Se desvió de la carretera de la costa y no tardaron en pasar junto a los primeros viñedos.

La pista siguió ascendiendo a medida que se iba volviendo más y más estrecha, hasta el punto de que apenas cabían dos coches y de vez en cuando había pequeños salientes que permitían abandonar la calzada para que pudiera cruzar otro vehículo en sentido contrario.

Los viñedos dieron paso a los primeros pinos canarios, y Emil de repente se mostró más despierto, estirando el cuello para poder gozar de las vistas que ofrecía la montaña entre los árboles.

Al final la carretera se desviaba hacia San Jaime, una población ubicada sobre la cresta de una montaña, pasando junto a unas casas de piedra medio derrumbadas, pequeñas fincas donde las gallinas corrían sueltas y desde la que algún que otro asno los miró con sorpresa.

—¿Qué clase de páramo es este? —dijo Emil, y Julia tuvo que reprimir una sonrisa.

—Esta es una parte de La Palma que no suelen ver los turistas —dijo ella—. Quién sabe, es posible que alguno de tus compañeros de clase sea de una de estas aldeas.

Al cabo de unos cuantos kilómetros, el camino empezó a descender suavemente hasta que vieron el rótulo de San Jaime.

—Hemos llegado —anunció Julia, aparcando el coche frente a la iglesia.

Emil miró a su alrededor con asombro.

—¿Y en este pueblucho podremos comer algo?

—Uy, sí, y además algo delicioso —replicó Julia—. Ahí arriba. ¿Ves la casa azul con el pescado en la puerta? Es el restaurante La Lubina.

El chico soltó un resoplido desdeñoso.

—¡Ah, ese! —exclamó—. Papá piensa... —empezó a decir de forma automática.

—Mira —lo interrumpió Julia con decisión—, no me interesa en absoluto lo que diga tu padre.

Si quieres que te tomen en serio, deberías tener tu propio criterio sobre las cosas y no ir repitiendo como un loro lo que dicen los demás, ya sea tu padre u otra persona —le espetó.

Emil se encogió de hombros y dejó la mirada perdida al frente—.

Para ser independiente, debes tener tu propia opinión y no ir diciendo a la primera de cambio: «Mi padre piensa esto y aquello» —dijo, y respiró hondo antes de proseguir—.

O sea, que puedes elegir: ¿quieres quedarte aquí esperándome mientras me pongo las botas yo sola ahí dentro o prefieres acompañarme?

El chico no respondió durante un buen rato, y Julia empezaba a pensar que su testarudez sería más poderosa que su hambre.

Al final Emil se decidió a moverse. Abrió la puerta del acompañante y Julia se apresuró a bajar para ayudarlo a salir del coche.