19. Talentos insospechados #2
—¿Tienes que marcharte ya? ¿No te parece que no pasamos suficiente tiempo juntos?
—preguntó Álvaro con pesar, cogiéndola de la mano.
Julia se sentó de nuevo con un suspiro y le echó un brazo por encima del hombro—.
Me gustaría ir a bucear contigo —prosiguió él antes de besarle el cuello con ternura—.
Entre muchas cosas más. Por las noches estás muy cansada.
Y los fines de semana también trabajas...
—Tienes razón —dijo Julia, aspirando su aroma—. No me iría nada mal un pequeño descanso. ¿Qué te parece si la semana que viene cierro el restaurante unos días?
—¿Puedes hacerlo? —preguntó Álvaro, mirándola con los ojos brillantes.
—Aún no tenemos reservas para el martes y el miércoles —respondió ella—. Al menos podríamos tomarnos ese pequeño descanso.
—Suena genial —dijo Álvaro, besándola con ternura.
—Decidido, pues —sentenció Julia.
Los días siguientes pasaron volando. Parvati visitó a Emil cada día, y Julia se alegraba al oír sus risas procedentes del jardín.
Al parecer, se entendían cada vez mejor.
Aun así, Emil no hablaba con su tía más de lo estrictamente necesario, y esta se preguntaba si algún día volverían a tener la misma relación de confianza que antes.
Toto se acercaba a recoger a Amelie prácticamente cada tarde para pasar con ella una o dos horas, y Julia se alegraba viendo lo felices y enamorados que parecían.
—¿Has tenido tiempo de examinar los documentos de Jens? —le preguntó en una de esas ocasiones.
—Ya no es necesario —respondió Toto—. La votación se celebrará en el Parlamento el miércoles que viene. Nada podrá interponerse en ello, da igual lo que se traiga entre manos el Alemán.
—Eso suena tranquilizador —contestó Julia. Sin embargo, no se quitaba de encima la sensación de estar pasando algo por alto—. O sea, que...
—La gran mayoría del Parlamento está a nuestro favor —explicó Toto para intentar apaciguarla. Entonces solo tuvo ojos para Amelie, que bajaba en esos momentos cargada con una bolsa de playa.
Esa tarde Julia volvió a revisar con Tanja los diseños para el logotipo del restaurante.
—Este lo he mejorado —explicó la joven, señalando el dibujo que tanto había impresionado a Julia la primera vez—.
Por un lado, he quitado los peces. Al fin y al cabo, el Flor de Sal no es conocido por eso —razonó, y Julia asintió con aire sombrío.
De vez en cuando compraba pescado en uno de los puestos del mercado, pero solo cuando le convencía la mercancía—.
Además, antes me parecía un poco recargado.
Julia examinó la nueva versión. El mar quedaba insinuado por tres líneas ligeramente onduladas al pie de una roca estilizada sobre la que se veía la finca.
En el lugar donde se encontraba el jardín de sal, Tanja había añadido el texto «Flor de Sal».
El aspecto del conjunto era más claro y convincente.
A Julia le pareció que, a primera vista, permitía reconocer la excepcional ubicación del restaurante.
—Me gusta —dijo—. ¿Y sabes una cosa? Les enseñaremos el diseño también a Álvaro y a Amelie —decidió, y de repente se le ocurrió una idea—. Y a Emil. Que él también dé su opinión.
Tanja no parecía precisamente encantada con la propuesta.
—¿Emil? ¿Por qué? —preguntó—. ¡Si solo es un niño! Además, no me soporta.
—No le diremos que lo has hecho tú —sugirió Julia—.
Que diga lo que le parece sin prejuicios.
A veces los niños se fijan en cosas que los adultos pasamos por alto —explicó, y consultó el reloj—.
Amelie volverá dentro de media hora. Llamaré a Álvaro.
Mientras tanto, podrías ir poniendo los diseños aquí —propuso, señalando la pared magnética en la que colgaban los pedidos durante el servicio.
—¿Puedes venir un momento a la cocina? —le pidió Julia a su sobrino como si nada hubiera ocurrido entre ellos—. Tengo que tomar una decisión importante y me gustaría oír tu opinión.
Le tendió a Emil las muletas que Sam le había dejado, con las que podía desplazarse poco a poco sin cargar peso en el tobillo lesionado.
—¿De qué se trata? —preguntó el chico con desconfianza, soltando un gallo.
«Cielo santo —pensó Julia—. ¿Es posible que ya esté empezando a cambiarle la voz?».
—De un logotipo para mi restaurante —respondió—. En la cocina hemos colgado unas cuantas propuestas. Me gustaría saber qué te parecen.
Emil reaccionó con sorpresa, pero también con alegría. Sin embargo, a continuación, en su rostro se instaló de nuevo aquella expresión entre enfurruñada e indiferente que solía adoptar cuando trataba con su tía. Por un momento pareció que titubeaba, pero luego aceptó las muletas.
—De acuerdo —repuso como si le estuviera haciendo un favor.
Julia había colocado unas sillas frente a la pared magnética para que Emil no tuviera que pasar tanto rato de pie.
Álvaro ya estaba revisando los diseños y Amelie sirvió limonada de granada casera para todos.
Toto, que, como de costumbre, la había acompañado a casa, se había quedado y lo observaba todo con interés desde un segundo plano.
Tanja se había retirado. Era evidente que no quería estar presente mientras evaluaban su trabajo.
—He pensado que podríamos hacerlo así —empezó a explicar Julia—: por favor, de momento no digáis lo que os parece.
He preparado unos papeles y unos lápices para que podáis anotar vuestros favoritos.
Simplemente seguiremos el orden en el que están colgados: el de la izquierda es el diseño número uno, luego viene el dos y así sucesivamente —dijo mientras repartía las hojas y los lápices—.
¿Que os gustan varios logotipos? Los ordenáis según vuestra preferencia: primero el que más os agrade.
Dicho esto, miró a todos los presentes. Emil se fijó en los diseños. Julia lo conocía lo suficientemente bien para ver lo impresionado que estaba.
—¿Ha quedado claro? —preguntó—. ¿Podemos empezar?
Le dio una hoja también a Toto, y al cabo de un rato vio que todos habían anotado algo.
—Ahora escribid vuestro nombre en la parte superior —les pidió, y procedió a recoger los papeles—. Amelie, ¿te importaría ayudarme? Ve leyendo las valoraciones en voz alta.
Julia le tendió a su amiga las hojas y se colocó junto al tablón magnético armada con un rotulador.
—A Álvaro le ha gustado el número tres —reveló Amelie, dejando a un lado la hoja correspondiente—. Yo también he votado por el tres. Emil también. Y Toto... —dijo, lanzándole una mirada cariñosa a su novio— también. Bueno, yo diría que el resultado es unánime.
Julia marcó cuatro rayas bajo el diseño en cuestión. Era precisamente el que más le había gustado a ella: el de la casa sobre la roca por encima del mar con la inscripción en el lugar donde estaba el jardín de sal.
—¿Cuál es el que prefieres tú? —preguntó Emil sin poder evitar otro gallo.
—Mi primera opción también es la número tres —explicó Julia como si todavía no se hubiera dado cuenta—. ¿No es genial que todos estemos de acuerdo?
—¿Quién ha hecho las propuestas? —preguntó Emil.
—¿Te gustan? —dijo Julia.
—Sí, no están mal —admitió el chico—. El negro también me gusta, con las letras plateadas. Pero el otro se adapta mejor a tu negocio.
—Los diseños son de Tanja —dijo Julia sin darle más importancia—. Ya es hora de que le digamos que ha hecho un buen trabajo. ¿No creéis?
Amelie fue a buscarla enseguida a su habitación.
—¿Tanja? —preguntó Emil con incredulidad.
—Sí. Se le da bastante bien. Al fin y al cabo, diseñó toda la imagen de la empresa de tu padre y también su página web —le explicó Julia mientras colgaba las hojas de las votaciones con los logotipos en el panel magnético—. No hay duda de que tiene talento para ello.
La puerta se abrió y Tanja entró en la cocina. Los demás la recibieron con un aplauso y ella se puso muy colorada. Julia contempló encantada cómo Emil la miraba con otros ojos.
Durante el fin de semana, Tanja estuvo trabajando con energía en adaptar el logotipo para la papelería del restaurante, empezando por el papel de la correspondencia hasta llegar al menú.
Los elogios y el reconocimiento de los demás le sentaron de maravilla, y es que se había ganado incluso el respeto de Emil, que pasó a mostrarse un poco más accesible.
El hecho de que Julia hubiera contado con él para una decisión tan importante había tenido su efecto.