19. Talentos insospechados
TALENTOS INSOSPECHADOS
—O sea, que así es como se imaginan la estación de buceo —dijo Toto.
Se habían sentado todos en el despacho de Tanja, frente a la pantalla del ordenador, para ver una simulación informática—.
Ahora mismo la Lomada Ronca es así —dijo, alternando entre una imagen y la siguiente.
Una de ellas mostraba una altura imponente, una costa de escabrosos acantilados con pintorescas formaciones rocosas, mientras que en la otra más de la mitad de las rocas habían desaparecido y en su lugar había edificios erigidos en forma de terrazas y un gran ascensor que permitía bajar hasta el agua.
—Para ello sería necesario arrasar la mitad del acantilado —constató Julia consternada.
—Aquí tienen previsto construir un restaurante —dijo Tanja, señalando con el cursor uno de los niveles del edificio—.
Competencia para ti, Julia. Y esto de aquí, este cubo de cristal, sería una especie de mirador.
También he encontrado una descripción y la he impreso.
Esperad... —dijo, y empezó a rebuscar entre sus papeles—.
«Además, está prevista la construcción de un museo marino con una presentación multimedia de la fauna local» —leyó en voz alta.
Toto soltó un grito de indignación.
—Primero lo destruyen todo y luego en el museo mostrarán imágenes de lo que se han cargado. No hace falta que os cuente que justo en esas laderas rocosas anidan colonias enteras de extraordinarias aves acuáticas.
—Por no hablar ya de la vida que hay bajo el agua —añadió Álvaro con aire sombrío—. Una voladura submarina no solo destrozaría el equilibrio de la zona. La detonación también pondría en peligro la vida de un montón de especies.
—Las ballenas pueden quedarse sordas, lo que para ellas equivale a una muerte segura. Al fin y al cabo, se orientan mediante la ecolocación, como un sonar. Si se les altera ese sentido, no serán capaces de hacerlo.
Se hizo el silencio. Tanja siguió abriendo ficheros. La mayoría contenían hilos de correspondencia.
—¿Puedo copiármelo todo? —preguntó Toto—. Esto tengo que revisarlo con calma.
—Claro —respondió Tanja—. Puedo pasártelo en un lápiz de memoria.
—Gracias —dijo Álvaro con énfasis.
Julia creyó poder leer en la mente de su amado lo que implicaba esa palabra: «Ahora eres una de los nuestros».
—De todos modos, no es necesario que nos preocupemos demasiado —dijo Toto, lo que sorprendió mucho a Julia.
Se había reclinado en su asiento, visiblemente relajado—.
El Consejo de Ministros ha tomado una decisión hoy a nuestro favor.
Ahora se presentará el proyecto en el Parlamento y, cuando declaren la zona parque nacional, todos estos planes serán papel mojado.
—¿Estás seguro? —preguntó Álvaro—. ¿Quién era el tipo del traje gris que estuvo aquí el sábado? ¿No dijiste que trabajaba para el Ministerio de Turismo del Gobierno central de Madrid? Por lo que sé, en una votación semejante en el Parlamento, pueden salir mal muchas cosas.
—Sí, por lo visto, Marcos lo ha sobornado —admitió Toto—. La gente de mi organización conoce a ese tipo: se llama Vicente Cabrera y, si es necesario, le mostrarán las fotos en las que aparece comiendo con Marcos. Seguro que no le interesará que se hagan públicas.
—¿Las que sacó Naira? —preguntó Julia, y Toto asintió—.
Y, hablando del sábado, ahora que me acuerdo —prosiguió—.
¿Baltasar no dijo que no podía asistir porque tenía una reunión familiar?
—preguntó, a lo que Toto asintió—. Hoy me he encontrado a Lorita por casualidad.
Cuando le he preguntado al respecto, no sabía de qué le hablaba.
—Álvaro y Toto se miraron estupefactos—.
No hubo ninguna celebración —explicó Julia—.
En lugar de eso, parece que Baltasar tuvo una cita importante.
Lorita se quejó de que no tenía tiempo para su familia ni siquiera los fines de semana.
Para su sorpresa, los dos hombres intercambiaron una mirada divertida.
—¿Es posible que se haya echado otra novia? —dijo Toto con una sonrisa burlona—. Con la maestra de escuela de Tijarafe lo dejó hace unos meses.
Julia se lo quedó mirando consternada.
—No te indignes tanto —le dijo Toto—. Baltasar es un tipo estupendo, simplemente tiene debilidad por las jovencitas.
A todos nos da lástima Lorita, pero nadie le cuenta lo que ocurre en realidad —explicó mientras observaba cómo Tanja copiaba los datos en el dispositivo de almacenamiento—.
Volviendo a nuestra solicitud, los detractores del parque nacional quedarán ampliamente superados en número —prosiguió—.
Aun así, les echaré un vistazo a esos documentos —dijo, guardándose el lápiz de memoria—.
Gracias por todo lo que has hecho por nosotros, Tanja.
Se puso en pie. La puerta se había abierto y Amelie había aparecido en el umbral.
Julia abrió mucho los ojos al ver lo elegante que iba su amiga.
Llevaba un vestido ajustado que realzaba su fabulosa figura, unos refinados tacones altos y el pelo corto peinado con crema moldeadora.
Y, por supuesto, iba impecablemente maquillada.
A Toto se le iluminó el rostro.
—Saldremos un rato —explicó, echándose el sombrero de paja hacia atrás con timidez al ver las caras interrogantes de los demás—. Al fin y al cabo, Amelie solo tiene dos noches libres por semana.
A la mañana siguiente, Julia estaba metiendo la primera bandeja de panecillos en el horno cuando Tanja entró en la cocina con la bolsa en la que había metido las cosas para Emil.
—Toma. Será mejor que se lo des tú. A mí no quiere ni verme —dijo.
—No, dáselo tú misma. Tiene que saber quién le ha hecho este favor —objetó Julia, negando con la cabeza.
Luego examinó las berenjenas que Paola ya había lavado—.
Solo dile que sientes lo que ocurrió entre vosotros —le aconsejó.
A Tanja se le notaba lo mucho que se debatía consigo misma—.
Vamos, anímate —añadió—. Al fin y al cabo, Emil acaba de meter la pata.
Es un momento bastante oportuno —dijo, señalando con el cuchillo hacia el jardín, donde Sam acababa de acomodar al chico en una tumbona.
—De acuerdo —dijo Tanja con un suspiro antes de coger el asa de la bolsa y marcharse con ella.
—Te lo dije —comentó Paola desde el fregadero, donde estaba lavando una montaña de lechuga—. Esta chica tiene buen corazón.
«Sí», pensó Julia mientras observaba la escena a través de la puerta del jardín.
Quién hubiera dicho que las cosas evolucionarían de ese modo.
En esos momentos Tanja llegó frente a la tumbona y dejó la bolsa a su lado.
Pareció como si Emil se muriera de ganas de salir corriendo, pero, al fin y al cabo, no podía.
Su rostro se mantuvo sombrío mientras Tanja hablaba.
Julia no podía verle la cara, ya que estaba de espaldas.
Sin embargo, cuando sacó la tableta de Emil de la bolsa y se la dio, a él le cambió la expresión de golpe.
Sorprendido, alternó la mirada entre el dispositivo y Tanja, y luego centró su interés otra vez en la bolsa.
—Pues es verdad, me ha dado las gracias —la informó la joven, ya en la cocina, mientras se servía una taza de café y tomaba un buen trago—. Buf —exclamó aliviada—, aunque te aseguro que no ha resultado nada agradable.
—Ha sido un comienzo —dijo Julia para intentar animarla, y se centró de nuevo en las berenjenas, con las que prepararía unas chips crujientes como parte del «saludo de la cocina».
Para ello utilizaría por primera vez la nueva sal de rosas, y estaba impaciente por comprobar si los dos ingredientes combinaban de forma armónica.
Faltaba media hora para que llegaran los primeros clientes.
Desde la publicación del artículo de Gerald Nevady, el Flor de Sal agotaba todas las reservas cada día.
Julia no se habría atrevido a anticipar ni en sus sueños más osados que su restaurante funcionaría tan bien poco tiempo después de haberlo inaugurado.
—¿Qué hay en los documentos de Jens? ¿Alguien los ha revisado ya en profundidad?
Julia por fin había bajado de nuevo al jardín de sal durante su pausa. Quería almorzar con Álvaro y, de paso, evitar a Emil. Desde que este y su mal humor habían llegado a la finca, intentaba no coincidir con él en la medida de lo posible.
—Toto me ha dicho que se encargará de ello —respondió Álvaro mientras se lavaba la sal de las manos.
Estaba llevando a cabo la última cosecha de la temporada y tenía la salina repleta de ayudantes cargando la sal en sacos—.
No obstante, está bastante seguro de que el Parlamento aprobará la solicitud de todos modos y desbaratará los planes de Marcos y Jens —explicó, sentándose con Julia y levantando el paño que cubría la cesta que ella había traído—.
Qué bien huele eso —dijo, olisqueando—. Huele a... ¿flores?
—Es mi nueva sal de rosas —explicó Julia, sacando las chips de berenjena de la cesta junto con una crema de aguacate y queso de cabra de Paco—. ¿Qué te parece?
—Rara —dijo Álvaro después de probarla—. Pero deliciosa. Supongo que tendré que acostumbrarme a que mi sal sepa a perfume.
Julia le dio un golpe juguetón con la servilleta.
—También he preparado una de trufas —dijo, sacando una latita de la cesta—. Tal vez esta te guste más.
—No, no me malinterpretes —respondió Álvaro riendo mientras mojaba una chip de berenjena en el queso fresco—. Me encanta tu sal de rosas. Y todo lo que haces.
La hora de volver a subir llegó demasiado deprisa. Con un vistazo a su reloj de pulsera, Julia se dispuso a levantarse.