Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 18. Encuentro en la playa #3
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18. Encuentro en la playa #3

Tardó un rato en ajustarlos y, cuando lo consiguió, se quedó asombrada por lo cerca que podía verla.

Reconoció a Diego vestido con un traje de neopreno negro.

Estaba de pie en el borde, muy quieto, con los ojos cerrados.

Parecía como si estuviera meditando. Julia se fijó en que respiraba profundamente. Y luego, de repente, saltó al agua.

Julia se asustó tanto que hizo un movimiento brusco y perdió de vista la barca. Cuando consiguió enfocarla de nuevo, no acertó a encontrar a Diego por ninguna parte. Y eso que había visto con claridad que no llevaba ni tubo de esnórquel, ni equipo de buceo, ni botellas de oxígeno.

Alarmada, lo buscó entre las olas, pero era como si hubiera desaparecido. Habían pasado varios minutos que a Julia se le hicieron eternos cuando por fin volvió a emerger. Aliviada, bajó los prismáticos.

De repente se le cayó la venda de los ojos.

¿Isora no le había contado que Diego era apneísta?

¿Uno de esos buceadores a pulmón que, sin ayuda técnica y gracias al entrenamiento, retrasaban el reflejo de la respiración lo máximo posible?

Por supuesto. Sin embargo, Julia no se habría imaginado jamás que alguien pudiera pasar tanto tiempo bajo el agua sin respirar.

El ruido de un vehículo la arrancó de su embelesamiento.

Resultó ser el coche de Tanja, que se acercaba a la finca.

Julia consultó el reloj y vio que todavía faltaba un rato para la hora de la cena.

Volvió a buscar a Diego con los prismáticos y vio que había vuelto a subir a la barca y estaba ocupado con algo.

Al final se dio cuenta de lo mucho que estaba invadiendo la privacidad de aquel hombre tan solitario y, avergonzada, dejó los prismáticos.

Se centró una vez más en su libro hasta que oyó que Tanja la llamaba.

—Estoy en el tejado —respondió.

Poco después la joven subió a verla.

—¿A que no sabes qué tengo aquí? —dijo tan ilusionada como un niño justo antes de Navidad, sosteniendo el móvil en alto.

—Ni idea —respondió Julia sin demasiado interés.

—¿Y a que no sabes dónde he estado?

Julia cerró el libro.

—Suéltalo de una vez —dijo con un suspiro, resignada a no poder leer tranquilamente.

—En casa de Jens.

Julia se enderezó de un brinco.

—¿Qué? —exclamó. «Ahora me contará que vuelve con él», pensó decepcionada.

—¡Pues sí! —respondió Tanja con el entusiasmo de quien acaba de dar un golpe maestro—. Al fin y al cabo, aún tengo la llave de nuestra..., bueno, de su casa. Y puesto que todavía tenía que recoger unas cuantas cosas que eran mías...

—... has ido a por ellas —terminó la frase Julia, respirando aliviada—. ¿Lo has visto? —preguntó por precaución. En su caso, había que contar con cualquier posibilidad.

—Por el amor de Dios, por supuesto que no —replicó Tanja—. Me he asegurado de que no me toparía con él —explicó con una sonrisa—. No me haría algo así a mí misma. Además, seguro que Jens me habría quitado la llave.

—Bien —repuso Julia más tranquila—. Entonces ya tienes lo que necesitabas, me alegro —dijo dispuesta a centrarse de nuevo en su libro. No obstante, Tanja le puso una mano en el hombro.

—También he traído unas cuantas cosas para Emil —explicó—. Su tableta, por ejemplo. Y su mochila de la escuela y algo de ropa.

—Qué amable por tu parte —respondió Julia con una sonrisa—. Eso seguro que te ayudará a ganarte su simpatía.

—Pero es que eso no es todo —prosiguió Tanja—. He estado hurgando en el escritorio de Jens —confesó con aire misterioso—. Y en su ordenador. Por suerte, no había cambiado la contraseña.

Julia la miró sorprendida.

—¿Qué buscabas?

—¿No lo adivinas? —replicó Tanja, tecleando en el mó­vil—. Documentos sobre la estación de buceo.

Sostuvo el dispositivo frente a los ojos de Julia y esta distinguió la visualización en mosaico de varios archivos.

—Y todo lo que he encontrado al respecto en el ordenador también lo tengo aquí —dijo, sacándose un lápiz de memoria del bolsillo de los vaqueros.

Julia se quedó boquiabierta.

—O sea, ¿que has...? —empezó a decir, aunque se quedó callada cuando se dio cuenta de que hasta ese momento todavía no había confiado realmente en Tanja—. ¿Lo has hecho por nosotros?

Una amplia sonrisa apareció en el rostro de la joven.

—Creo que era lo mínimo, ¿no te parece? Espero que os sirva de algo.

Julia se quedó mirando el lápiz de memoria y el móvil.

—Eso ha sido muy arriesgado —murmuró—. ¿Cómo sabías que no aparecería de repente en casa y te pescaría con las manos en la masa?

La sonrisa de Tanja se volvió más astuta.

—Me he asegurado de que al menos tardaría dos horas en regresar antes de darse cuenta de su error.

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes, cuando me di cuenta de que me estaba engañando descaradamente, un día estuve rebuscando en su móvil. Y aproveché para anotar unos cuantos números de teléfono. Por casualidad, hoy he quedado con una mujer que vive en el otro extremo de la isla. Y resulta que se me da bien imitar su voz.

Julia abrió mucho los ojos.

—¡No! —exclamó.

—Pues sí —replicó Tanja con una sonrisa burlona.

—Tanja, Tanja, veo que tienes potencial como delincuente.

—Mientras sirva para vuestra causa, seguro que no os parecerá mal, ¿verdad?