Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 18. Encuentro en la playa #2
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18. Encuentro en la playa #2

Entretanto, los pétalos de rosa ya se habían secado del todo y Julia empezó a triturarlos en el gran mortero de mármol.

También podría haberlos procesado en la picadora, pero consideró que el contacto con el metal caliente podría estropear los aromas.

Aunque era un trabajo laborioso, estaba acostumbrada a hacerlo desde su época de aprendiz.

Después de pasarse meses enteros solo limpiando y fregando cocinas, le habían confiado esa clase de tareas agotadoras.

Y nadie trituraba con tanto empeño y eficiencia como ella las especias o los pétalos secos hasta convertirlos en un polvo fino y aromático.

Una parte la mezcló con flor de sal, mientras que el resto lo guardó en un recipiente hermético.

Cuando tuviera tiempo y ganas, tal vez probaría a preparar bombones rellenos con crema de vainilla y rosas.

Julia revisó sus provisiones, se dio cuenta de que faltaban unas cuantas cosas y, sabiendo que tenía por delante una larga semana, decidió ir a comprarlas.

Se aseguró de que Sam todavía estuviera ocupado en el jardín y cuidando de Emil y no se limitó a cargar las cestas de la compra en el coche, sino que también se llevó el bañador y una toalla.

Hacía demasiado tiempo que no nadaba en la playa de Tazacorte.

Era una espléndida tarde de otoño, los días de bochorno más intenso ya habían pasado y la Isla Bonita mostraba su lado más agradable.

El cielo estaba radiante, de un azul ultramarino intenso, y el sol arrojaba sus rayos dorados sobre el follaje de los árboles y las capas multicolores de roca que contaban la historia milenaria de la isla, en especial allí, en el norte, ya que ese era el lugar en el que había empezado a emerger por encima del agua en forma de volcán cuando la Tierra había derramado su interior, lo que atraía a geólogos de todo el mundo.

Julia disfrutaba contemplando aquel fantástico juego cromático de las distintas capas de tierra, de color antracita, ocre, naranja y violeta. La vida era realmente bella.

Hizo las compras necesarias, lo guardó todo en las neveras portátiles del coche y condujo hasta la playa de Tazacorte, donde, al llegar, se quitó los zapatos y corrió por la arena negra.

Ese lunes de octubre había pocos turistas, por lo que buscó un lugar algo apartado cerca de las rocas.

No pudo evitar reírse en voz baja cuando volvió a pensar en la noche en la que Amelie y ella se habían encontrado a Jens y a Tanja discutiendo allí.

Se puso el bañador en un santiamén bajo el amplio vestido de verano, luego se quitó la ropa y corrió hacia el agua como si fuera una niña.

Era genial tenderse de espaldas y dejarse mecer suavemente por las olas.

Después nadó hasta el final del muelle, lamentando no haberse llevado las gafas y el tubo de buceo.

Dio unas cuantas vueltas y, cuando empezó a notar el frío del Atlántico en los huesos, regresó a tierra firme.

Acababa de secarse cuando alguien la llamó por el nombre.

Era Lorita, la esposa del alcalde, que había extendido su toalla y las de sus dos hijas cerca de la de Julia. Después de darles dinero para un helado a las niñas y de que estas se marcharan al chiringuito, se acercó a ella y se sentó a su lado.

—¿Tú también te tomas el día libre? —le preguntó—. Tiene que ser realmente agotador abrir seis días a la semana.

—Pues sí, tienes razón —respondió Julia, hundiendo los dedos de los pies helados en la cálida arena—. El agua está buenísima. Tienes que ir a nadar.

—Sí, no sé —replicó Lorita, mirando hacia el mar con indecisión—. Eran las niñas las que querían bañarse. Yo fui a la peluquería el sábado.

—¿Cómo fue la celebración? —le preguntó Julia más por cordialidad que por interés.

—¿Qué celebración? —dijo Lorita confundida.

Julia se quedó de piedra. ¿Acaso Toto no había dicho que Baltasar no había podido acudir porque tenía una reunión familiar?

—Ah, pensaba... —respondió sorprendida—. Bueno, no vinisteis el sábado por eso, ¿no?

—¿El sábado? ¿Adónde? —preguntó Lorita, que, al parecer, no estaba al corriente de ello.

—A mi restaurante —intentó explicarle Julia—. ¿Toto no se lo dijo a Baltasar?

Lorita se encogió de hombros, desconcertada.

—Lo siento, no sé a qué te refieres. Pero, si nos invitaste, es una lástima que no fuéramos; siempre es un placer visitar el Flor de Sal.

El sábado Baltasar tenía una cita importante.

Siempre le digo que al menos debería pasar los fines de semana con su familia, pero, bueno, supongo que como alcalde tiene sus obligaciones, ¿verdad?

Julia se la quedó mirando confundida. Tenía que haber algún malentendido.

Las hijas de Lorita llegaron corriendo, locas de alegría con los helados gigantes que llevaban en la mano y que les goteaban por los cuatro costados.

Su madre empezó a sacar pañuelos de papel de su bolsa de playa para evitar que mancharan las toallas y, cuando por fin se hubieron zampado el botín, hizo lo posible por meterse en el agua como mínimo hasta las rodillas para asegurarse de que se lavaban las manos, puesto que las tenían pegajosas.

Julia, que de todos modos no tenía previsto quedarse mucho rato, aprovechó la ocasión para despedirse de ella.

Durante el trayecto de vuelta a casa, se dio cuenta de que encontrarse con Lorita le había dejado una sensación de inquietud, aunque no supo determinar por qué motivo, básicamente porque la mujer le caía bien.

Hacía un día espléndido, excepcionalmente no había recibido ninguna mala noticia y estaba decidida a disfrutar del tiempo libre que le quedaba.

Puso un CD de Ima Galguén y la música la animó de inmediato. El baño había sido de lo más refrescante y le había despertado el deseo de atreverse a bucear con Álvaro para descubrir los secretos que se ocultaban bajo la superficie del mar con sus propios ojos. ¿No era maravillosa la vida que tenía?

Eran poco más de las seis cuando llegó a casa. Amo salió loco de entusiasmo. A Julia siempre la conmovía constatar lo mucho que el garafiano se alegraba de verla. Cada vez la recibía como si hubiera dado la vuelta al mundo. Se lo agradeció acariciándole los costados.

Lo primero que hizo fue buscar a Emil, y lo encontró a la mesa del jardín con Parvati.

La chica se había arreglado para la ocasión: excepcionalmente, se había soltado el pelo largo y dorado, que le caía formando ondas por la espalda cuando durante mucho tiempo lo había llevado recogido en finas trenzas.

Una diadema de plástico azul celeste se encargaba de que los mechones no le molestaran en la cara.

Los dos chicos estaban encorvados sobre sus cuadernos escolares, y Parvati le estaba explicando algo, de manera que Julia prefirió retirarse para no molestarlos.

¿No era significativo que precisamente Parvati, con la que Emil siempre se mostraba antipático, fuera quien más se ocupaba de él en aquellos momentos?

Julia tenía la esperanza de que al menos con ella estuviera siendo un poco cordial.

Más que nada porque, si seguía como hasta ahora, no tardaría en quedarse completamente solo.

Preparó la masa del pan para el día siguiente y una sopa ligera para la cena. Luego se llevó al tejado un libro de recetas nuevo que le habían enviado desde Alemania.

Una vez arriba, no lo abrió enseguida, ya que quedó fascinada por las vistas que le ofrecía aquella atalaya.

Por primera vez pudo admirar lo poderosas que eran las rocas de la Lomada Ronca.

Una de ellas parecía el lomo de un camello, con dos jorobas redondeadas que sobresalían por encima de las olas.

El agua semejaba un cristal de color verde claro.

También reconoció algunas formaciones submarinas por las que había estado haciendo esnórquel.

El paisaje bañado por el mar que había frente a la salina de Álvaro era extraño.

Quien se adentrara por aquella zona tenía que saber muy bien lo que hacía porque el trayecto navegable entre las rocas era estrecho y sinuoso.

La escarpada línea de costa que quedaba frente a la Lomada Ronca, que le recordaba al lomo de un dragón, también se veía bien desde allí.

Julia se protegió los ojos con la mano e intentó distinguir si había alguien arriba del todo, pero lo único que vio fueron bandadas de paíños ejecutando sus acrobacias por encima de la costa.

Empezó a hojear el libro, escrito por un famoso colega suyo.

Le pareció interesante, pero, de todos modos, no podía evitar desviar la mirada una y otra vez hacia el mar.

Aquella extensión aparentemente interminable de azul y verde era un deleite para los ojos.

El sol ya estaba cerca del horizonte; con cada minuto que pasaba, el color del cielo cambiaba y, con él, también el del mar.

Unos reflejos dorados danzaban sobre las olas mientras unos suaves tonos rosados se mezclaban con ellos hasta que todo el cielo se fue tiñendo de color lila y el ambiente se volvió casi mágico.

Entonces descubrió un barco de pesca cerca de la roca con forma de camello.

Julia se sorprendió al verlo. La mayoría de los pescadores salían por la noche.

La barca se detuvo y ella supuso que había echado el ancla.

Eso le picó la curiosidad y, cuando la embarcación dejó de moverse de sitio, bajó a la habitación para coger los prismáticos de Álvaro.