Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 18. Encuentro en la playa
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18. Encuentro en la playa

ENCUENTRO EN LA PLAYA

—Cuando llega el otoño y llueve más, la isla entera se convierte en una alfombra de flores.

Estaban sentadas en un banco de piedra en el jardín de Gara con una cesta de rosas de lo más aromáticas.

Julia había cogido una y hundió la nariz en ella con los ojos cerrados.

Había algunas que olían a limón y otras que consideraba demasiado intensas, ya que, a pesar de su dulzura, le recordaban al hedor a podredumbre.

El rosal trepador que recubría uno de los cobertizos de Gara desprendía un aroma embriagador que combinaba muchas fragancias: vainilla, naranja y otros olores que Julia ni siquiera acertaba a nombrar.

Con los pétalos de esas rosas ya había preparado un sorbete maravilloso.

Esa vez quería secar una parte y mezclarla con flores de sal de Álvaro.

Con el tiempo le aportarían su aroma. Julia se imaginaba que el resultado sería delicioso.

—Entonces, ¿cuándo empezará a llover? —preguntó.

—Seguramente en noviembre —respondió Gara—. Al menos antes era siempre así. En los últimos años todo ha cambiado mucho. Con lo importante que es la lluvia.

«Por supuesto —pensó Julia—, el agua es vida». Dejó la cesta con cuidado entre las cajas de hortalizas de su coche y se despidió de la granjera.

Se llevó aquella mercancía tan delicada directamente a casa y, una vez allí, Sam se encargó de guardarla en la cueva que utilizaba como almacén. Julia dispuso los pétalos sobre una bandeja de horno que previamente había cubierto con una capa muy delgada de arena fina.

—¿Cómo está Emil? —preguntó cuando Sam regresó a la cocina para tomar un trago de café. Ese día él no solo debía ocuparse del chico, sino que también tenía trabajo en el jardín trasero, donde ya había llegado el momento de podar las ramas enfermas de algunos árboles frutales.

Julia metió la bandeja en el horno y se aseguró de que la temperatura no superara los cuarenta grados.

—¿Por qué no se lo preguntas tú misma? —respondió Sam, mirándola con sus penetrantes ojos azules.

—No me dirige la palabra —replicó ella, desviando la vista. Y la verdad era que ya se había hartado de que el chico la tratara como si fuera invisible. O un incordio. Puso unas cuantas galletas en un cuenco y se las ofreció a Sam.

—Creo que se siente muy inseguro —dijo él, tomando una—. Todo esto le ha herido el orgullo. Además, es terriblemente humillante para un chico de su edad que tengan que ayudarlo a lavarse y vestirse.

—Por eso me alegro de que lo hagas tú —replicó Julia—. Porque no tienes nada que ver con nuestras disputas familiares y, además, eres un hombre.

Sam asintió.

—Entonces pasaré a ver de nuevo a nuestro paciente. Parvati me ha dado un libro para él. De lo contrario, se morirá de aburrimiento.

Dicho esto, subió a la habitación de Emil y dejó a Julia con remordimientos de conciencia, pensando que a ella también se le podría haber ocurrido la idea de ofrecerle algún libro.

Aguzó el oído para ver si le llegaba algún ruido desde el piso de arriba.

Luego controló el proceso de secado de los pétalos, que ya llenaban la cocina con su aroma embriagador, y empezó a preparar el resto de las rosas.

Se le ocurrió que podría sumergir unas cuantas en el famoso vinagre de vino blanco que había descubierto hacía poco en una de las bodegas donde solía comprar.

De nuevo se sumergió por completo en ese mundo de sabores y aromas en el que se sentía como en casa.

Hacia mediodía decidió subir a ver a Emil y fue a buscarlo en vano a su habitación.

Tampoco lo encontró bajo el níspero. Cuando Julia llegó al final del jardín, a la roca que tanto le gustaba usar como mirador, vio que estaba allí arriba con la espalda apoyada en la piedra.

Sam estaba trabajando en el jardín cerca de un granado centenario.

—Hola —lo saludó Julia.

El chico se volvió hacia ella sorprendido.

—Hola —respondió en un tono reservado.

Julia titubeó, luego subió también a la plataforma y se sentó con él.

—¿Cómo va el tobillo? —preguntó—. ¿Todavía te duele?

Emil negó con la cabeza y miró más allá de Julia, hacia el mar y una bandada de aves negras que parecían estar danzando sobre las olas.

—Son paíños —dijo Sam, que se había acercado a ellos. En ese instante Julia se dio cuenta de que junto a Emil había unas vetustas tijeras de podar y una piedra de afilar. Sam examinó la hoja—. Se pasan la vida entera en el mar. ¿No es increíble?

—A mí también me gustaría vivir allí —dijo Emil, y Julia comprendió que en esos momentos el chico prefería cualquier forma de existencia al estado en el que se encontraba.

—Bueno, la hoja todavía podría estar un poco más afilada —juzgó Sam sin dejar que el mal humor del chico influyera en él—. Puedes hacerlo mejor —añadió, guiñándole un ojo a Julia disimuladamente antes de volver a su trabajo.

—Suéltalo de una vez —le espetó Emil.

—¿Cómo dices?

—¡No me vengas con esas! —exclamó, clavando sus ojos azules en su tía con agresividad.

—Es que no sé de qué me hablas, de verdad. ¿Se puede saber qué esperabas que dijera?

—Pues que no me he portado bien —replicó Emil, que parecía la rebeldía en persona.

—¿Por qué debería decirte algo que ya sabes?

—contestó Julia. Su sobrino continuó mirando fijamente hacia el mar con furia—.

¿Has podido hablar ya con Jens? —le preguntó, pero, en lugar de responder, el chico cogió la piedra y se puso a afilar las tijeras con obstinación—.

Muy bien —dijo Julia, bajando ya de la roca—, pues me iré con gente que tenga ganas de hablar conmigo. Nos vemos.

Julia estaba enfadada consigo misma por no haber tenido más paciencia con Emil, aunque esa actitud tan terca la ponía furiosa.

Habían vivido muchas cosas juntos y ella siempre lo había apoyado, pero ese nuevo giro en el comportamiento de su sobrino la dejaba sin palabras.

Por muchas explicaciones racionales que encontrara para justificarlo, desde el deseo de volver a estar cerca de su padre hasta el hecho de que, como era propio de su edad, las hormonas le debían de estar nublando la mente, simplemente le dolía demasiado que la tratara de ese modo.

Por eso agradeció tanto la visita de Maribel, que trajo miel y queso fresco de Paco. Julia se alegró de que la apicultora aceptara su invitación a quedarse a almorzar, algo poco frecuente porque normalmente se encargaba de preparar las comidas para toda su familia.

—Hoy le toca cocinar a Ana —le explicó la mujer, tomando asiento en la mesa de la cocina y olisqueando el aire—. Esto huele como una perfumería.

—Son los pétalos de rosa —dijo Julia, señalando hacia el horno—. Dentro de una hora se habrán secado. Deberías llevarte las abejas cerca del jardín de flores de Gara —le propuso—. Me encantaría probar la miel que harían con ellas.

—Ya le pregunté si le parecería bien —contó Maribel—, pero, por desgracia, Gara tiene alergia a las abejas y no es cuestión de arriesgarse a que mis niñas la maten —bromeó mientras observaba con atención la rapidez con la que Julia pelaba cebollas y las cortaba muy finas para echarlas seguidamente en una sartén—.

Todavía no te había visto cocinar —dijo la apicultora—. Parece un juego de niños para ti.

—Son muchos años de práctica —se limitó a responder Julia mientras echaba agua hirviendo en un cuenco de tomates para escaldarlos y poder pelarlos mejor—. Hoy comeremos pizza —le dijo—. Esta mañana ya he preparado la masa. A Emil le encanta.

—¿Emil? —preguntó Maribel sorprendida—. Entonces, ¿después de la escuela viene a tu casa? Me alegro.

Julia bajó el cuchillo.

—Ay, claro, todavía no lo sabes. El día de su cumpleaños, se lesionó un tobillo. Y a su padre no se le ocurrió nada mejor que llevarlo al hospital y dejar mi número para que fuera yo a recogerlo. Desde entonces está aquí.

Maribel se quedó boquiabierta.

—¡No me lo dirás en serio!

—Pues sí —replicó Julia—. Está ahí fuera, sentado con Sam en el jardín. ¿Sabías que el marido de Devi estudió Enfermería? —preguntó, ante lo que Maribel negó con la cabeza, incrédula—. Me alegro de que se ocupe de Emil. Últimamente me parece insoportable.

—Bueno, no eres la única —respondió Maribel. A continuación, cogió una tabla de cortar y una cabeza de ajo que Julia había preparado y empezó a pelar unos cuantos dientes—. Mis nietos no quieren saber nada más de él.

—De algún modo tendrá que arreglar las cosas —opinó Julia. Aun así, cuando pensó en la breve conversación que acababa de tener con él en el jardín, vio claro que aún debían cambiar muchas cosas.

—Quizá podría intentar hablar con él —propuso Maribel.

—Si te apetece enfrentarte a un adolescente testarudo, adelante. Está ahí detrás.

Julia nunca supo de qué hablaron Maribel y Emil.

El caso es que el chico no protestó y dejó que lo llevaran hasta la mesa del jardín, donde al principio fingió no tener hambre, aunque no tardó en devorar un pedazo de pizza tras otro.

Quizá el hecho de que Tanja no estuviera contribuyó a que se soltara un poco y llegara incluso a reírse alegre cuando Amo ejecutó un pequeño truco que él le había enseñado.

Si le tendía la mano al perro, este le daba la patita educadamente aun sin esperar una recompensa a cambio.

—Todo irá bien —le dijo Maribel mientras llevaban juntas los platos vacíos a la cocina y los metían en el lavavajillas—.

Lo mejor será que actúes como si nada hubiera ocurrido.

Así le resultará más sencillo superarlo —le aconsejó, y Julia le lanzó una mirada sombría—.

Vamos, no le guardes rencor. Estoy segura de que le sabe muy mal. Simplemente es demasiado orgulloso...

—Pero eso debería aprenderlo —la interrumpió Julia—. No saldrá adelante en la vida siendo tan insolente. Al final se volverá igual que su padre.

—Sí, eso sería un desastre —repuso Maribel, riendo.

—¿Te quedas a tomar un café?

Su amiga negó con la cabeza.

—Debo marcharme —dijo—. Me esperan las abejas.