17. Reunión femenina #2
—Estáis locas —replicó Amelie con vehemencia. Tanta que Julia vio claramente que había dado en el blanco—. Solo eran los típicos besos con los que se despiden los españoles.
—Ya —respondió Tanja con una sonrisa—. Los típicos besos que los españoles se dan en la boca, ¿no? Esa versión no la conocía.
—Me alegraría mucho —comentó Julia para intentar calmar los ánimos—. Toto es un buen tipo.
—Menos por ese viejo sombrero de paja que lleva —dijo Tanja.
—Es su seña de identidad —lo defendió Julia.
—Quizá se pueda llevar a la tintorería —comentó Tanja riendo y mirando a Amelie de reojo.
—Entonces..., quiero decir... ¿No tiene novia? —dijo esta, y se notó claramente lo mucho que le costó formular la pregunta.
—Que yo sepa no —respondió Julia—. Si quieres, puedo preguntárselo a Álvaro...
—Pero sé discreta, por favor —le pidió Amelie—. No quiero que...
—¿Que se sepa lo mucho que te pone? —dijo Tanja, y Julia consideró que la joven a veces podía llegar a ser insufrible.
—Sí, exacto —respondió Amelie con agresividad—. Más que nada porque no me pone en absoluto.
—Claro que no —dijo Julia—. Simplemente te parece un poco sexy, ¿verdad?
Eran más o menos las tres cuando decidieron irse a dormir.
Julia no les había contado nada sobre la excursión nocturna de Álvaro y Toto porque no había querido inquietar a Amelie.
Además, aún no tenía claro hasta qué punto podía confiar en Tanja respecto al asunto de la estación de buceo.
Al parecer, había pasado la tarde entera trabajando en la propuesta de diseño y no se había dado cuenta de la agitación que había reinado durante el almuerzo.
Por muy enfadada que estuviera con Jens ahora, a Julia no le extrañaría que cualquier día volviera a sucumbir a su «encanto» y acabara regresando con él.
Al fin y al cabo, su hermano había conseguido poner en su contra incluso a Emil, algo que ella nunca habría imaginado que fuera posible.
Sí, eso aún le dolía. «No debería ser tan severa con él», se reprendió mentalmente mientras se lavaba un poco antes de enfundarse el camisón.
No estaba muy segura de si debía acostarse porque Álvaro todavía no había regresado.
Comprobó el móvil para ver si le había enviado algún mensaje, pero no.
Una vez más, no le quedaba más remedio que aguardar con la esperanza de que no hubiera sucedido nada malo.
Acababa de dormirse cuando por fin Álvaro llegó a casa. Intentó no hacer ruido, pero Julia se despertó de todos modos y encendió la lámpara de la mesita.
—¿Y bien? ¿Habéis encontrado a alguien?
—No —respondió Álvaro frustrado—. No había nadie. Probablemente Diego nos ha contado un cuento chino. Al menos Toto está convencido de ello.
—Pues yo estoy segura de que no.
—Toto cree que es absolutamente imposible que Baltasar esté involucrado en los asuntos de Marcos —explicó Álvaro mientras se quitaba la camisa y los pantalones. Luego entró en el baño para darse una ducha.
—Entonces, ¿no habéis tenido que bucear? —preguntó Julia, que se había levantado para seguirlo.
—No —respondió él desde la ducha.
—¿Por qué habéis tardado tanto, pues?
—Hemos recorrido toda la Lomada Ronca —explicó Álvaro—. Es increíblemente escabrosa. Pero no había nadie. Podríamos habernos ahorrado la excursión —concluyó al tiempo que cerraba el grifo y cogía la toalla—. ¿Cómo es posible que no estuvieras durmiendo, cariño? —preguntó con ternura.
—Me he quedado hasta tarde con Amelie y Tanja —le explicó Julia, plantándole un beso en la espalda.
—Oye, ¿hay algo entre Amelie y Toto? —dijo Álvaro con una sonrisa de oreja a oreja en lugar de con la expresión preocupada de antes.
—¿Por qué? —preguntó Julia con cautela—. ¿Ha dicho algo?
—Me ha interrogado a fondo sobre ella —replicó él—. Lo que más le interesaba saber era si tiene novio.
—¿Él tiene novia?
Álvaro soltó una sonora carcajada.
—Seguro que Amelie te ha pedido que me lo preguntaras.
Julia se sumó a la risa.
—No se lo digas, pero tienes razón, por supuesto.
—Pues no, Toto está soltero —dijo Álvaro, y se puso serio de nuevo—.
Estuvo muchos años con una activista medioambiental sueca.
Cortaron hace más o menos un año y quedó muy afectado —explicó, enfundándose los bóxers que siempre se ponía en lugar de los pantalones del pijama y también una camiseta—.
Ahora que lo pienso —dijo con aire reflexivo—, Amelie se parece un poco a esa mujer: alta, rubia, ojos azules...
—Igual que más o menos un millón de mujeres más —reflexionó Julia en voz alta—. Será mejor que eso no lo menciones.
—¿Por qué no?
—Porque a las mujeres nos gusta que nos amen por nuestra singularidad —intentó explicarle Julia—. Y no porque encajemos en un patrón de belleza.
Álvaro sonrió.
—Lo dices como si todos los hombres nos comportáramos como simples cazadores. ¿Y Amelie? ¿Tiene algún noviete en algún rincón del mundo o está libre? Me gustaría evitar que Toto se lleve una decepción.
—Pienso lo mismo respecto a ella —admitió Julia—. Hasta ahora siempre se ha equivocado a la hora de elegir a los hombres. Espero que a partir de ahora sea feliz.
—Pues sí, ojalá todo salga bien —dijo Álvaro—. Vayamos ahora a dormir un poco. Nos queda poca noche.
Era cierto. Cuando sonó el despertador, Julia tuvo la sensación de que acababa de cerrar los ojos.
Se quedó tendida durante media hora más hasta que llegó el momento de levantarse.
Y es que ese domingo a mediodía tendría el restaurante lleno y no había atajos para ciertos procesos.
Como por ejemplo para la masa de sus famosos panecillos o para los filetes de solomillo, que debían cocinarse en el horno a cincuenta y siete grados durante siete horas, ni más ni menos.
No obstante, se tomó el tiempo de pasar a ver cómo estaba Emil. Lo encontró pálido y quejoso. Era evidente que los analgésicos que le habían administrado en el hospital habían dejado de hacerle efecto.
—Tengo que ir al baño —se quejó, y Julia llamó a Álvaro para que la ayudara. Los tres quedaron agotados cuando hubieron terminado de lavarlo y volvieron a dejarlo tendido en la cama con un pijama limpio.
—Esto no puede ser —dijo Álvaro mientras tomaban un café en la cocina para reponer fuerzas. Entretanto, Paola ya había llegado y Devi había limpiado la casa como cada mañana—. Necesitamos un enfermero. Y unas muletas para Emil.
—Sam es enfermero titulado —explicó Devi.
—¿De verdad? ¿Hay algo que no sepa hacer? —preguntó Julia con asombro.
—Sabe hacerlo todo —afirmó Devi con orgullo—. Llámalo. Podría pasar por las mañanas y por las noches para echaros una mano.
—¿Podrías pedírselo tú por mí? —le dijo Julia—. Tengo que ponerme a cocinar ya.
Sam llegó al cabo de una hora, habló con Emil y consiguió convencerlo para que desayunara algo y se tomara el analgésico. Luego propuso acomodar al chico en una tumbona del jardín.
—Hace muy buen tiempo —dijo—. Y allí arriba está triste y aburrido.
—Sam, quedas contratado como enfermero —anunció Julia aliviada—. ¿Podrías conseguirnos también unas muletas?
—Claro —le aseguró él—. Y mañana vendré con Parvati. Puede enseñarle a Emil lo que hayan hecho en la escuela. De lo contrario, se perderá demasiadas clases.
—Eres nuestro salvador —respondió Julia con gratitud, centrándose de nuevo en su trabajo.
De vez en cuando se arriesgaba a echar un vistazo al jardín.
Sam había instalado a Emil en una tumbona justo debajo del níspero con la pierna lesionada en alto.
Amo decidió quedarse con él. Al cabo de un rato el chico empezó a lanzarle una pelota que un cliente habitual le había regalado al perro, y por fin aprendió a traerla.
Como si supiera que Emil no podía moverse ni un centímetro, siempre se la dejaba con sumo cuidado sobre el regazo.
Hacía mucho tiempo que Julia no estaba tan agotada cuando los últimos clientes por fin se marcharon y pudo cerrar el restaurante.
Asombrada, pensó en todos los años que había pasado en la cocina de sol a sol, prácticamente sin descansar y levantándose muy temprano para comprar productos frescos a primera hora de la mañana.
¿Cómo había conseguido aguantar tanto? Claro que por aquel entonces en su vida no había nada más.
En esos momentos la situación era muy distinta, y la verdad era que se alegraba de ello.
Por nada del mundo habría vuelto a la rutina diaria de una cocinera con estrella Michelin.
Antes de que Tanja pudiera pedirle que revisara sus diseños, Julia se metió en su dormitorio y se tendió en la cama.
Se le cerraron los ojos de inmediato. «Solo unos minutos», pensó, pero no tardó en quedarse profundamente dormida.
Fue como si se hubiera sumergido en un agua suave y delicada, como si la mecieran las olas, y, curiosamente, pudiera continuar respirando bajo el agua.
Con los ojos abiertos como platos, vio bancos de peces de colores luminosos, anémonas y otros seres con aspecto de flor cuyos tentáculos danzaban al ritmo que marcaba el oleaje.
Se encontraba en el jardín de flores de Gara, que por algún motivo crecía sin problemas bajo el agua con todos los colores y formas concebibles de un verdadero paraíso submarino.
Y de repente ella también era parte de todo aquello, se dejaba llevar y observaba fascinada su larga melena suelta, que se iba convirtiendo en criaturas de colores fluorescentes.
Se despertó cuando oyó que Sam ayudaba a Emil a subir por la escalera, bromeando y riendo con él. Aunque las respuestas del chico todavía sonaban apocadas, al menos había recuperado el habla. Julia se levantó, se frotó los ojos y entró en el baño para lavarse la cara con agua fría. ¿Qué hora sería?