17. Reunión femenina
REUNIÓN FEMENINA
—Adelante —dijo Julia, mirando de reojo cómo Álvaro dejaba sobre el plato el bocadillo que tenía en la mano para observar con sorpresa a aquella visita a horas tan intempestivas—. Siéntate con nosotros. ¿Te apetece comer algo?
Diego negó con la cabeza, se quitó el gorro de pescador y se quedó de pie junto a la puerta sin apartar los ojos de Álvaro en ningún momento.
—Seré breve —aseguró—. En condiciones normales no habría venido. Pero hay algo que deberíais saber.
—Bueno, pues suéltalo de una vez —le espetó Álvaro con brusquedad.
—Hace poco empecé a pescar de nuevo y... —comenzó a decir Diego.
—Sí, ha sido imposible no darse cuenta —lo interrumpió Álvaro, y Julia le lanzó una mirada de advertencia.
—Mi lugar preferido queda cerca de la Lomada Ronca porque nadie suele acercarse por allí —prosiguió Diego—.
Me gusta estar solo. Y a menudo buceo por esa área.
El caso es que últimamente hay mucha actividad por ahí.
Gente que va y viene. Hay buceadores profesionales merodeando por las rocas, pero no son jóvenes de la zona, como antes. Y no ha sido una sola vez.
Julia le lanzó a su novio una mirada elocuente.
—Marcos quiere poner allí una estación de buceo —dijo Álvaro, y Diego reaccionó sorprendido. Era evidente que no sabía nada al respecto—. Estamos intentando evitarlo. Es posible que sean ellos.
—¿Has reconocido a alguien? —preguntó Julia.
—Solo a uno: Baltasar Alonso. El alcalde.
—¿Baltasar? —preguntó Álvaro, frunciendo el ceño con incredulidad—. No puede ser. Pero si está de nuestro lado.
—Ya lo he visto dos veces con Marcos en la Lomada Ronca —objetó Diego—. Y una tercera en el bar de Pipo —explicó mientras le daba vueltas a su gorro con indecisión—. Solo quería avisaros. Es posible que no signifique nada. Perdonad que os haya molestado.
—Gracias —dijo Julia—. Ha sido muy amable por tu parte.
—¿Y por qué vienes a contárnoslo tan tarde? —preguntó Álvaro con desconfianza—. Es casi la una.
—Bueno —dijo Diego—. Porque precisamente ahora vuelve a haber buceadores por las rocas.
—¿Qué? ¿A estas horas? —exclamó Julia sin poder creer lo que oía.
—Sí. Por eso he interrumpido mi trabajo. Pensaba que sería mejor que lo supierais. Al fin y al cabo, no se encuentran muy lejos del jardín de sal y no me explico lo que están haciendo ahí abajo. Bueno, perdonad las molestias.
Dicho esto, asintió en dirección a Julia y salió apresuradamente de la cocina antes de que ella pudiera decir nada más.
—¿Qué crees que significa eso? —preguntó al cabo de un rato.
Álvaro guardó silencio con la mirada perdida al frente.
—No me puedo creer que Baltasar... —dijo al fin.
—Hoy no estaba. ¿Toto no quería traerlo también?
—Tenía una reunión familiar —respondió Álvaro—. No podía faltar.
El silencio se apoderó de nuevo de la cocina.
—Quizá solo sea un grupo de inmersión nocturna de algún club —dijo Julia con la esperanza de encontrar una explicación normal a lo que Diego acababa de contarles.
—Es posible —respondió Álvaro—. Solo que no conozco ningún club ni escuela de buceo que lleve a cabo inmersiones en esta costa tan remota, y mucho menos de noche —dijo. Entonces se puso en pie, cogió el móvil y empezó a teclear—. Lo mejor será llamar a Toto para sacarlo de la cama.
—¿Para qué? —preguntó Julia—. ¿No puede esperar hasta mañana?
—Probablemente será mejor que investiguemos enseguida quién ronda por allí.
Cuando Toto por fin contestó, Álvaro lo puso al día sobre la visita de Diego.
—Es posible que solo quisiera llamar la atención —dijo una vez relatados los hechos—. Pero, de todos modos, me gustaría comprobar si realmente hay alguien ahí y, en ese caso, quién es. Paso a recogerte, ve preparando el equipo —añadió, y dio la conversación por terminada.
—¿Pensáis sumergiros vosotros también? —preguntó Julia alarmada—. ¿En plena noche?
—Quién sabe —replicó Álvaro a punto de salir por la puerta—. Debemos estar preparados para cualquier cosa.
Subió corriendo a la planta superior y bajó poco después cargado con una gran bolsa en la que llevaba su equipo.
—¡Sed prudentes! —le pidió Julia.
—Claro, siempre lo somos. No te preocupes —respondió Álvaro antes de darle un beso y salir de la finca.
Hasta hacía un segundo Julia había estado muerta de sueño, pero de repente la adrenalina le corría por las venas.
Sabía que de momento acostarse no sería una opción.
Decidió pasar a ver cómo estaba Emil y constató con alivio que el chico dormía profundamente.
Sin saber muy bien qué hacer, se quedó unos instantes en la galería que rodeaba la claraboya, contemplando el cielo estrellado.
De pronto oyó voces y una leve risa muy cerca.
Eran Amelie y Tanja, que debían de estar sentadas fuera, en algún lugar.
—Julia, ¿eres tú? —preguntó la voz de Amelie.
—¿Dónde estáis? —dijo ella, mirando a su alrededor desconcertada.
—En el tejado —respondió su amiga, riendo.
Una luz se encendió por encima de ella y Julia se volvió deslumbrada hacia el brillo de una linterna.
—¿Cómo habéis subido hasta ahí?
—Bueno, es muy fácil. ¿Ves ese resalte en el muro? —dijo Amelie, iluminando un rincón de la galería—. Pues desde allí se puede. Tráete un cojín, eso sí.
Julia cogió uno de su habitación y se dispuso a subir. Realmente era un juego de niños, y se preguntó cómo era posible que no lo hubiera descubierto hasta el momento. El tejado solo tenía una inclinación muy leve, y Tanja y Amelie le tendieron las manos para ayudarla.
—¿Quieres unirte a la fiesta? —preguntó su amiga, señalando hacia una bandeja que había conseguido colocar en posición más o menos horizontal con la ayuda de un cojín. Encima no solo había media botella de vino tinto, sino también tres copas.
—Veo que habíais contado conmigo —dijo Julia, tomando asiento con cuidado entre las dos mujeres—. ¿Qué celebramos?
—Que Tanja ha terminado los esbozos para ti —explicó Amelie mientras le servía vino—. ¡Y me han parecido todos sensacionales!
—Ahora solo falta que te gusten a ti —dijo Tanja, a quien no veía tan convencida como a Amelie—. ¿Quieres verlos?
—Mejor mañana por la mañana —respondió Julia. Y, tras echar un vistazo al reloj, añadió—: Bueno, en realidad, ya es mañana. Pero, a decir verdad, por hoy ya he tenido bastante trajín.
Las otras dos se echaron a reír.
—Hoy, mañana... Bajo este cielo estrellado, la verdad es que da igual —murmuró Amelie, y Julia empezó a sospechar que aquella no era la primera botella que habían abierto—. Pero cuéntanos, ¿qué era todo ese ruido que hemos oído en plena noche?
Julia se dio cuenta de que ninguna de las dos estaba todavía al corriente de lo sucedido.
—Emil se ha lesionado un tobillo volando en parapente y está descansando en su habitación —dijo para poner al día a su amiga.
—¿Cómo? —exclamó Tanja, enderezándose tan de repente que Julia temió que se cayera del tejado.
—¡No puede ser verdad! —dijo Amelie.
—Pues sí. Jens de repente se ha acordado de lo práctico que resulta tener a la madrina del chico cerca —comentó Julia, y luego les explicó cómo había ocurrido todo y la tremenda decepción que Emil se había llevado con su padre.
—Es realmente increíble —dijo Amelie, negando con la cabeza.
—¿No podrá caminar durante una semana? —preguntó Tanja, todavía conmocionada—.
¿Y quién cuidará de él? Vosotras tendréis que ocuparos del restaurante —añadió.
De repente a Julia se le ocurrió una idea.
Y, al parecer, a Amelie también—. No me miréis así, por favor —se apresuró a decir la joven—. Espero que no estéis pensando que yo...
—Creo —la interrumpió Julia— que es una oportunidad fantástica para compensar a Emil por lo que no hiciste mientras estabas con Jens.
—Es verdad —convino Amelie—. La pregunta es si él se mostrará dispuesto.
—No —replicó Julia—. Después de lo mal que ha reaccionado conmigo, ni me lo cuestiono. Debe aprender que su comportamiento tiene consecuencias.
«Y tú también», estaba a punto de espetarle a Tanja, aunque no quiso pasarse. Sin embargo, la idea de que la joven se ocupara de Emil era de lo más tentadora.
—Las tres hemos sido víctimas al menos una vez del encanto de Jens —constató Amelie—. Y el chico tenía esperanzas de poder recuperar por fin a su padre.
—Pero para eso no era necesario enemistarse con el resto del mundo —consideró Julia—.
Se ha peleado con su mejor amigo. Incluso llegó a reconocer que había hablado mal sobre el padre del Rostro, y eso es algo que los españoles se toman muy mal.
Y si piensas que la Finca del Casco se había convertido en una especie de segundo hogar para Emil y que Miguel lo había tratado como si fuera hijo suyo...
—Tiene solo doce años —intervino Amelie.
—Trece —la corrigió Julia con un profundo suspiro—. Ayer fue su cumpleaños. Y justamente va mi hermano y lo deja en la estacada.
—Típico de Jens —dijo Tanja—. En cuanto las cosas se ponen difíciles, no se puede contar con él.
—¿Y qué dice Álvaro de todo esto?
—Que la familia es la familia —respondió Julia, emocionada al pensar en la naturalidad con la que había aceptado a Emil desde el primer momento—. Hemos ido a recogerlo juntos.
—Sí, con él te ha tocado el gordo —exclamó Amelie con un suspiro teatral—. ¿Te he dicho alguna vez lo mucho que te envidio?
—¿Por mi relación con Álvaro? —preguntó Julia, poniéndose en guardia de repente. Lo último que quería era una amiga envidiosa de su relación.
—Pues sí —admitió ella abiertamente—. Es guapo, se muestra siempre amable y generoso, al menos cuando no hay viejas disputas familiares de por medio. Tiene un trabajo emocionante y en general...
—¿Y qué me dices de Toto? —preguntó Julia con espontaneidad, e incluso a la tenue luz de la luna detectó la reacción avergonzada de Amelie.
—Eso —intervino Tanja, hurgando en la herida—. Antes, cuando he bajado, solo teníais ojos el uno para el otro. Y, si no me equivoco, te ha besado al marcharse.