Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 16. El cumpleañero #3
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16. El cumpleañero #3

—No lo creo. Jens le ha dado mi número a la doctora —repitió Julia—. Aquí no puedes quedarte, de modo que le ha dicho que yo me ocuparía de ti —dijo, y esperó a que Emil asimilara esa información—. Tengo el coche abajo. Podemos marcharnos cuando tú quieras.

Tuvo que controlarse para no echarse a llorar al ver la mirada que le lanzó el chico.

Le rompió el corazón ver la profunda decepción que se había llevado su sobrino.

Al parecer, seguía debatiéndose consigo mismo, intentando conservar la esperanza de que su padre asumiera por fin su responsabilidad y volviera junto a él.

—¿Por qué no me cuentas cómo te lo has hecho? —preguntó Julia para distraerlo un poco.

—Volando en parapente —se limitó a responder el chico—. Al aterrizar. Había una roca muy grande. Papá ha dicho que he sido muy torpe... —explicó. No pudo seguir hablando porque se le atragantó un sollozo.

—Da igual lo que haya dicho —objetó Julia—. Vamos, te llevaré a casa. Tengo tu habitación preparada. Mañana lo verás todo de otro modo.

La enfermera que antes le había indicado cómo llegar hasta Emil acudió corriendo a su encuentro.

—Aquí están los papeles del alta —dijo, tendiéndole a Julia un sobre de grandes dimensiones—.

Y aquí tiene unos analgésicos. En el paquete indica cómo debe tomarlos.

¡Mira tú por dónde! —exclamó, señalando el sobre con el índice—.

¡Pero si hoy es tu cumpleaños! ¡Felicidades!

—le dijo, y acto seguido se dirigió a Julia de nuevo—: Necesito que me firme aquí, por favor.

Julia escribió su nombre en el documento en cuestión.

—¿Y... ahora qué?

—Una semana de reposo absoluto para la pierna. Al fin y al cabo, se ha roto un ligamento; no es algo que pueda tomarse a la ligera.

—¿Y eso qué es? —preguntó Julia, señalando la pierna de Emil.

—Una órtesis —respondió la enfermera—. Debe llevarla durante una semana, incluso de noche.

Puede quitársela solo para lavarse, pero luego se la tiene que poner otra vez.

Para ducharse, yo esperaría hasta el lunes, cuando pueda sustituir el vendaje de compresión por uno normal.

Y dentro de una semana vuelva para que podamos ver cómo evoluciona. Hasta entonces, reposo absoluto, ¿vale?

—De acuerdo, muchas gracias —respondió Julia, siguiendo con la mirada a la enfermera mientras esta se alejaba apresuradamente. Después se volvió de nuevo hacia Emil—. Bueno, ¿qué hacemos? ¿Nos vamos?

Emil insistió en pasar primero por casa de Jens. El chico se negaba a creer que su padre no hubiera mantenido la promesa que le había hecho de que cuidaría de él. Sin embargo, en la pequeña villa no había ninguna luz encendida y, cuando Julia llamó al timbre, no acudió nadie a abrir la puerta.

—No está —constató, subiendo de nuevo al coche.

No había sido fácil acomodar a Emil en la ranchera de Álvaro con la órtesis.

Al final habían tenido que reclinar al máximo el asiento del acompañante y formar con mantas una especie de cama.

Julia se había sentado detrás de Álvaro para procurar que Emil estuviera cómodo a pesar de las numerosas curvas que implicaba el trayecto.

En esos momentos el chico estaba apoyado sobre los codos para observar la casa de su padre.

Su mirada se desvió hacia el lugar donde Jens solía aparcar el coche.

Cuando se dio cuenta de que realmente no estaba, se dejó caer de nuevo sobre la cama improvisada y volvió la cabeza.

Se limitó a quedarse tendido, mirando apáticamente por la ventanilla.

Tampoco demostró ninguna emoción cuando llegaron a la finca.

Por supuesto, habían tenido que dejar la silla de ruedas en el hospital, ya que, de todos modos, de poco le habría servido.

Así pues, Álvaro se pasó el brazo del chico por encima del hombro y lo ayudó a subir con cuidado las escaleras para ir primero al cuarto de baño, donde Julia le quitó la ropa de montaña, puesto que su padre lo había llevado directamente al hospital desde el lugar donde había aterrizado con el parapente.

Por suerte, hacía un tiempo que había dejado ropa de recambio en su habitación y, entre otras cosas, había un pijama.

—Un camisón sería más fácil de poner —bromeó Julia mientras lo ayudaba a pasar la pernera por encima de la órtesis, pero Emil ni se inmutó.

Al final Álvaro lo condujo hasta su habitación y, una vez allí, se dejó caer sobre la cama, agotado. Luego se volvió hacia la pared sin decir nada. Junto a la cama, además de uno de los analgésicos, Julia puso una botella de agua mineral y un bocadillo antes de dejarlo solo.

Era tarde y Julia estaba hecha polvo tras ese día tan agitado. Exhausta, se sentó con Álvaro en la cocina. Estaba comiendo algo cuando oyó cómo llamaban con suavidad a la puerta.

—Adelante —dijo, pensando que sería Tanja.

De todos modos, le extrañó, porque normalmente la exnovia de Jens no se mostraba tan tímida. Cuando la puerta se abrió poco a poco, Julia constató hasta qué punto se equivocaba.

—Disculpad que os moleste —dijo Diego, lanzándole a Álvaro una mirada cautelosa—. Pero tengo que contaros algo.