16. El cumpleañero #2
—¿Que si quiere? Pues no se lo hemos consultado. Oiga, tengo que seguir trabajando —dijo la doctora, y le dio la dirección de la clínica—. Pregunte en recepción por Emil Brunner. Adiós.
Dicho esto, colgó el teléfono.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Álvaro, que había entrado en la cocina al ver que Julia no salía—. ¿Se ha muerto alguien?
—No, no —respondió ella—. Es Emil, que se ha lesionado un tobillo. Y ahora tengo que ir a recogerlo a la clínica.
—Claro —dijo Álvaro en tono comprensivo—. Al fin y al cabo, eres su tía. ¿Está en Santa Cruz? —preguntó, y Julia asintió—. ¿Qué le ha pasado?
—No tengo ni idea —contestó ella desconcertada—. Resulta que Jens ha dejado mi número de teléfono en la clínica.
Álvaro se rio.
—Eres la tía de las emergencias —se burló sin malicia—. En cualquier caso, el chico estará más atendido aquí que con el Alemán. De todas maneras, Belén ya me ha dicho que quiere regresar a casa temprano. Podemos aprovechar para recoger directamente a Emil.
Julia lo abrazó con fuerza. Cualquier atisbo de resentimiento que pudiera haber habido entre ellos dos se había esfumado.
—¿Por qué no puedo tener una familia normal? —gimió—. Primero Jens pone a Emil en mi contra, y ahora resulta que debo ocuparme de él. Lo peor es que el chico ahora me odia.
—No existen las familias normales —respondió Álvaro con cariño—.
Fíjate en la mía. Mi abuela dice ser bruja.
Mi padre se largó a Venezuela hace treinta años y no hemos vuelto a saber de él —explicó mientras le acariciaba la espalda—.
Además, no es verdad que Emilio te odie; simplemente está en una edad difícil.
Durante el trayecto hasta la capital de la isla no hablaron mucho. Agotada por las emociones, Belén se había quedado dormida en el asiento trasero y no se despertó hasta que llegaron a la residencia, que no quedaba muy lejos de la clínica.
—¿Te parece bien esperarme aquí?
Habían llegado al aparcamiento de la clínica. Julia no sabía cómo reaccionaría Emil al verla. No tenía ni idea de si había sido él quien había pedido que fuera a buscarlo o si Jens simplemente quería librarse de él al ver que las cosas se complicaban.
—Ningún problema —replicó Álvaro con una sonrisa de ánimo—. Si me necesitas, llámame, ¿de acuerdo?
Julia le dio un beso en la mejilla y salió del coche. «Menudo día», pensó mientras pasaba junto a la gente que estaba fumando frente a la puerta acristalada. Un hombre en albornoz que arrastraba un soporte para gotero se le acercó con un cigarrillo todavía por encender entre los labios.
—Vengo a recoger a Emil Brunner —le dijo al portero, quien procedió a consultar durante un buen rato la pantalla del ordenador antes de decirle la unidad y la planta en la que se encontraba el chico.
Por todas partes reinaba una actividad frenética.
Pacientes para los que no parecía haber sitio en las habitaciones esperaban tendidos en camillas por los pasillos, gimiendo o mirando fijamente al techo.
Casi todos tenían familiares de pie o sentados a su lado, que les hablaban para tranquilizarlos.
Julia sabía que en los hospitales españoles era corriente que los parientes participaran en los cuidados, a menudo les traían comida casera y a veces incluso se quedaban con sus seres queridos las veinticuatro horas del día.
En el fondo, Emil podía considerarse afortunado de que simplemente pudieran pasar a recogerlo y sacarlo de allí.
Y Julia también, ya que no habría podido permitirse el lujo de pasar días y noches con él en la clínica.
Por fin encontró la unidad en cuestión. Todo olía a desinfectante, a enfermedad y a miedo. Para Julia, dotada de un sentido del olfato privilegiado, ese cóctel era una verdadera tortura.
—Perdón, ¿dónde puedo encontrar a Emil Brunner? —le preguntó a una enfermera que pasaba por allí.
—¿El chico del tobillo lesionado? —dijo la mujer—. Allí delante, a la derecha —le indicó antes de seguir con su ajetreo.
Julia recorrió el pasillo hasta el fondo y vio que hacia la derecha este se ampliaba para convertirse en una especie de sala de espera con un conjunto de sofás de piel sintética.
Allí encontró a Emil completamente solo, sentado en una silla de ruedas, con una venda de compresión y una especie de férula en la pierna derecha.
Estaba encorvado y cabizbajo, daba pena verlo.
—Hola, Emil —dijo Julia mientras se agachaba junto a él—. ¿Qué te ha pasado?
Los ojos se le abrieron mucho al verla.
—¿Dónde está papá? —preguntó con voz temblorosa.
—No lo sé —replicó Julia—. Me ha llamado la doctora, parece ser que Jens le ha dado mi número.
—No puede ser —exclamó Emil—. Vendrá a recogerme. Me lo ha prometido —aseguró con lágrimas en los ojos. Desesperado, apretó los labios y se dio la vuelta.
—Tal vez haya sido un malentendido —dijo Julia con suavidad—. Llámalo y pregúntale cuándo vendrá.
Observó consternada cómo a Emil empezaba a temblarle el cuerpo entero de lo mucho que le estaba costando controlarse.
No tardó en derrumbarse y empezar a sollozar de forma incontenible.
Sin saber qué hacer, Julia se puso en pie, rebuscó en su bolso hasta que encontró un paquete de pañuelos de papel y se lo dejó sobre el regazo a su sobrino.
Luego se sentó en un sillón y esperó pacientemente hasta que el chico se hubo calmado un poco.
—¿Y bien? —preguntó entonces—. ¿Quieres llamar ahora a tu padre? ¿O te has quedado sin batería?
Emil negó con la cabeza y desvió la mirada.
—No me lo coge —dijo en voz tan baja que Julia apenas acertó a comprenderlo—. Quizá le ha ocurrido algo —añadió, sorbiéndose la nariz.