16. El cumpleañero
EL CUMPLEAÑERO
—¡Marcos! —exclamó la octogenaria, haciendo resonar su voz por toda la sala—. ¿Se puede saber qué se te ha perdido por aquí?
Tras el susto inicial, Julia había entrado corriendo de nuevo en la cocina y, desde allí, al restaurante. Belén todavía estaba en el umbral de la puerta y parecía un pequeño ángel vengador.
—Vaya, ¿a quién tenemos aquí? —comentó Marcos, reclinándose ostentosamente en la silla y sacando barriga—. Qué reunión familiar tan conmovedora.
—Tú no formas parte de la familia —le espetó Belén—. ¿Cómo te atreves a presentarte aquí con tus cómplices?
—Eso no te importa, vieja bruja —replicó Marcos—. Hace tiempo que dejaste de ser la dueña del Flor de Sal.
—Ya basta —dijo Julia, avanzando hasta colocarse delante de la anciana—.
Mi restaurante está abierto para todo el mundo.
Pero, si alguien no sabe comportarse como es debido, no tiene nada que hacer aquí.
No permitiré que se insulte a nadie, y menos a esta mujer tan fantástica que levantó el mesón —dijo, volviéndose hacia la abuela de Álvaro—.
Por favor, dejad el paso libre. Los señores ya se marchaban.
En efecto, los invitados de Marcos se levantaron enseguida. Se notaba que la situación les parecía de lo más incómoda.
—Tú no me echas de aquí —le espetó Marcos—. ¡Tú no! Prácticamente te regalé todo esto. ¿Crees que puedes librarte de mí como si no fuera más que un piojo molesto?
—Será mejor que le hagas caso —dijo Álvaro, dando dos pasos hacia Marcos. Toto y Pepe se unieron a él.
—Vamos, vamos —dijo el hombre del traje gris, claramente arrepentido de haber acudido al almuerzo—. No vale la pena que arruinemos el día. La comida ha sido excepcional —añadió, lanzándole una mirada amable a Julia—. Ahora nos vamos y ya está.
Belén se mantuvo firme en la puerta. No estaba dispuesta a apartarse.
—Tú no volarás ninguna roca aquí —le espetó a Marcos—. Ni pondrás ninguna escuela de buceo. Deja a mi familia en paz de una vez. De lo contrario...
—¿Qué? —exclamó el hombre, que ya se había levantado y se plantó frente a Belén con las piernas abiertas y las manos en los bolsillos de los pantalones.
Llevaba la chaqueta del traje abierta y los botones de la camisa estaban a punto de reventar por la parte de la barriga.
Su boca torcida esbozó una sonrisa maliciosa.
—Nadie volará ninguna roca —explicó el tipo del traje gris con determinación—.
No sé de dónde han salido esos rumores, pero, por lo que yo sé, esta costa tan singular será declarada parque nacional marítimo-terrestre.
O sea que pueden estar ustedes tranquilos, señoras y señores.
Todo esto no es más que un malentendido.
—¿Se puede saber quién es usted? —le preguntó Belén.
—Solo un madrileño que tenía el fin de semana libre y quería pasarlo aquí —dijo él con voz tranquilizadora.
—Yo lo conozco —dijo Toto de repente, y parecía de lo más alarmado—. Usted es del Ministerio de Turismo, del Gobierno central de Madrid. ¿Cómo se llamaba?
—Deja a mi invitado en paz, pordiosero —le espetó Marcos.
—¿Ha venido para conocer la costa? —preguntó Toto implacable—. Claro, usted también participará pronto en la votación de la solicitud. ¿Le gustaría aprovechar la ocasión? Al fin y al cabo, se encuentra en la zona en cuestión.
—Hace rato que hemos terminado de inspeccionarla —explicó Marcos en un tono cáustico—. Los señores están de acuerdo en que la Lomada Ronca está predestinada a convertirse en un enclave turístico.
—¿Qué?
—No, mis señores —objetó el hombre del traje gris para intentar calmar los ánimos—. No está decidido ni mucho menos. Y ahora vámonos.
Trató de apartar con suavidad a Belén, pero esta no se lo permitió tan fácilmente.
—Si eres uno de esos políticos corruptos que venden nuestras costas —le dijo en tono amenazador al funcionario—, ¡mal golpe te lleves! Ya has oído que soy una bruja. Y casi nunca maldigo a nadie. Pero hoy me siento con ánimos para ello.
Al final se hizo a un lado. El hombre del traje gris y los suyos huyeron del restaurante mientras Amelie aprovechaba la oportunidad para tenderle la carpeta con la cuenta a Marcos con un gesto impecable.
Por un momento Julia pensó que se negaría a pagar.
Sin embargo, se sacó la cartera del bolsillo trasero de los pantalones y lanzó unos cuantos billetes de los grandes sobre la mesa antes de largarse de una vez por todas.
—Que no vuelva a poner los pies aquí —rezongó Belén.
—Te aseguro que no —prometió Julia—. Ven, siéntate —le dijo, acercando una silla para Belén a la mesa de los amigos de Álvaro—. ¿Qué os parece si nos tomamos una ronda de Ron Aldea?
—Una idea fantástica —dijo Juan Pérez, dejándose caer de nuevo en su silla.
—¿Por qué la has traído? —le preguntó Julia a Álvaro mientras la ayudaba a poner los vasos en la bandeja—. Creía que no querías.
—Claro que no. Pero de algún modo se ha enterado —le explicó él con un susurro—.
Me ordenó que la trajera aquí. Alguien debe de haberla llamado para contárselo —dijo, señalando con la barbilla hacia sus amigos.
De repente cogió las manos de Julia entre las suyas—.
Has estado genial —le dijo, mirándola a los ojos—. ¿También estás de nuestro lado?
—Por supuesto que sí —respondió ella con impaciencia—.
¿Cómo has podido dudarlo? Para mí es una cuestión de principios.
Lo que tienes que comprender es que no puedo rechazar a un cliente solo porque tenga mala reputación, no es una actitud profesional.
Pero, si alguien no sabe comportarse, entonces sí. Como Marcos hoy, cuando...
—¿Cuando me ha llamado bruja?
Julia se dio la vuelta.
Se dio cuenta de que todos habían oído sus últimas palabras. Belén soltó una carcajada.
—Pues te juro que decía la verdad. Lo soy, pero solo cuando quiero —aseguró la anciana, aparentemente satisfecha consigo misma—. Y tú no deberías dudar de la lealtad de Julia —le dijo a su nieto con severidad—. Sabe a la perfección cómo se lleva un restaurante.
Se quedaron sentados juntos mucho rato. Paola preparó café para todos y Amelie trajo platos con galletas de la cooperativa de viudas. Álvaro invitó a Julia a colocarse en medio del grupo y por primera vez esta se sintió parte de aquella comunidad.
—Mirad las fotos que he hecho —dijo Naira, pasando su móvil con orgullo entre los demás—. Se creían que os las estaba sacando a vosotros. En realidad, he puesto el modo selfi y he tomado fotos por encima del hombro de todos los invitados de Marcos.
—¡Déjame ver! —exclamó Toto, cogiendo el teléfono—. ¡Es genial! Se reconocen todas las caras perfectamente. Eh, incluso hay primeros planos mientras se decían cosas al oído.
—Con esto los podremos pillar, ¿no? —preguntó Pepe entusiasmado—. Si las hacemos llegar a la prensa...
—Tal vez ni siquiera sea necesario —intervino Beatriz, la madre de Toto—. Ese tipo ha dicho que no era cierto.
—No me jugaría el sombrero de paja a que haya dicho la verdad —replicó su hijo con desconfianza—. Sea como sea, gracias a las fotos podré saber cómo se llama el tipo del traje gris.
—¿Y quién era el que se ha marchado? —preguntó Naira.
—Era un representante del Ministerio de Turismo en la comunidad autónoma —respondió Toto.
La animada charla se apagó de repente. Que altos funcionarios del Gobierno hubieran aceptado la invitación de Marcos para comer un sábado era realmente preocupante.
—Ya verá lo que le espera si miente —dijo Belén al fin. Al parecer, creía con firmeza en las consecuencias de su maldición.
—Siempre he sabido que no era trigo limpio —dijo Toto con un gemido, reclinándose en su silla.
—¿Quieres otro trago? —preguntó Amelie, cogiendo la botella para servirle. Él levantó la vista sorprendido, como si en esos momentos la estuviera viendo por primera vez.
—Gracias —murmuró, mirándola como si fuera una aparición.
—Esta es Amelie —dijo Julia para presentar a su amiga—. Por si todavía no os conocíais. Trabajamos juntas durante mucho tiempo en Alemania. Ahora se quedará aquí para siempre, ¿verdad?
Amelie se rio, aparentemente encantada con las miradas que le lanzaba Toto.
—Para siempre es mucho decir —replicó—, pero de momento no tengo previsto ir a ninguna parte. Se está muy a gusto en el Flor de Sal.
Belén asintió y recuperó el aspecto habitual de anciana bondadosa que Julia conocía.
—Sí, Amelie ha trabajado en las mejores casas. Y también es una persona sensata, como lo demuestra el hecho de que haya preferido trabajar aquí que en un hotel de lujo. Ven, siéntate con nosotros —le pidió, insistiendo en que todos le dejaran espacio, y Amelie se acabó sentando entre ella y Toto.
El tiempo pasó volando y el ambiente entre los amigos no hizo más que mejorar.
Belén contó divertidas anécdotas sobre su juventud que arrancaron carcajadas a todos los presentes.
Hacia las ocho, Julia estaba preparando una bandeja de jamón ibérico y otra de queso cuando de repente le sonó el móvil.
En la pantalla apareció un número español y, pensando que sería alguien que quería hacer una reserva, aceptó la llamada sin dudarlo.
—¿Hablo con la señora Julia Brunner? —preguntó una enérgica voz femenina.
—Sí, soy yo —respondió ella.
—Soy la doctora Fuentes, del ambulatorio de Santa Cruz. Tenemos aquí a un chico llamado Emil Brunner.
—Dios mío —exclamó Julia—. ¿Le ha ocurrido algo?
—Se ha roto un ligamento del tobillo —contestó la mujer—. Su padre nos ha dejado este número para que la informemos. Es usted la madrina del chico, ¿verdad?
—Sí —respondió Julia desconcertada—. ¿Cómo se encuentra Emil?
—Bien. Tan bien que ya puede pasar a recogerlo —oyó decir a la doctora.
—¿Recogerlo? —preguntó Julia, que de repente sintió la necesidad de sentarse en una de las sillas de la cocina.
—Su padre dijo que se encargaría usted —explicó la doctora con impaciencia—. ¿Cuándo podrá venir a buscarlo?
Julia echó un vistazo al reloj de la pared.
—Pero ¿él quiere que vaya? —preguntó, para lo que tuvo que aclararse la garganta.