Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 15. El almuerzo #2
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15. El almuerzo #2

Sus manos convirtieron los jugosos tomates rojos, el queso de cabra asado sobre astillas de pino, los pétalos de caléndula y borraja y, por supuesto, también una pizca de flor de sal sobre el aderezo de higos en una verdadera obra de arte.

La terrina casera de conejo silvestre, decorada con finísimas rodajas de papaya y diminutos chiles fritos, cosquillearía el paladar de aquellos espíritus exaltados.

También salieron de la cocina platos de melón con jamón y alcaparras saladas, y para Naira un suflé de puerros con almendras tostadas.

Julia le pidió a Paola que sacara del horno la bandeja con los panecillos recién hechos y los colocara en una cesta forrada con una servilleta blanca.

Amelie la cogió junto con las elegantes pinzas para el pan y se la llevó para servir un panecillo en el plato de cada comensal.

Julia comprobó los solomillos de ternera que había metido esa mañana en el horno a baja temperatura y constató con satisfacción que les faltaba poco para estar perfectos. Justo a tiempo para servirlos como plato principal en la mesa de Marcos.

—¿Cuánto les falta a las brochetas de patata? —le preguntó a Paola, quien respondió levantando los pulgares.

De repente unos gritos llegaron hasta la cocina.

—¿Qué ocurre? —le preguntó alarmada a Amelie cuando esta entró en la cocina cargada con una pila de platos sucios.

—Uno de los amigos de Álvaro, el más viejo, está dando una especie de discurso —le contó su amiga.

Julia acudió apresuradamente a la puerta.

—Que vale la pena proteger esta costa lo sabemos todos, también usted, Ramón Serrano; más que nadie, me atrevería a decir —decía Juan Pérez, el padre de Toto, que se había levantado de la silla para dirigirse con aire pedagógico a uno de los hombres que estaban sentados a la mesa de Marcos.

El tipo parecía especialmente incómodo—.

Conoce bien la propuesta de mi hijo y sus compañeros, y la ha aprobado. Al menos eso nos aseguró usted.

—Cállate de una vez, Juan Pérez —le espetó Marcos sin perder la calma—. Esto es una comida privada, no hemos venido a escuchar tus sermones.

—El mero hecho —insistió él, levantando el dedo índice con indignación— de que un alto funcionario del Ministerio de Turismo en Canarias participe en un almuerzo privado con alguien que se propone arruinar esta costa para lucrarse lo dice todo.

—¿Qué insinúa con eso? —protestó el aludido.

—Insinúa —intervino Toto— que sabemos por una buena fuente que Marcos se propone abrir una gran estación de buceo, una iniciativa que no encaja en absoluto con nuestros esfuerzos por conseguir que la región sea declarada parque nacional.

Todo lo contrario. Contradiría las condiciones y echaría por tierra nuestros planes de una vez por todas.

Un silencio inquietante siguió a ese comentario. Ramón Serrano intercambió miradas alarmadas con sus acompañantes.

—¿Quién les ha contado eso? —preguntó el tipo anodino del traje gris con entradas pronunciadas que ya había llamado la atención de Julia. Sonó como si les estuviera preguntando a unos niños si todavía creían en Papá Noel.

—Es un secreto a voces —replicó Toto con serenidad—. Un tal Jens Brunner lo va contando por todas partes. Y ese señor de ahí, que sin duda pagará la cuenta, es el propietario de la zona en cuestión.

—Menuda coincidencia —comentó Naira— que los representantes de las autoridades competentes para conceder los permisos necesarios estén sentados con él a la mesa. Y, además, en un almuerzo privado.

—Eso son acusaciones malintencionadas —respondió Marcos con furia—. ¿Es que no se puede comer en paz en este restaurante? ¡Qué mala educación!

De repente se oyó un móvil, Ramón Serrano se levantó apresuradamente y salió afuera mientras el aparato seguía sonando.

—¿Apostamos a que no vuelve? —le susurró Amelie a Julia, empujándola de nuevo hacia la cocina con suavidad—. Lo mejor será que saquemos ahora el plato principal. Eso calmará los ánimos.

Julia lo dudaba mucho. No obstante, empezó a servir las raciones con esmero.

Tarde o temprano se acabaría enterando de todo.

Y era mejor que en esos momentos no se inmiscuyera en la disputa.

Era evidente que el grupo de Marcos daba por sentado que ella estaba de su lado solo por su parentesco con Jens.

—Ahora están gritando sobre unas explosiones o algo así, si no lo he entendido mal —relató Amelie algo más preocupada que antes—. Por cierto, cuenta con una ración menos de filete. El del móvil se ha marchado a toda mecha.

—Es del Ministerio de Turismo —murmuró Julia—. Por lo visto, el tema se ha vuelto demasiado delicado para él.

—Los demás tampoco parecen dispuestos a quedarse hasta el final —añadió Amelie, cogiendo los platos.

Julia se obligó a continuar de todos modos y a no seguir preocupándose por la discusión. Y, de hecho, durante un rato pareció que los ánimos se calmaban. Al menos los platos que Amelie devolvió a la cocina estaban vacíos.

Cuando los postres salieron, Julia se tomó un pequeño descanso en el patio, cerró los ojos y respiró hondo unas cuantas veces.

Entonces la sobresaltó el ruido de un motor.

La ranchera de Álvaro entró a todo gas en el aparcamiento y se detuvo levantando una gran nube de polvo.

Cuando se disipó, Julia vio a su novio junto a una figura menuda bajo el drago.

—¡Belén! —exclamó, corriendo a su encuentro.

—¿Dónde está ese bastardo? —preguntó la anciana. Sus rasgos, habitualmente tan suaves, se habían vuelto duros e implacables—. ¿Todavía sigue ahí dentro?

Julia asintió y alternó la mirada entre ella y Álvaro, que evitó devolvérsela.

—No debería alterarse de ese modo —le dijo asustada.

—Mientras siga viva, no hables de mí como si no estuviera —le espetó Belén, tirando del brazo de Álvaro—. Vamos, entremos.

Julia observó sin decir nada cómo su novio acompañaba a su abuela hasta el portal. ¿No le había dicho hacía pocas horas que no quería involucrarla en aquel asunto? En cualquier caso, ayudó a la frágil anciana a subir los escalones que llevaban hasta el portal y abrió la puerta batiente.