Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 15. El almuerzo
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15. El almuerzo

EL ALMUERZO

Durante el breve trayecto de vuelta a la finca, Álvaro y Julia no mediaron palabra.

Álvaro seguía furioso con ella; le costaba comprender que, siendo la propietaria, no hubiera cancelado la reserva.

Por otro lado, Julia no tenía nada personal contra Marcos.

Le había vendido la finca a muy buen precio, aunque hubiera omitido algún que otro detalle importante respecto al suministro de agua.

En el momento de la compra, ella no había sabido que la operación no había sido más que una estratagema para fastidiar una vez más a Álvaro y a su familia.

Ella se mantenía alejada de Marcos por solidaridad con ellos, por supuesto, pero su novio no tenía ningún derecho a tratarla de ese modo frente a sus amigos.

Aunque se resistía a creerlo, le vinieron a la mente las palabras maliciosas de Emil.

«Solo está contigo porque le arrebataste la finca.

¿Crees que le interesarías igual si no la tuvieras?

». Furiosa, apartó ese pensamiento de su cabeza.

—Deberías haberle dicho que no a Marcos desde el principio —insistió Álvaro.

—Ya te lo he explicado —respondió Julia mosqueada—. Llamó. Reservó una mesa para doce personas. Y hasta el final no me dijo quién era. No le reconocí la voz, si es eso lo que me estás reprochando.

—Entonces deberías haber anulado la reserva en cuanto lo supiste —replicó Álvaro—. Ese tipo arruinó a nuestra familia, ¿lo has olvidado?

—No, no lo he olvidado —contestó Julia—. Pero un restaurante debería estar abierto a todo el mundo y...

—A veces te falta carácter —la interrumpió Álvaro con amargura—. Eres demasiado blanda. De acuerdo, por un lado, eso te convierte en una persona simpática. Pero en algunas situaciones simplemente te comportas con cobardía.

—Basta ya —le espetó Julia—. Que no comparta vuestra prehistórica mentalidad de clan no significa que sea una cobarde.

Por todas partes hay meteduras de pata, viejas enemistades y disputas familiares, ¿de verdad no te das cuenta de lo mucho que eso envenena la vida?

Yo no puedo aceptar los pescados de Diego, Marcos no puede entrar en la finca, y no hablemos ya del hecho de que yo sea la hermana de Jens Brunner; por lo visto, eso me perseguirá toda la vida.

Tal vez deberías escribirme una lista de la gente que no puede entrar para que memorice vuestras estúpidas reglas —dijo mientras aparcaban bajo el drago.

Álvaro apagó el motor justo en ese momento.

A continuación, se hizo el silencio dentro del coche, demasiado silencio—.

Lo único que quería decir... —intentó aclarar Julia ya más calmada, pero Álvaro le puso una mano en el muslo.

—No pasa nada —repuso—. Simplemente no eres una de nosotros.

Julia salió del coche sin decir nada más.

—¿Por qué estás tan nerviosa? —preguntó Amelie, a la que era imposible ocultarle nada—. ¿No habías salado ya la carne? ¿Se puede saber qué te ocurre?

Julia soltó un gemido.

—Álvaro y yo nos hemos peleado porque no le he prohibido la entrada a Marcos.

—¿Está mal de la cabeza o qué?

—Y, por si fuera poco, luego vendrán todos sus amigos a comer.

—¿Qué tiene de malo eso?

—Marcos es su enemigo más acérrimo —dijo Julia para intentar explicarle lo complicada que era la situación—. Y me preocupa mucho que el día no termine precisamente de forma pacífica.

Amelie se la quedó mirando con la cabeza ladeada y el ceño fruncido.

—¿Crees que se pelearán?

Julia no pudo evitar sonreír.

—Quién sabe —respondió recordando cómo Jens se había enfrentado a Álvaro la noche de la jornada de puertas abiertas.

—Siendo así, ¿no crees que deberíamos evitar poner la vajilla buena?

—preguntó Amelie con una sonrisa, y de repente Julia se sintió más relajada.

Su amiga tenía una forma maravillosa de tomárselo todo a la ligera.

Quizá se estaba preocupando demasiado y al final todo saldría bien—.

¿Y qué les prepararás? —prosiguió—. ¿Gallo de pelea con salsa de mala leche aderezada con pólvora?

Julia no pudo evitar reírse.

—Pues no suena nada mal —opinó—. Debería probarlo.

Sin embargo, a continuación, pensó en las palabras de Álvaro y el corazón se le encogió de nuevo. ¿Seguiría siendo siempre una marginada solo porque ponía en duda las reglas del pueblo?

A las dos en punto llegaron tres grandes coches oscuros, encabezados por un ostentoso todoterreno del que salió un hombre mayor de aspecto robusto.

Julia no lo reconoció hasta que lo miró por segunda vez.

Una cicatriz en la comisura izquierda de la boca le bajaba desde el labio inferior, dotándolo de un aspecto huraño.

No había vuelto a verlo desde el día en el que había firmado el contrato de compraventa.

Por aquel entonces iba vestido con ropa de diario desgastada.

Al restaurante, en cambio, llegó ataviado con un traje negro con el que parecía el líder de un cartel de drogas sudamericano, o al menos Julia se los imaginaba así.

Sus ojos negros y pequeños vagaron atentamente por el arco de ladrillo con el rótulo del Mesón Flor de Sal antes de entrar con decisión en el patio y examinarlo todo con detenimiento.

—Bienvenidos —gritó hacia sus acompañantes, que habían bajado de los coches y en esos momentos entraban también mirándolo todo con interés.

Entre ellos había tipos trajeados que a Julia le pareció que podían ser políticos locales, esa clase de gente que incluso en un día libre como ese parecía capaz de subir a un estrado en cualquier instante para pronunciar un discurso vacío.

Otros llevaban ropa informal cara, tipos de ciudad con ganas de pasar un fin de semana agradable en el campo.

Uno de ellos, vestido con un traje gris, le llamó la atención especialmente, tal vez porque su rostro era de lo más anodino y lucía unas pronunciadas entradas—.

Como si estuvierais en vuestra casa —añadió Marcos.

A Julia le pareció un descaro que se paseara por allí como si la finca fuera de su propiedad.

—Buenos días, señor Marcos —dijo con formalidad—. Creo que me corresponde a mí darles la bienvenida.

—La chica se encarga del restaurante —les explicó Marcos a sus invitados—. Y, por lo que he leído en la prensa especializada, tomé una buena decisión eligiéndola a ella. Además, es la hermana de Jens Brunner, de manera que todo queda en familia.

Un murmullo recorrió el grupo y Julia comprendió con estupor que Marcos la estaba utilizando como una especie de escaparate para su hermano.

Sin embargo, ese no era el momento adecuado para dejar las cosas claras.

¿Cómo podría haberle explicado que estaba peleada con Jens y no quería saber nada sobre él ni sobre sus asuntos?

En cierto modo, Álvaro tenía razón. No debería haberse metido en esa situación.

Ahora solo le quedaba una opción: cerrar los ojos y seguir adelante.

—Su mesa está puesta en el restaurante —dijo, dejando a Marcos y a sus invitados plantados en el patio.

—Menuda pandilla —comentó Amelie, que la esperaba en el umbral de la puerta abierta, desde donde había podido observar a los comensales—. Espero que sepan com­portarse.

—Marcos ya está demostrando todo lo contrario —le susurró Julia—. ¿Quieres que llame a Sam y le pida que venga? Por si acaso, quiero decir.

Amelie negó con la cabeza.

—Me he enfrentado a gente mucho peor. Además, luego llegarán refuerzos. Creo que nos divertiremos.

Julia se alegró una vez más de poder retirarse a la cocina, aunque tampoco consiguió sentirse cómoda allí. Cada vez que echaba un vistazo al restaurante, veía a Marcos hablando con grandilocuencia y, a juzgar por las carcajadas del grupo, siempre incluía alguna que otra obscenidad.

—¿Todo bien? —le preguntó a Amelie.

—De maravilla —respondió esta con rabia, sacando del frigorífico el champán que Marcos acababa de encargar como aperitivo.

El hombre estaba alzando su copa cuando la puerta se abrió y apareció Toto.

Lo seguían sus padres, Juan Pérez Sánchez y su esposa Beatriz.

También Tina, su hermana, que ya había ayudado a Julia en alguna ocasión con el servicio.

Pepe y Naira cerraban la comitiva. Marcos se había levantado para proponer un brindis, pero, al ver a los nuevos comensales, se quedó sin palabras.

—Brindemos por el progreso —anunció antes de sentarse rápidamente de nuevo.

—Ha llegado el momento de sacar las tapas —le recordó Amelie a Julia, que miraba hacia el restaurante a través de la puerta.

—Ya están listas —replicó ella—. ¿Qué está pasando ahí fuera? —preguntó. Toto se había detenido junto a la mesa de Marcos y hablaba con dos de sus invitados.

—El del sombrero de paja se ha encontrado con unos conocidos —la informó Amelie, cogiendo la bandeja—. Creo que no se han alegrado precisamente de verlo.

Julia se obligó a concentrarse en su trabajo. Debía preparar los entrantes, Paola ya tenía lista la ensalada.

—Los amigos de Álvaro están haciendo muchas fotos de grupo —relató Amelie cuando regresó con los platos de las tapas vacíos—. Puedes estar tranquila: todo va sobre ruedas. Aquí tienes el pedido para su mesa.

Julia le echó un vistazo al papel. Para traerles sin cuidado lo que comerían, los amigos de Álvaro habían pedido bastante. Por suerte, casi todos querían lo mismo; solo Naira se había decantado por las opciones vegetarianas.