14. Entre dos aguas #3
—Eso espero —dijo Toto, encogiéndose de hombros—.
Por supuesto, cada ministerio puede presentar argumentos contra el proyecto.
Y, como sabemos, no todos están interesados en proteger la naturaleza.
Solo hay que ver el de Turismo. Esperemos que esa gente comprenda que un parque nacional atraería a más visitantes.
Julia pensó en lo que Álvaro le había explicado. Que Marcos tenía medios para ganarse a los responsables de tomar decisiones importantes o, dicho más claramente, para sobornarlos.
—Por cierto, hoy vendrá Marcos con un grupo a mi restaurante —dijo.
—¿Qué? —exclamó Álvaro con los ojos brillantes de indignación—. ¿Y piensas permitirlo?
—No tenía elección —aseguró Julia—. Al principio no me dijo su nombre y...
—Me parece inaceptable —la interrumpió Álvaro—. ¡No pienso consentir que vuelva a poner los pies en la casa de mis abuelos ni una sola vez!
—De verdad, no puedes hacerlo —intervino Pepe—. Julia, es nuestro enemigo.
—¿Con qué tipo de gente piensa ir? —preguntó Toto.
—Eso no lo sé —respondió Julia.
—Tienes que anular su reserva —le explicó Álvaro con determinación. A continuación, se sacó el móvil del bolsillo y se lo tendió—. Vamos, llámalo. Tengo su número guardado. No quiero a ese tipo en mi casa.
Julia creyó no haberlo oído bien. ¿En su casa? «Querrás decir nuestra casa», pensó enojada. A ella tampoco la complacía nada, pero ¿cómo se le ocurría a Álvaro darle órdenes de ese modo?
—Tal vez sea mejor que vaya con toda esa gente —opinó Toto de repente—. ¿Y sabéis una cosa? Se me acaba de ocurrir una idea fantástica. Nosotros también comeremos en el Flor de Sal —sentenció con un brillo combativo en los ojos.
—Oye, Toto, no quiero problemas —protestó Julia asustada.
—La idea no está mal —dijo Naira, como si ella no hubiera objetado nada—. De este modo tal vez podamos descubrir con quién hace sus turbios negocios.
—Traeré a mi padre —decidió Toto—. ¿Qué te parece, Álvaro? ¿Quieres traer también a Belén?
—De ninguna manera —replicó este con aire sombrío—. Mi abuela no se encuentra muy bien. Lo último que necesita es una agitación semejante.
—También deberíamos avisar a Baltasar —opinó Naira—. Como alcalde, el asunto le afecta directamente, ¿no creéis?
—A quien le afecta directamente todo esto es a mí —intervino Álvaro furioso—.
Si lo que nos ha contado Julia es cierto, está sucediendo justo enfrente de mi jardín de sal.
Si vuelan esa roca, ¿qué consecuencias creéis que tendrá eso?
El ecosistema del lugar es muy complejo.
Si la bahía queda tan protegida es gracias a esas formaciones rocosas.
Si algo cambia allí, es muy posible que la siguiente tormenta inunde mi salina.
—Es probable que ni siquiera tenga que caer una tormenta para eso —añadió Toto con aire lúgubre—.
Por no hablar de que vivimos en un punto caliente volcánico y las consecuencias de una voladura podrían ser fatales desde el punto de vista sismográfico.
Hace solo una semana se registró un pequeño maremoto a tres millas de la costa.
Quien esté planeando algo así no puede estar bien de la cabeza.
—¿De verdad queréis venir vosotros también? —preguntó Julia, y todos los ojos se volvieron hacia ella.
—No vas a negárnoslo, ¿verdad? —replicó Toto con severidad—. ¿O ya no somos bienvenidos como clientes?
—Claro que sí —dijo Julia, aclarándose la garganta—. Si es por el bien de la causa...
—Nunca deberías haber aceptado la reserva de Marcos —la interrumpió Álvaro sin contemplaciones—. Ese tipo no debería volver a cruzar nuestro umbral.
—Bueno, al fin y al cabo, la finca no es tuya —intervino Naira en un tono dulzón que escondía una malicia innegable—. La propietaria es Julia. Seguramente tú no eres nadie para decidir quién puede cruzarlo y quién no, Álvaro.
Horrorizada, Julia vio cómo su amado empalidecía de repente ante aquella indirecta.
—Esas decisiones las tomamos juntos —se apresuró a puntualizar, poniendo énfasis en la última palabra y lanzándole a Álvaro una mirada elocuente—. Y, si así lo prefieres, llamaré a Marcos y anularé su reserva.
—No, no —objetó Toto con vehemencia—. Eso nos ofrece una oportunidad única para ver quién se codea con él.
—¿Y si resulta que solo son unos cuantos viejos amigos suyos? —preguntó Álvaro.
—Marcos no tiene amigos —objetó Pepe—. Al menos en La Palma.
—Entonces hay más posibilidades de que podamos conocer a unos cuantos de sus socios corruptos.
—Es posible que el Alemán sea uno de ellos —opinó Pepe.
Todos se volvieron hacia Julia.
—No lo creo —respondió ella—. Hoy es el cumpleaños de Emil. Supongo que su padre estará haciendo algo con él.
Al fin y al cabo, el chico incluso había renunciado a celebrar una fiesta con sus amigos.
—Muy bien, entonces está decidido —dijo Toto, quitándose el sombrero de paja para echarse el pelo hacia atrás y volvérselo a poner.
—¿A qué hora ha reservado mesa Marcos? ¿A las dos? Esperaremos hasta que él y su gente se hayan sentado y llegaremos un cuarto de hora después.
—¿Y qué querréis comer? —preguntó Julia, echándole un vistazo a su reloj.
Faltaba poco para las diez. Había previsto tener doce comensales. Calculó rápidamente que de repente serían seis u ocho personas más.
Pepe soltó una carcajada como si hubiera preguntado una tontería.
—¿Que qué queremos comer? —repitió—. ¡Eso nos trae sin cuidado!