14. Entre dos aguas #2
—Bueno, esto es realmente genial —exclamó Julia—. Mil gracias por imprimirlo. Pero ahora tenemos que volver al trabajo enseguida. Los clientes están esperando los postres.
Y así continuaron con el servicio, animadas y joviales. Cuando más tarde le tradujeron a Paola lo que decían aquellas páginas, ella también se llevó una gran alegría.
—Nuestra Julia va a triunfar —dijo—. Ya lo veréis. En mi vida había visto cocinar a nadie como lo hace ella. Y eso que vengo de una familia de cocineros, o sea, que no lo digo a la ligera.
—«Sobre estrellas y galaxias» —repitió Amelie mientras ayudaba a Julia a preparar el sorbete de pétalos de rosa con tres tipos de bombones rellenos de sorprendentes pepitas saladas.
Fue más tarde, una vez que los últimos comensales hubieron salido del restaurante, cuando Julia pensó de nuevo en lo que Emil le había contado.
Y en que al día siguiente se presentaría allí ni más ni menos que Marcos con un grupo.
«O sea, que hazlo lo mejor posible, como dice esa revista alemana», había dicho.
¿También había leído la crítica gastronómica de Nevady?
¿O tal vez era Jens quien estaba detrás de eso?
Por fin oyó que Álvaro llegaba a casa. Le pareció abatido y cansado cuando la abrazó en el dormitorio.
—Hoy he llevado un gran cargamento de sal al puerto de Santa Cruz. Esta vez los trámites en la aduana han sido eternos. Y luego he pasado a ver a Belén. No se encuentra muy bien desde hace unos días.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Julia asustada.
—No lo saben muy bien —replicó Álvaro mientras empezaba a desvestirse—. El corazón. Al fin y al cabo, no es precisamente una jovencita. ¿Vienes conmigo a ducharte?
Se había convertido prácticamente en un ritual para ellos.
Nada contribuía a calmarla tanto tras una noche larga y ajetreada como meterse bajo el chorro de agua caliente en brazos de su amado.
Se sentía como si se estuviera desprendiendo de todo lo que la había preocupado durante el día, de manera que al final solo quedaban la ternura y el bienestar.
—Con mucho gusto —respondió—. Pero tengo que contarte algo.
—Espero que sean buenas noticias —dijo Álvaro con un suspiro, y Julia se planteó si no sería mejor esperar al día siguiente por la mañana para comentarle lo que Emil le había revelado. De lo contrario, no sería capaz de pegar ojo. Y los dos necesitaban dormir urgentemente.
—Entonces será mejor que hablemos de ello por la mañana —dijo, abandonándose a las caricias de su novio.
Pensándolo bien, era muy posible que Emil solo le hubiera soltado una sarta de tonterías.
O que Jens le hubiera contado a su hijo un cuento chino para impresionarlo.
Esa noche le parecía poco probable que su hermano se propusiera realmente volar una roca.
Los besos y los abrazos de Álvaro eran mucho más importantes.
Hasta que al final se quedaron dormidos fundidos en un abrazo.
—¿No querías contarme algo?
Todavía era temprano, la primera luz de la mañana se reflejaba en el vaporoso dosel de algodón blanco de la cama. Se habían despertado abrazados y habían vuelto a hacer el amor con ternura.
Al final Álvaro se había levantado, había preparado café y le había llevado una taza a la cama. Al oír la pregunta que le acababa de hacer, Julia se despertó de golpe.
—Emil ayer me contó unas cosas increíbles.
Empezó a describírselo, omitiendo el desagradable comentario de que solo estaba con ella porque lo que quería en el fondo era la finca.
—¿Me estás diciendo que Jens quiere volar los arrecifes submarinos?
—Eso me contó Emil —respondió Julia con aire pensativo—, habló de una roca. ¿Qué crees que podría estar haciendo Jens en Tenerife?
—Ahí está la sede administrativa de la parte occidental de la comunidad autónoma de las islas Canarias —explicó Álvaro—.
Están divididas en dos provincias: Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro pertenecen a la occidental y el resto, a la oriental.
Si de verdad Jens está tramando algo tan gordo, necesitará permisos para hacerlo —constató, tomando un trago de café con una expresión preocupada en el rostro—.
Deberíamos contárselo a Toto —dijo al fin mientras se levantaba de la cama—.
Podríamos subir al pueblo a desayunar con los demás. ¿Te apuntas? Voy a reunirlos a todos.
—Tengo tiempo hasta las diez —respondió Julia, levantándose también—. Luego debo volver a la cocina.
Hacía bastante tiempo que Julia no subía al pueblo erigido en la ladera de la montaña por encima del mesón.
Ese sábado por la mañana el cielo estaba nublado y el mar tenía un aspecto grisáceo y hostil.
Unos cuantos niños pintaban con tizas de colores el suelo de la plaza mientras sus padres hacían las compras y charlaban formando grupitos aquí y allá.
El bar estaba muy concurrido y Julia lamentó no haber invitado a Toto y a los demás a su restaurante, donde podrían haber hablado con más calma.
No paraba de pasar gente a saludarlos, hacerles preguntas o comentar acontecimientos recientes.
Al final se retiraron bajo las palmeras que daban sombra a la plaza.
Aparte de Toto, Pepe y Naira también se encontraban allí.
Solo faltaba Serena, que ya estaba en su puesto del mercado.
Julia les contó lo que había dicho Emil.
—Me habló sobre un sensacional sistema de cuevas que, al parecer, está bajo la superficie del mar —relató—. Y me dijo que, para acceder a él, había que volar una roca. Por supuesto, no sé si solo son cuentos chinos que Jens le ha contado a su hijo o si realmente es cierto.
Cuando hubo terminado, nadie dijo nada. Toto parecía encerrado en sí mismo, casi como si no la hubiera escuchado. Naira, en cambio, se la quedó mirando con indignación, como si fuera ella la que se propusiese cometer aquella atrocidad. Pepe chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Volar una roca —dijo Toto al fin—. Nadie con dos dedos de frente haría algo semejante.
—Tal vez el chico lo comprendió mal —opinó Pepe.
—O se lo ha inventado para asustarnos —supuso Naira.
—¿Por qué tendría que hacer algo así? —preguntó Julia incrédula—.
Estoy segura de que se lo ha contado mi hermano.
Emil es incapaz de inventarse nada parecido —aseguró, pensando que tampoco se le habría ocurrido algo tan retorcido como que Álvaro pudiera estar con ella solo porque era la propietaria de la finca.
—Quizá el chico solo quiera llamar la atención —supuso Pepe.
—El problema no es Jens Brunner —dijo Toto, y los demás se lo quedaron mirando con asombro—, sino que detrás de todo esto está Marcos.
Es el propietario del terreno sobre el que quieren erigir la estación de buceo.
Y, si el Alemán ha estado en Tenerife, lo más probable es que él lo haya acompañado.
O que Jens haya acudido por encargo suyo.
Es posible que lo esté utilizando solo como hombre de paja.
—Guardó silencio de nuevo y continuó reflexionando.
—¡Volar rocas submarinas es absolutamente ilegal! —exclamó Pepe indignado.
—En la vida les darán permiso para hacer algo así —dijo Álvaro.
—En condiciones normales no —convino Toto, y Naira respiró aliviada—. Que conste, «en condiciones normales» —insistió—. En el caso de Marcos, nunca se sabe. No sería la primera vez que consigue una autorización que no le concederían a nadie más.
—¿Cómo va tu solicitud, por cierto? —le preguntó Naira, y Julia entendió que se refería a la petición para que la costa se declarara parque nacional.
—Ya hemos superado los primeros obstáculos —indicó Toto—. El lunes se presentará la solicitud durante el Consejo de Ministros en Madrid.
—¿En Madrid?
—Sí, es competencia del Gobierno del Estado —explicó Toto—. Si los ministros dan su visto bueno, la solicitud solo tendrá que confirmarse en el Parlamento.
—Solo eso —repitió Pepe, arqueando las cejas—. Llevamos años así.
—Tampoco tantos —objetó Toto mientras se echaba hacia atrás el viejo sombrero de paja del que nunca se separaba—.
Es un proceso largo. Al fin y al cabo, en toda España solo hay dieciséis parques nacionales de este tipo, y cuatro de ellos están en las Canarias.
Pero, si lo logramos, os aseguro que será algo realmente importante.
—¿Y crees que lo conseguiremos? —preguntó Álvaro.