Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 14. Entre dos aguas
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14. Entre dos aguas

ENTRE DOS AGUAS

—¿Dónde has estado tanto tiempo? —exclamó Amelie, corriendo al encuentro de Julia con entusiasmo—.

El teléfono no para de sonar. ¿Y por qué has tachado de la agenda el día de mañana?

Tenemos veintitrés reservas para el fin de semana.

Les he pedido el número de teléfono por si tenía que llamarlos para cancelarlas.

—Tranquila —le dijo Julia, dejando el bolso sobre una silla de la cocina—. Quería tener el día libre porque es el cumpleaños de Emil, pero ya no hace falta. A partir de ahora será un día normal como cualquier otro.

Amelie la miró con preocupación.

—¿Todo bien?

—De maravilla —replicó Julia en tono lúgubre—. Emil se está convirtiendo en una versión en miniatura de su padre, pero por lo demás...

De repente no pudo seguir hablando. Ella fue la primera sorprendida al ver que se echaba a llorar de repente.

—Eh, ¿qué ha ocurrido? —preguntó Amelie asustada.

—Tengo que hablar con Álvaro —dijo Julia entre so­llozos.

Nada más decirlo, sonó el teléfono. Con la absurda esperanza de que pudiera ser Emil, se levantó de un brinco, cruzó el restaurante corriendo hasta el mostrador y descolgó el auricular.

—¿Sí? —dijo sin aliento mientras se secaba las lágrimas.

—¿Es el restaurante Flor de Sal? —preguntó una voz. Por supuesto que no era su sobrino. Él la habría llamado al móvil, en cualquier caso—. ¿Puedo hablar con Julia Brunner?

—Soy yo.

—Querría una mesa para doce personas. —De algún modo, la voz le sonó familiar. Era ronca, sin duda de un hombre mayor—. Mañana a las dos. Vendré con gente importante, así que hazlo lo mejor posible, como dice esa revista alemana.

A esas alturas Julia ya se había acostumbrado a que la tutearan. Sin embargo, le pareció extraña la manera como le hablaba ese desconocido.

—¿A qué nombre reservo la mesa? —preguntó.

Una carcajada ronca llegó hasta su oído.

—¿No me has reconocido? Soy Marcos. El hombre al que le debes todo lo que tienes, guapa. O sea que a ver si te esfuerzas.

Antes de que Julia pudiera replicar nada, él ya había colgado.

—Estás muy pálida —constató Amelie, que la había seguido hasta el mostrador—. ¿Ha ocurrido algo?

—Era Marcos —masculló Julia—. Vendrá mañana con once personas más.

—Genial —exclamó Amelie—. ¿O no? —se corrigió, mirando a su amiga con preocupación—. ¿Quién es ese tal Marcos?

—Es el hombre que me vendió la finca —respondió ella—. Y lo hizo solo para fastidiar a Álvaro.

—¿De verdad? —preguntó Amelie con una sonrisa—. Pues le salió el tiro por la culata, ¿no?

—Exacto. Pero, por lo que parece, ahora se ha aliado con Jens. Si lo que me ha contado Emil es cierto, están tramando algo terrible juntos.

«Ojalá no hubiera contestado», se reprochó. Estaba segura de que ese tipejo pasearía sus ansias de venganza por el restaurante con su fanfarronería habitual.

El teléfono sonó de nuevo.

—¿Puedes cogerlo por mí? —le pidió a Amelie—. Y, por favor, no aceptes más reservas para mañana a mediodía —añadió. Si a Marcos le daba por exhibir un mal comportamiento, tal como sospechaba por el tono de su llamada, prefería que no hubiera más comensales para verlo.

Necesitaba hablar con Álvaro cuanto antes, pero no lo encontró ni en la finca ni en el jardín de sal.

Tenía el móvil apagado o estaba en algún lugar sin cobertura, algo que, por desgracia, sucedía en muchas zonas de la isla.

Llegó la hora de recibir a los comensales de la noche y Julia tuvo que reunir toda su capacidad de autocontrol para cocinar con la profesionalidad necesaria, puesto que era viernes y tenía el restaurante lleno.

De todos modos, era la única actividad capaz de calmarla en tan poco tiempo.

No tardó mucho en conseguir que su mente se sincronizara con sus movimientos: echaba los alimentos en la sartén caliente, batía la mayonesa o mezclaba aderezos con la habilidad habitual.

El aroma de las flores y las hierbas del jardín de Gara, cuidadosamente seleccionadas y lavadas por Paola, le apaciguó los nervios y, por otro lado, le sentó bien oír la voz de Amelie gritando con alegría un par de palabras cada vez que entraba en la cocina.

No obstante, sabía que tenía que contarle a Álvaro, y a ser posible también a Toto, lo que Emil le había dicho.

—Un cliente desearía hablar contigo —dijo Amelie, ten­diéndole el pedido para una mesa recién ocupada.

—¿Quién es? —preguntó Julia—. ¿Está satisfecho o lo que quiere es quejarse?

—Son los dos de la mesa seis. La verdad es que parecen de buen humor —dijo Amelie, guiñándole un ojo para animarla—. Seguro que te piden un autógrafo.

Julia no pudo evitar reírse. La verdad era que eso le había ocurrido en una ocasión, cuando había conseguido una estrella Michelin. Se recogió bien el pelo bajo el gorro de cocinera y se ajustó la blusa blanca de algodón antes de seguir a Amelie hasta el comedor.

De repente la envolvió la encantadora atmósfera de su restaurante.

La luz dorada iluminaba de forma indirecta los muros de piedra natural y hacía destacar las viejas fotografías que Julia había descubierto en uno de los edificios contiguos.

Eran instantáneas que se habían tomado hacía casi sesenta años; en ellas aparecían los abuelos de Álvaro, Jaime y Belén, y mucha más gente que había trabajado allí en esos tiempos.

De las vigas del techo colgaban macetas con helechos y flores del paraíso que trepaban hasta la claraboya acristalada, aportando un encanto digno de un invernadero a la estancia.

Las mesas estaban cubiertas con manteles canarios de lino, bordados a mano, y decoradas con flores frescas del jardín de Gara y una elegante vela puntiaguda cuya llama se reflejaba en las copas de vino.

Puesto que en octubre por la noche ya refrescaba un poco, Sam había tenido la precaución de encender la chimenea, y el resplandor del fuego proyectaba una luz dorada sobre los presentes.

Julia vio rostros amables, incluso curiosos.

Pasó de mesa en mesa, intercambiando unas palabras con la gente, y constató con alivio que en general todos los clientes estaban muy satisfechos.

Por fin llegó hasta los comensales que habían preguntado por ella.

Resultó ser una pareja alemana que, según pensó Julia, debía de rondar los cuarenta y tantos.

Le parecieron demasiado elegantes para ser turistas, ya que la mujer lucía un collar de perlas.

Eso le recordó a su amiga Claire, que era abogada y tenía predilección por esa clase de joyas.

—Todo estaba delicioso —dijo el hombre, dedicándole una amplia sonrisa—. Hemos venido especialmente desde Tenerife y creemos que ha valido la pena. ¿No te parece, querida?

El tipo miró a su acompañante, que asintió con entusiasmo.

—Absolutamente —añadió ella—. Aunque con esos críticos nunca se sabe, nos han decepcionado en más de una ocasión. Pero en su caso el periodista incluso se quedó corto. El cordero era sensacional. ¡Sobre todo la salsa! Tenía un aroma... No consigo identificar qué era.

—Me alegro de que les haya gustado —respondió Julia desconcertada.

¿A qué se referían? De repente se le ocurrió una posibilidad.

¿Acaso Nevady había reseñado el Flor de Sal en alguna revista gastronómica?

—. En la salsa había un poco de esencia de lavanda silvestre —reveló—.

Disculpen, ¿dónde han leído sobre mí? —preguntó con la esperanza de no haber sonado insegura, como si estuviera al tanto de múltiples críticas positivas.

—Estamos suscritos al nuevo pódcast de Gerald Ne­vady —respondió el comensal—. Fue una idea genial, hay que reconocerlo.

—También escribió un artículo en Food and Travel sobre su restaurante —intervino su esposa—. En la edición sobre las Canarias.

Julia no se lo podía creer.

—¿Y de verdad han venido especialmente desde Tenerife...?

—Sí, ¿por qué no? —dijo el cliente—. El vuelo dura solo media hora. Se tarda más en ir desde el lago de Starnberg a Múnich.

—Nos hemos trasladado a Tenerife —explicó su acompañante—.

Mi marido trabaja en el sector de las tecnologías de la información y puede vivir en cualquier lugar.

Y yo tengo una boutique de artesanía de lujo —dijo, acariciando con la punta de los dedos el fino mantel que un grupo de mujeres autóctonas habían bordado especialmente para Julia en el estilo tradicional de las Canarias—.

Como esta mantelería —añadió—. ¿Dónde la ha encontrado?

—La encargué aquí, en La Palma, para mi restaurante. Puedo darle la dirección. También conozco a una alfarera excepcional, si le interesa la cerámica —agregó Julia—. ¿Se quedan a pasar la noche en la isla?

Eso tenían planeado, por lo que les aconsejó que, antes de partir de nuevo al día siguiente, pasaran a ver a Ana para que les mostrara sus creaciones.

—Nevady ha escrito sobre nosotros —explicó entusiasmada cuando volvió a entrar en la cocina—. Un crítico muy conocido —añadió a modo de aclaración al ver que Paola le lanzaba una mirada interrogante.

—Por eso no para de sonar el teléfono —dijo Amelie, dándose una palmada en la frente.

—Y resulta que tiene un pódcast —prosiguió Julia—. Debemos averiguar...

—¡Mirad! —exclamó Tanja mientras entraba en la co­cina con unas hojas en la mano—. He buscado en Google «Flor de Sal La Palma» para saber dónde aparecemos. No os creeréis lo que he encontrado.

Amelie le quitó los papeles con impaciencia.

—Aquí está —exclamó—. «Sobre estrellas y galaxias», por Gerald Nevady —leyó, tendiéndole las páginas a Julia, que repasó el artículo por encima en un santiamén. Sin embargo, estaba tan emocionada que las letras empezaron a emborronarse frente a sus ojos.

—¿Es bueno lo que ha escrito? —preguntó nerviosa.

—Te pone por las nubes —dijo Tanja.

—Bueno, a ver —intervino Amelie—. Esa gente ha venido desde Tenerife especialmente para cenar aquí. Yo diría que deberíamos enmarcar el artículo y colgarlo encima de los fogones.

—No, en el restaurante —opinó Tanja.