Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 13. Helado y pubertad #3
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13. Helado y pubertad #3

—¿Por eso les has dicho que no a tus amigos? —preguntó Julia—. Maribel me ha contado que tenían previsto celebrar una fiesta —dijo. Emil se cruzó de brazos y volvió a dejar la mirada perdida—. ¿Acaso te has peleado con el Rostro?

El chico apretó los labios con determinación y bajó la vista hacia la mesa.

—Habló mal de mi padre —respondió con gesto sombrío—. Entonces yo hablé mal del suyo y ahí se acabó la cosa.

Julia guardó silencio, consternada. Miguel, el padre de su amigo, llevaba muchas semanas tratándolo como si fuera hijo suyo.

—Ya sé que tú tampoco confías en papá —prosiguió Emil con amargura—. Pero es que la gente de aquí le hace la vida imposible.

—Él tampoco se lo pone precisamente fácil a los demás —objetó Julia con cautela—. Tú mismo estabas presente cuando se metió con aquel catamarán repleto de turistas entre la manada de ballenas.

—Fue un descuido —dijo Emil para defender a su padre—.

Me lo explicó con todo detalle. Además, sabe mucho más sobre navegación que la mayoría de los lugareños.

Esta gente vive en otra galaxia. Se echan a la mar en esos barcos de pesca desvencijados.

Como los activistas climáticos, por ejemplo.

¿Sabes lo que son? —preguntó, clavando sus ojos azules en los de Julia—.

¡Unos envidiosos! Porque papá sabe más que todos ellos juntos.

Y porque, a diferencia de ellos, piensa a otro nivel.

Julia comenzó a marearse. Vio cómo el camarero les traía las copas de helado y esperó a que las dejara delante de ellos antes de hablar.

—¿Qué quieres decir con que él piensa a otro nivel? —preguntó.

—Que piensa a lo grande —replicó Emil, hundiendo la cuchara en la nata para mezclarla con el helado de chocolate—. Es que ni te lo imaginas. Y Álvaro tampoco.

Julia era todo oídos. ¿Por qué lo metía precisamente a él en eso?

—No tienes ni idea de lo que está haciendo hoy en Tenerife —prosiguió Emil con orgullo antes de meterse una gran cucharada de helado de nata en la boca.

—¿Qué hace allí?

—Conseguir una autorización para algo muy gordo —reveló el chico con la boca llena—. Abrirá una estación de buceo con escuela, algo que todavía no existe en La Palma. Es un proyecto enorme. La gente vendrá desde muy lejos para bucear aquí porque vivirán experiencias que no han conocido jamás.

La copa de helado de frutas que tanto solía gustarle a Julia en esos momentos le pareció insípida.

A Emil le brillaban los ojos del orgullo que sentía por su padre.

¿Cómo era posible que él, que sabía exactamente lo fanfarrón que podía llegar a ser Jens, de repente se hubiera dejado convencer por toda esa retórica?

¿O de verdad era cierto que planeaba algo tan monstruoso?

—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Qué es eso tan increíble que se puede ver buceando por aquí?

Emil dejó la cuchara a un lado y se inclinó sobre la mesa hacia ella como si quisiera confiarle un secreto.

—Hay unas formaciones submarinas sensacionales —susurró—.

Cuevas espectaculares, todo un sistema de grutas.

Y, para poder llegar hasta allí buceando, mi padre hará volar una roca enorme.

En eso está, de hecho —dijo con las me­jillas enrojecidas por la emoción—.

Así es él. No se deja de­sanimar fácilmente.

Y mucho menos por esos fanáticos medioambientales o por el tipo ese de la sal que está contigo.

—¿El tipo de la sal? —repitió Julia atónita, recordando una ocasión en la que Jens también había utilizado esas palabras.

—Bueno, ese Álvaro con el que estás.

—¿Cómo se te ocurre hablar así de él?

—Porque se lo merece —replicó Emil, centrándose de nuevo en su copa de helado sin darse cuenta siquiera de que se había manchado la barbilla de chocolate—. Solo está contigo porque le arrebataste la finca. ¿Crees que le interesarías igual si no la tuvieras?

Julia no daba crédito a lo que oía. Incluso en el tono de voz, todo cuanto el chico le decía le recordaba a Jens.

—Más vale que te andes con cuidado, seguro que intentará convencerte para que le transfieras la propiedad —dijo, mirándola con aire solemne.

Julia estuvo a punto de echarse a reír al ver que ese sabihondo que le estaba dando lecciones tenía la cara manchada de chocolate. Sin embargo, la risa se le atragantó. ¡Qué mezquino había sido Jens convenciendo a Emil de esas cosas! Y qué crueldad demostraba su sobrino repitiéndolas sin piedad.

—No tienes ningún sentido del respeto —respondió furiosa.

Sin embargo, el chico se limitó a soltar un resoplido.

—Justo lo que papá me dijo que contestarías. Es que mira que estáis ciegas las mujeres. Dime, ¿Tanja todavía vive contigo?

—Sí —replicó Julia enfadada—. Y así seguirá siendo —dijo, levantándose de la mesa—.

Aquí tienes tu regalo —añadió, dejando la bolsa sobre la mesita con una contundencia que hizo tintinear las copas de helado—.

Y, si sigues repitiendo sin pensar esas insolencias, por mí puedes irte al cuerno.

Feliz cumpleaños, Emil. Me has decepcionado mucho.

Dicho esto, fue hacia la caja, pagó y salió de la cafetería sin mirar atrás.