Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 13. Helado y pubertad #2
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13. Helado y pubertad #2

—Me ha prohibido tirar cualquier resto del huerto —explicó Maribel con una sonrisa cargada de orgullo—. Los seca y después los quema.

—No solo eso —explicó Ana, y Julia se dio cuenta de lo entusiasmada que estaba con los experimentos—. También lo estoy haciendo con las ramas que podamos de los árboles. Siempre me sorprendo con lo que sale de ahí.

—Para este esmalte marrón claro quemó paja de guisantes —explicó Maribel, mostrándole unos cuencos de menor tamaño.

—Es muy interesante cómo reaccionan cuando añado determinados minerales —dijo Ana—.

Mira ese de allí. —Señaló hacia una gran vasija de un color verde oscuro brillante—.

Ese lo hice con cenizas de madera de olivo —prosiguió.

Julia no se cansaba de mirarlo—. Ya sabes, quería trabajar con algo distinto a la cerámica negra de siempre.

Pero nunca me han gustado mucho los esmaltes químicos.

—¿No es maravilloso que se pueda aprovechar absolutamente todo de un huerto? —preguntó Maribel con los ojos brillantes de alegría—. Incluso lo que suele servir solo para compostaje.

—Pues sí, es realmente increíble —dijo Julia con aire pensativo.

—Nos preguntábamos —dijo Maribel, cambiando de tema— si los chicos te han contado algo sobre Emilio. Julia está preocupada.

Ana se limpió el barro de las manos con un trapo.

—No hablan mucho sobre él —contestó, lanzándole una mirada compasiva—. Y, si le pregunto algo a Acorán sobre él, me responde con evasivas. ¿Es posible que se hayan peleado? Por desgracia, es algo típico a su edad.

—El sábado es el cumpleaños de Emil.

A Julia le entristecía mucho que su ahijado hubiera perdido, como parecía, a su mejor amigo.

Había sido duro para él llegar a la escuela en primavera sin saber ni una palabra de español.

Solo después de hacerse amigo del Rostro, que era como se hacía llamar Acorán, había conseguido adaptarse.

En compañía de este y de su hermano mayor, Yeray, había aprendido el idioma en un abrir y cerrar de ojos.

Que en esos momentos los chicos se estuvieran distanciando a Julia no le pareció una buena señal.

—Habíamos planeado una fiesta, pero Acorán me ha dicho que ya podemos olvidarnos de ello.

—¿Por qué?

Ana se encogió de hombros.

—No le des más vueltas de lo necesario —le aconsejó—. Cumplirá trece años. Pronto dejará de ser un niño y seguirá su propio camino. Deberíamos alegrarnos de que su padre por fin se haga cargo de él.

Julia guardó silencio. Por un lado, Ana sin duda tenía razón. Por otro, ella era su tía y había habido momentos en los que había sido más que eso. Al menos quería hacer las paces con él y quedar convencida de que realmente las cosas le iban bien.

El día previo al cumpleaños de Emil, un viernes, Julia lo esperó después de clase frente a la escuela.

Sabía que se arriesgaba a toparse con Jens, pero pensó que eso también podía tener un lado positivo porque entonces podría aprovechar para intentar hablar con su hermano.

Quizá tuviera suerte y lo sorprendiera en un momento especialmente sensato.

Sin embargo, por mucho que miró a su alrededor, no lo vio por ningún lado.

Sonó el timbre y los niños salieron en tropel de la escuela como si los hubieran tenido encarcelados y por fin los hubieran dejado en libertad.

Julia no distinguió a Emil entre la multitud y, cuando ya quedaban pocos chicos por salir, empezó a temer no haberlo visto pasar.

De repente lo encontró. No lo acompañaba ninguno de sus compañeros habituales.

Parvati, la hija de Devi y Sam, era la única que seguía intentando hablar con él.

—Déjame en paz —le espetó Emil, y la chica de largas trenzas rubias se quedó atrás desanimada.

A Julia Parvati le caía bien. A menudo ayudaba a su sobrino con los deberes y este no se lo agradecía lo suficiente. Sospechaba que la chica se había enamorado perdidamente de él, lo que probablemente solo complicaba más las cosas.

—Hola, Emil —dijo, interponiéndose en su camino—. ¿Cómo estás?

Él se la quedó mirando sorprendido. Julia pudo leerle el rostro como si de un libro abierto se tratara, y es que, al fin y al cabo, lo conocía desde que había llegado al mundo.

Primero los ojos le brillaron de alegría, pero luego la expresión se le ensombreció de nuevo, como si alguien le hubiera recordado que últimamente no había querido saber nada de ella.

—Bien —respondió con frialdad—. ¿Puedo marcharme ya?

—¿Todavía estás enfadado conmigo?

—No —contestó—. ¿Qué te hace pensar eso?

—Entonces hablemos —propuso Julia.

—No sé de qué podríamos hablar —replicó Emil en tono insolente.

Julia no comprendía nada.

—Oye, tú —le espetó—, a mí no me hables así, como si no nos conociéramos. Mañana es tu cumpleaños y tengo un regalo para ti —dijo, levantando la bolsa—. Pero por encima de todo me gustaría reconciliarme contigo.

—Si no estoy enfadado —dijo él con indiferencia, dejando la mirada perdida por detrás de ella.

—Entonces, ¿por qué no me coges el teléfono cuando te llamo?

Emil se encogió de hombros.

—¿Tal vez porque no me apetece hablar contigo?

—¿Y qué me dices de mí? —preguntó Julia—. ¿Te da igual que esté preocupada?

El chico soltó un resoplido desdeñoso.

—No tienes de qué preocuparte —le explicó—. Me las arreglo bien solo —sentenció, cargándose de nuevo la mochila al hombro y haciendo ademán de pasar junto a su tía.

—O sea, ¿que tampoco quieres el regalo? Muy bien, pues se lo daré al Rostro.

Julia vio cómo titubeaba. La posibilidad de que un regalo que pudiese gustarle acabara en manos de su amigo le causó un cierto efecto. Le había comprado unas aletas de natación y unas buenas gafas de buceo. Sabía lo mucho que había deseado tenerlas y esperaba que todavía le hicieran ilusión.

—¿Qué quieres saber de mí? —le preguntó Emil.

—Vamos a tomar un helado —propuso Julia—. ¿O vendrá a buscarte tu padre?

El chico negó con la cabeza.

—Se ha marchado a Tenerife, tenía cosas que hacer allí. Volverá esta noche.

—Bueno —dijo Julia—. Eso significa que tienes tiempo, ¿no?

Ya había invitado a Emil a esa heladería en muchas ocasiones.

Tenían su sabor preferido, chocolate con nueces enteras, y, mientras buscaban una mesa libre y pedían las copas de helado, a Julia le dolió constatar lo mucho que había cambiado el chico.

«Es normal —se dijo para intentar consolarse—.

Está creciendo, entrando en la pubertad.

Tiene que separarse de mí». Aun así, le entristecía ver cómo se comportaba con ella.

—¿Qué tienes previsto hacer el día de tu cumpleaños? —le preguntó.

Emil puso una cara misteriosa.

—Papá me ha prometido una sorpresa —dijo—. Se ha tomado el día libre, de hecho.