13. Helado y pubertad
HELADO Y PUBERTAD
Álvaro no puso pegas a que Tanja se quedara con ellos.
—Hay sitio de sobra aquí. Cuando en su momento tuvimos que salir de la finca de la noche a la mañana porque mi padre la había perdido en una apuesta con Marcos, también nos alegramos de tener donde caernos muertos —se limitó a decir, y con eso dio el tema por zanjado.
Tanja se sintió muy aliviada cuando Julia se lo comunicó y finalmente accedió, aunque a regañadientes, a intentar hacer las paces con Emil.
—Es que no se me dan bien los niños —dijo con tristeza—. Y él siempre ha sido muy impertinente conmigo.
—Tampoco puedes culparlo por ello, digamos que no empezasteis con buen pie —respondió Julia.
—Entonces, ¿qué puedo hacer al respecto?
—Imagínate que tu padre hubiera empezado una relación con otra mujer. Y luego tu madre se muere y te meten en un internado para que tu padre pueda comenzar en La Palma una nueva vida en la que no eres bienvenido. ¿Qué te parecería eso?
Tanja tragó saliva y se quedó mirando por la ventana. Por lo visto, empezaba a darse cuenta de todo lo que había tenido que sufrir el chico.
—¿Y cómo te imaginas que podría hacerlo? —preguntó—. ¿Lo espero al salir de la escuela y le digo: «Eh, hola, siento lo que hice»?
—Ya se te ocurrirá algo —replicó Julia—. Tendrás que descubrir tú misma cuál es la mejor manera de pedirle perdón.
—¿Qué pasa con el resto de las habitaciones vacías? —preguntó Amelie al día siguiente durante el desayuno—. ¿No podríamos arreglarlas y ocuparlas también? A mí no me importaría disponer de otra si fuera posible. Y el cuarto de Tanja es realmente pequeño.
La joven le lanzó una mirada de agradecimiento.
—Tienes razón —dijo Julia—. Yo también me lo he planteado.
Entre la habitación de Emil y la de Amelie, había dos dormitorios más, aunque los cristales de las ventanas habían quedado empañados con el tiempo, probablemente debido al alto contenido de sal del aire.
Julia todavía no había tenido tiempo de encargar que los sustituyeran, pero, cuando Amelie mencionó que le gustaría cambiar su cuarto por uno de esos dos, aprovechó la ocasión para resolverlo.
De ese modo Tanja podría mudarse a la bonita habitación esquinera que daba al patio por uno de los lados, mientras que el minúsculo cuarto en el que se había alojado hasta entonces podría utilizarlo como despacho.
Aun así, todavía le quedaban más estancias libres en las que podía alojar a algún cliente si fuera necesario, como por ejemplo su amiga Claire, puesto que esperaba que en algún momento volviera a visitarla.
Devi y Sam ayudaron pintando los cuartos y equipándolos con muebles de segunda mano que Tanja encontró en un mercadillo.
En cuestión de dos semanas, aquellas destartaladas estancias que solo habían servido de trastero quedaron convertidas en encantadoras habitaciones, y esos días de ajetreo incluso sirvieron para que Amelie y Tanja empezaran a hacerse amigas.
Todo estaba listo el día que llegaron el ordenador y la impresora para Tanja. Esta procedió a desempaquetar los aparatos con entusiasmo y los instaló en su nuevo despacho.
—¿Sabrás ponerlo en marcha tú sola? —le preguntó Julia, y comprobó con asombro la facilidad con la que la joven conectó el portátil, la pantalla y la impresora.
—Creo que sí —replicó, hojeando el manual del equipo—. No es nada del otro mundo.
Julia decidió volver a la cocina y centrarse en lo que mejor sabía hacer, es decir, cocinar.
Esa noche tenían un grupo y Amelie serviría por primera vez su última creación en materia de postres: una variedad de sorbetes de flores a partir de pétalos de rosa, hierbaluisa y violetas.
Le había costado un poco conseguir que los sabores quedaran tal como los había imaginado, pero por fin estaba satisfecha con el resultado.
En el fondo lamentaba no haber tenido preparada una delicia como aquella para sorprender a Nevady, el crítico gastronómico, cuando había acudido a su restaurante.
—Fenomenal —exclamó Amelie tras probar una cucharada del helado que estaba preparando.
Los sorbetes de color pastel contrastaban de un modo fantástico con los platos de cerámica negra que había elaborado Ana en su taller.
Adornados con hojas de menta e inflorescencias rojas de amaranto, también conocidas como «moco de pavo», parecían una verdadera obra de arte.
—Listo, ya pueden salir —dijo Julia cuando acabó el último, contemplando con satisfacción la seguridad con la que Amelie cogía los seis platos de una vez y salía de la cocina cargada con ellos. Otro largo día de trabajo que llegaba a su fin. Consultó el reloj. Eran poco más de las once.
Más tarde, esa misma noche, Julia se puso a hojear la agenda del restaurante para ver hasta cuándo tenían reservas.
Su mirada se posó en el sábado siguiente, el 8 de octubre.
De repente se dio cuenta de que era el cumpleaños de Emil.
«Justamente tenía que caer en sábado», pensó.
Y, al ver que nadie había reservado todavía, decidió que no abriría.
No podía pasar el cumpleaños de su ahijado encerrada en la cocina desde el mediodía hasta tarde por la noche por mucho que no supiera aún si Emil se habría tranquilizado para entonces.
Hacía demasiado tiempo que no compartían un poco de tiempo con calma.
A la mañana siguiente lo llamó antes de que empezaran las clases, pero no consiguió hablar con él.
Lo intentó varias veces y también al día siguiente hasta que se dio cuenta de que si no contestaba era porque no quería, algo que era típico de su padre.
Asimismo, Emil ignoró los mensajes que le dejó en el buzón de voz pidiéndole que le devolviera la llamada.
Al final, puesto que tenía el día libre, Julia decidió aprovechar el lunes previo a su cumpleaños para acudir a la Finca del Casco a preguntar qué sabían de él.
—Nosotros también llevamos bastante tiempo sin ver a Emilio —le dijo Maribel. Estaba pegando etiquetas en sus tarros de miel y Julia se había ofrecido a ayudarla.
—Entonces, ¿realmente vuelve a vivir en casa de mi hermano? —preguntó, y es que había tenido la esperanza de encontrar a Emil con sus amigos.
—Eso parece —replicó Maribel, metiendo los tarros etiquetados en una caja de cartón—. El Alemán lo recoge cada día en la escuela, al menos eso es lo que me cuentan los chicos —explicó, lanzándole una mirada—. Eso es bueno, ¿no?
—Sí, claro —respondió Julia de forma automática—.
Es justo lo que siempre he querido —aseguró, aunque, de todos modos, parecía decepcionada—.
Es solo que esperaba... —empezó a decir, pero se quedó callada.
¿Qué esperaba, después de todo? ¿Que Emil se acordara de lo mucho que se había preocupado por él durante los últimos meses?
¿No era egoísta por su parte?—. El sábado es su cumpleaños —añadió al fin.
—Sí, queríamos celebrarlo por todo lo alto aquí, en la finca —dijo Maribel mientras sacaba más etiquetas de un cajón—. Ya lo habíamos planeado todo. Pero, al parecer, no podrá ser. Oye, ¿has visto las últimas cerámicas de Ana?
—No —respondió Julia sorprendida. A esas alturas ya conocía a su amiga lo suficiente para comprender que quería cambiar de tema.
—Deberías verlas —opinó Maribel—. A mí me han parecido simplemente sensacionales.
—¿Cómo está Fayna? —dijo Julia, sintiéndose culpable de no haber preguntado antes por la joven.
—Bien —respondió Maribel—. Pero no sabes cómo se aburre.
Ayer su marido pasó a recogerla, se ha tomado unos días de vacaciones para estar con ella —explicó con un suspiro—.
Aquí se le caía la casa encima. Vamos al taller de Ana, le haremos una visita.
A ver si Acorán y Yeray le han contado algo más sobre Emilio.
—¿Y los tarros?
—Esto puede esperar.
Salieron del pequeño edificio lateral en el que Maribel preparaba sus tarros de miel y cruzaron el huerto.
La mujer prácticamente podía abastecer a toda su familia con él, y Julia había tenido muchas ocasiones de comprobar lo deliciosos que eran los frutos que daba.
Tras el gran establo de las cabras, en medio del huerto de naranjos, Ana tenía su taller.
Allí era donde elaboraba sus preciosas cerámicas al estilo de los aborígenes canarios.
Julia había admirado algunos hallazgos prehistóricos en el museo arqueológico de la isla y había quedado impresionada por la elegancia de los recipientes prácticamente negros, decorados con líneas muy juntas, ya fueran rectas o en espiral, como si las hubieran trazado con un peine.
Ana le había contado que el color se debía a que al principio las piezas se cocían directamente en el fuego.
En la actualidad, igual que otros alfareros, ella utilizaba un horno especial que alcanzaba una temperatura más alta que la de una hoguera de leña.
Sin embargo, lo que Julia vio ese día era muy distinto de la cerámica que le había visto hacer a Ana hasta el momento.
En la estantería donde la alfarera solía colocar sus últimos productos había una serie de cuencos chatos y barrigudos.
Estaban recubiertos por dentro y por los bordes con un esmalte brillante que variaba entre un naranja intenso y un ocre suave.
La parte exterior no estaba esmaltada para que se viera la cerámica negra mate, que contrastaba de un modo precioso con las demás zonas.
—Son maravillosos —dijo Julia—. ¿Qué tipo de esmalte es este?
—Estoy probando con diferentes clases de cenizas vegetales —le explicó Ana después de saludarla afectuosamente.
—¿Cenizas? —preguntó Julia sorprendida—. ¿Para los esmaltes?
—Sí, son ideales para conseguir efectos inesperados —le contó Ana—. Contienen muchos minerales con los que ya se experimentaba en la antigua China. A los recipientes de esmalte naranja les he añadido óxido de cobre. Han quedado bonitos, ¿no te parece?
—Bonitos no es la palabra adecuada para describirlos —dijo Julia, riendo—. Yo más bien diría que te han quedado maravillosos.