Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 12. Maravillas submarinas #3
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12. Maravillas submarinas #3

Tanja tenía toda la razón. Ella tampoco podría contar con sus padres si las cosas le fueran mal.

Ni con su hermano. Pero tenía amigas. Amelie, por ejemplo.

Y sobre todo Claire, que vivía con su familia en el lago de Constanza y, como abogada, la había ayudado cuando su último jefe la había echado a la calle de la noche a la mañana.

Al parecer, Tanja había confiado demasiado en Jens y solo en Jens.

—Bueno, pues, si realmente quieres quedarte aquí —dijo al fin, ignorando las miradas de advertencia que le lanzaba Amelie—, habrá que cambiar algunas cosas.

Tenemos que encontrar algo para ti, a largo plazo no puedo permitirme mantenerte.

Eso significa que debes estar dispuesta a contribuir de algún modo a nuestra comunidad. ¿Tienes algún tipo de formación?

Tanja se sentó a la mesa con aire miserable y negó con la cabeza.

—¿Tienes al menos el título de secundaria?

—Dejé el instituto poco antes de la selectividad —dijo la joven.

—Bueno, eso significa que al menos te sacaste el título de secundaria, ¿no?

Tanja asintió.

—Podrías aprender un oficio. ¿A qué te has dedicado estos últimos años?

—Antes vendía bisutería —explicó la chica—. Por la calle, en los mercados. Luego estuve ayudando a Jens llevándole las cuentas, diseñando folletos, mandándolos a imprimir y...

—¿Sabes hacer esa clase de cosas? —la interrumpió Julia.

—También diseñé el logotipo que utiliza por todas partes —explicó Tanja con amargura—.

Y nunca me pagó por ello. Me decía que, al fin y al cabo, estábamos juntos y que entre la gente que se ama el dinero no se reparte.

Pero la casa es suya, por supuesto, el coche también, y de su empresa ni hablemos.

Y ahora no quiere saber nada sobre el hecho de que haya trabajado para él tanto tiempo sin cobrar nada.

—¿Nunca llegó a pagarte un sueldo? —preguntó Amelie.

Tanja negó con la cabeza.

—Fui tan tonta... —exclamó con un gemido—. Estaba tan enamorada que, si alguien decía algo malo sobre él, yo le callaba la boca. Me peleé con todos los que tenían problemas con él. Y ni siquiera me di cuenta de que me estaba quedando sin amistades.

—¿De verdad hacías tú los folletos de Jens? —preguntó Julia—. Quiero decir, ¿sin la ayuda de nadie?

—Claro. Si todo fue idea mía. Al final mandaba el archivo a un servicio de impresión rápida y...

—Pues podrías ganar dinero con eso —propuso Amelie.

—No tengo ordenador —objetó Tanja—. El mío me lo regaló Jens y ahora dice que es suyo.

Julia se puso a pensar. Conocía los folletos de su hermano. Eran realmente buenos, parecían diseñados por un profesional.

—A mí también me convendría tener material publicitario —dijo—. Empezando por la carta del restaurante y hasta un folleto de alta calidad. Tarjetas de visita. Y, de hecho, el Mesón Flor de Sal ni siquiera tiene logotipo todavía —dijo, mirando a Tanja con aire pensativo—. ¿Te atreverías con ello?

—Por supuesto —respondió la joven esperanzada—. Podría hacer unos cuantos bocetos y luego hablamos sobre lo que te gustaría cambiar y... —dijo, perdiendo la sonrisa una vez más—. Pero, como ya he dicho, para eso necesito un ordenador.

—¿De qué tipo tendría que ser? —preguntó Julia, calculando si valdría la pena invertir en uno.

Y, mientras Tanja le explicaba con entusiasmo que no sería nada caro y con qué programas de diseño gráfico había trabajado, empezó a urdir un plan. Porque con unos cuantos folletos no bastaría.

—Tampoco tengo página web —constató con aire reflexivo—. Y, por lo que me ha contado Emil, hoy en día no se puede sobrevivir sin estar presente en internet o en las redes sociales. ¿Eso también sabrías hacerlo?

Al oírlo, a Tanja se le iluminaron los ojos.

—Pues claro. Me encargaba de todo eso para Jens.

Mirad, os lo enseñaré. —Sacó rápidamente su móvil y entró en la página web de «Jens Brunner, el profesional del outdoor »—.

Me gustaría saber quién se ocupa de eso ahora —murmuró mientras tecleaba en su dispositivo—.

Lo sabía —dijo con una sonrisa—. No tiene publicaciones nuevas desde hace dos semanas —constató, mostrándole a Julia la presencia en internet de Jens en diferentes portales.

—¿Te gustaría encargarte de eso para mí? —preguntó ella—. Quiero decir si tuvieras el equipo informático que necesitas.

—Por supuesto —exclamó Tanja loca de alegría—. Con mucho gusto.

—Pero nosotras no lo haremos como lo hizo mi hermano —objetó Julia con la frente fruncida—. Firmaremos un... un contrato por proyecto.

—Ay, no es necesario —dijo Tanja con entusiasmo—. Al fin y al cabo, vivo en tu casa y...

—Eso es justo lo que nos interesa separar —la interrumpió Julia con determinación—.

Para que más adelante nadie pueda decir que me he aprovechado de ti como hizo mi hermano.

Te pagaré por tu trabajo y, a cambio, tú te harás cargo del alquiler y de tu manutención.

Pero, si quieres vivir aquí con nosotros, primero tendré que hablarlo con Álvaro —precisó, y empezó a mordisquearse el labio inferior con aire pensativo—.

Y tendré que ponerte también otra condición: quiero que le pidas perdón a Emil por cómo te portaste con él.

—¿Que le pida perdón? —preguntó Tanja.

—Sí, exacto —dijo Julia, notando cómo de repente no le costaba ser severa con ella—. Lo hiciste muy infeliz. Además, me reprocha que te haya acogido. Quiero que todo esto se solucione. Y, para que eso ocurra, tienes que reconciliarte con el chico. De lo contrario, no podrás quedarte aquí.

Tanja soltó una exclamación ahogada y se puso en pie indignada.

—Como ya te he dicho —prosiguió Julia implacable—, será mejor que te lo pienses con calma.