Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 12. Maravillas submarinas #2
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12. Maravillas submarinas #2

Poco después una anciana encorvada salió de uno de los edificios. Como muchas mujeres de esos ambientes rurales, iba vestida completamente de negro y llevaba la cabeza tapada con un pañuelo blanco.

—Me llamo Gara —dijo, mirando a Julia con fijeza—. ¿Tú eres la alemana que ha reabierto el Flor de Sal?

—Sí, soy yo —respondió ella.

—Mis flores también se pueden comer —explicó Gara. Tomó la delantera para mostrarle otra parte del jardín, bordeada por un matorral de lavanda silvestre.

Estrechos senderos dividían la zona en muchos rectángulos distintos en los que crecían variedades diferentes.

Julia estaba más que familiarizada con las flores comestibles.

Conocía sobre todo las margaritas, las violetas y las capuchinas, caracterizadas por su sabor picante.

Los pétalos de rosa también eran un ingrediente apreciado en la alta cocina.

—Aquí tienes diferentes tipos de geranios —le explicó Gara, señalando las flores de color rosa pálido con el centro rojo oscuro—.

El Randy, por ejemplo. Pasa los dedos por las hojas.

Desprende un intenso aroma a limón, ¿verdad?

—dijo con una risita—. Este de aquí huele a rosas.

Y también se utiliza para cocinar —prosiguió la anciana, mirando a Julia fijamente—. ¿Entiendes de cocina?

—Diría que sí —respondió ella divertida.

—Las hojas son lo que desprende un aroma más intenso.

Pero las flores son comestibles. Si quieres utilizarlas para postres, tienes que cortarlas por aquí —explicó Gara, cogiendo una y separándola del tallo.

A continuación, le mostró a Julia una prolongación blanda en la parte inferior de los pétalos que procedió a eliminar clavando la uña—.

¿Lo ves? —dijo, tendiéndole la flor—. Pruébala.

No tuvo que decírselo dos veces.

—Muy delicada —dijo Julia.

—Si la probaras con la parte blanca, te parecería amarga —explicó Gara antes de pasar al siguiente bancal. Allí crecían unas plantas vivaces de grandes hojas que recordaban vagamente a las del tabaco. Sus flores eran campanillas de color rojo violáceo.

—Estas las conozco —exclamó Julia—. En Alemania las llamamos beinwell .

—Aquí se las llama «consuelda rusa» —dijo Gara—. ¿Conoces también sus propiedades curativas? Las hojas son buenas para el dolor de piernas y ayudan a sanar las fracturas óseas. Las hojas son una delicia.

Y así siguieron a lo largo de todo el jardín. Las estrellas azules de la borraja florecían en uno de los parterres y en otro, a la sombra de unos exuberantes matorrales de hibisco, había delicadas violetas cornudas.

—No sabía que las margaritas también se pudieran comer —dijo Julia con asombro cuando Gara la guio hasta el rincón más alejado.

—Sí, por supuesto —respondió la jardinera—.

Antes se utilizaban en medicina. Ayudan a sanar los abscesos y los cortes, y tienen un efecto calmante y antiespasmódico.

Pero la más valiosa de mis hierbas es la milenrama.

No sabría enumerar la cantidad de cosas para las que sirve.

Mi madre siempre decía que iba bien para todo lo que pueda sufrir una mujer.

Además, las flores son muy buenas; tienen un aroma afrutado.

Julia contempló pensativa las umbelas blancas, que recordaban vagamente a las paniculatas.

Cuántas veces había visto esa planta en los prados de verano de su Alemania natal y no le había prestado atención.

Se dio la vuelta y echó un vistazo a los distintos parterres.

Había flores blancas, azules, rojas, rosadas, violetas.

¿Por qué no se le había ocurrido antes utilizar flores comestibles en la cocina?

—Hay muchas más —prosiguió Gara—. Las amarillas de los calabacines. O estas de aquí, las damasquinas. Mira, allí tengo mi jardín de hierbas; todas estas flores las meto en las ensaladas.

—Entonces, ¿también puede proveerme de hierbas y flores?

En el rostro arrugado de Gara apareció una sonrisa.

—Solo si me tuteas —respondió, y empezó a formar un gran ramo con diferentes variedades de albahaca, salvia, perifollo y perejil de hoja plana.

Entre ellas añadió alguna consuelda, margaritas, borraja y milenrama—.

Toma —dijo, tendiendo el aromático ramo hacia Julia, que tuvo que cogerlo con las dos manos debido a lo grueso que era—.

Considéralo mi regalo de bienvenida. ¡Por una buena colaboración!

—¿Me prepararás algo así cada semana?

—Según la temporada, lo más bonito y fresco que te pueda ofrecer mi jardín.

Julia se llevó también una caja entera de geranios. Su intenso aroma a rosas le había dado una idea que quería probar nada más llegar a casa.

Estaba ocupada preparando un extracto con una montaña de pelargonio cuando Amelie irrumpió en la finca como un torbellino.

—Ay, no te imaginas lo horrible que ha sido mi experiencia en Grenoble —exclamó después de saludarla con efusividad—. Esta isla debe de tener algún tipo de magia. Una vez que has estado aquí, es difícil sentirse bien en otro lugar.

—Me alegro de que hayas regresado —le dijo Julia de todo corazón—. Te aseguro que no contaba con volver a verte tan pronto.

—En realidad, yo ya me lo imaginaba incluso antes de partir —reconoció Amelie—. Quiero decir que en el fondo una vocecita me decía que tenía que quedarme aquí. Pero el sentido común...

—Hiciste bien probándolo —respondió Julia emocionada—. De lo contrario, habrías seguido pensando siempre en la oportunidad que habías dejado pasar. Pero ven, siéntate y cuéntame. ¿Tan mal te ha ido?

Mientras ella metía las hojas aromáticas en una olla y las cubría con agua hirviendo, Amelie procedió a relatarle su experiencia con Alain y su esposa.

Bastaron unas pocas frases para que Julia comprendiera por qué su amiga no había querido quedarse allí.

Soltó un suspiro. Por desgracia, a largo plazo, los mejores locales, aun gozando de todas las condiciones necesarias, fracasaban por la incapacidad de la dirección de tratar al personal de un modo decente.

—Si alguna vez corro el riesgo de comportarme de esa forma tan insoportable —le pidió a Amelie al fin—, por favor, dímelo enseguida.

—A ti te ocurre más bien todo lo contrario —objetó su amiga, riendo—. Tu problema es que eres demasiado bondadosa. —Aguzó el oído mirando hacia el techo—. ¿Todavía sigue allí? —preguntó con aire conspirador.

—Si te refieres a Tanja, entonces la respuesta es que sí —contestó Julia con un profundo suspiro—. De hecho, Emil se ha enfadado conmigo por eso —añadió, intentando en vano que el comentario sonara despreocupado.

—¿De verdad?

—Y por algún motivo no se lo puedo reprochar —respondió Julia con pesar—. Se portó muy mal con él. Además, eso solo ha servido para que se acerque más a su padre, lo que en el fondo no está mal, ¿verdad?

Amelie guardó silencio. Perdida en sus cavilaciones, cogió una almendra del cuenco que había sobre la mesa.

—Cree que, ahora que Tanja ya no está con Jens, todo irá bien con su padre —opinó Julia.

—Mmmm —murmuró Amelie—. No entiendo mucho de niños —admitió—, pero me atrevería a dudar que Jens pueda tener una influencia positiva sobre el chico.

—Pero es su padre —dijo Julia con determinación, como si por encima de todo tuviera que convencerse a sí misma.

Abatida, pensó en lo mucho que Emil le había recordado a su hermano y sus malos modales la última vez que habían hablado.

Aunque tal vez era algo normal, teniendo en cuenta que era un adolescente.

—Ya entrará en razón —dijo Amelie para intentar consolarla—. Tanja tampoco se quedará para siempre. ¿Cuánto tiempo lleva aquí ya?

Julia cubrió la olla en la que estaba preparando el caldo de flores con un paño limpio y lo dejó a un lado.

—Unos diez días, diría —respondió. Los contó mentalmente y asintió. Pronto pasarían las dos semanas que le había concedido. Aun así, no tenía la impresión de que se estuviera esforzando por cambiar las cosas—. No sé ni de qué vive —añadió.

—Bueno, de momento, de ti —replicó Amelie, riendo—. Alojamiento y comida gratis. Y encima en un restaurante de primera. Si yo fuera ella, tampoco querría mudarme.

—¿Qué haces tú aquí?

Julia y Amelie se dieron la vuelta. No habían oído entrar a Tanja.

—Amelie se queda a vivir con nosotros —respondió Julia cuando se hubo recuperado del susto—. Dirigirá el restaurante. Y, ya que hablamos de eso, ¿qué planes tienes tú?

La joven bajó la mirada. Había perdido peso, y ni siquiera el maquillaje que siempre se aplicaba con esmero podía ocultar los ojos enrojecidos y la piel pálida.

—No tengo ni idea —admitió en voz baja—.

Aunque no me creas, he buscado trabajo por todas partes.

Incluso en un supermercado. O bien no necesitan a nadie, o simplemente no me quieren a mí —dijo con lágrimas en los ojos—.

Y me gustaría ayudarte más, pero tengo la sensación de que te alegras cada vez que me aparto —explicó con la voz tomada.

Hubo de tragar saliva un par de veces para poder continuar hablando—. Y de que lo hago todo mal...

—Antes que nada, siéntate —le pidió Julia en tono conciliador. Vio cómo Amelie ponía los ojos en blanco, pero no podía evitarlo: Tanja le daba lástima—. ¿Qué me dices de tu familia? —preguntó—. ¿No tienes padres o hermanos que puedan acogerte durante un tiempo hasta que te hayas orientado de nuevo?

Tanja se dejó caer sobre una de las sillas de la cocina y se sacó un pañuelo de papel del bolsillo de los vaqueros.

—Viven en Alemania —dijo, sorbiéndose la nariz—. Y... y... no, a mi hermana no hace falta ni preguntárselo. Me peleé con ella cuando empecé con Jens y... y con mis padres también.

—No me lo puedo creer —dijo Julia—. Los padres deben apoyar a sus hijos más allá de lo que estos hayan hecho.

Tanja la miró con asombro.

—¿Tú tienes una buena relación con los tuyos? Jens me dijo que vuestra madre vive en Australia y no quiere saber nada de vosotros. Y que vuestro padre...

—Ya está bien —la interrumpió Julia avergonzada.