12. Maravillas submarinas
MARAVILLAS SUBMARINAS
—¿Has buceado alguna vez?
Era lunes por la mañana temprano, y Julia estaba pensando en su lista de la compra. Álvaro se sirvió una taza de café.
—Hace muchos años, en el Pacífico Sur —respondió ella—. ¿Por qué?
—Me preguntaba si te apetecería venir conmigo.
Julia dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Dónde?
—Abajo, en la bahía —contestó Álvaro, mirándola con expectación por encima del borde de su taza—. Por supuesto, primero podríamos hacer esnórquel —dijo al ver que titubeaba.
—Más que nada porque no tengo equipo —apuntó Julia.
—Ya encontraremos algo —respondió Álvaro—. Pero quizá te he pillado demasiado por sorpresa. ¿Qué me dices? ¿Te apuntas? Hay tubos y gafas de buceo de sobra abajo, en la caseta de la sal.
Julia se quedó mirando la lista con indecisión antes de concluir que podía dejar la compra para más tarde.
—De acuerdo —dijo, levantándose de un brinco—. ¿Qué necesito?
—El traje de baño, nada más —respondió Álvaro entusiasmado—. Y, si por mí fuera, ni eso.
Julia nunca se había dado cuenta de que se podía llegar hasta el agua pasando por unas rocas que estaban en el extremo más alejado del jardín de sal. Solo había que trepar un poco, pero en realidad era muy fácil.
—Por favor, no se lo cuentes a nadie, sobre todo a Emil y a sus amigos —dijo Álvaro, tendiéndole la mano en un punto especialmente escarpado—. Y preferiría que no bajaras nunca hasta aquí sola. Solo se puede entrar en el agua cuando el oleaje está muy tranquilo. Hoy las condiciones son ideales.
Habían llegado al último saliente rocoso que emergía del mar formando una especie de trampolín. Álvaro se quitó la mochila en la que llevaba el equipo y se pusieron las aletas.
—Lo mejor será que te quedes siempre detrás de mí —le aconsejó—.
Ten mucho cuidado, no te raspes las piernas.
Aquí, a la izquierda, hay arrecifes. ¿Los ves?
—preguntó, a lo que Julia asintió. El agua era transparente y se veían claramente las rocas submarinas—.
Justo al lado hay un cauce más profundo —prosiguió—.
Desde aquí nos moveremos hacia las rocas.
Yo me sumergiré de vez en cuando. Será mejor que tú te quedes cerca de la superficie.
—¿Qué buscamos exactamente? —preguntó Julia—. ¿Crees que aquí también habrán hundido bidones?
Álvaro se encogió de hombros.
—Espero que no —respondió—. ¿Conoces las señales manuales básicas del buceo? —le preguntó.
Julia formó un círculo con el pulgar y el índice, y extendió los otros dedos.
—Esto significa que todo va bien —dijo, y su novio asintió—. El pulgar hacia abajo, que voy a sumergirme. Hacia arriba, que subamos.
—Y la señal para dar la vuelta es así —añadió Álvaro, describiendo un círculo más grande con el índice extendido a la altura de la cabeza.
Julia asintió.
—De acuerdo.
Álvaro se sentó en el saliente rocoso y, deslizándose suavemente, entró en el agua.
Luego se volvió hacia Julia y extendió una mano hacia ella, que lo siguió con cuidado.
Humedeció los cristales de las gafas, se las puso y se colocó el tubo en la boca.
El agua estaba más fría de lo que había esperado.
O eso, o tenía el cuerpo acalorado por el bochorno de finales del verano.
Sin embargo, cuanto más se acercaba a las rocas submarinas, más cálida se volvía la corriente.
Álvaro le hizo la señal de «todo bien» y le lanzó una mirada interrogante. Ella respondió con la misma señal.
Hacía ya bastante tiempo desde que Julia había buceado con tubo por última vez, y al principio le costó un poco sumergir la cabeza. No obstante, en cuanto lo hizo, quedó maravillada.
Los rodeaban una gran cantidad de peces diminutos que, alcanzados por los rayos del sol más allá del filtro del agua, brillaban con tonos plateados.
Los flancos de las rocas no eran solo marrones o negros, también relucían en color verde y multitud de tonos rojizos.
Una espléndida anémona roja, que a pesar del nombre pertenecía al género de los llamados coralarios, dejaba que sus tentáculos danzaran con el movimiento del agua.
Entre corales multicolores, Julia descubrió una morena que la miró con unos ojos tan grandes que parecían lunas.
Buscó a Álvaro con la vista. Se había sumergido y estaba por debajo de ella, examinando el fondo rocoso.
Allí, cerca de tierra firme, el suelo todavía estaba formado por ramificaciones de la gigantesca montaña insular.
Álvaro le había explicado que unos centenares de metros más allá, entre dos y tres millas marinas mar adentro según la zona, el borde del arrecife caía abruptamente varios miles de metros.
Julia salió a la superficie de nuevo con él y los dos expulsaron el agua por los tubos.
Julia hizo la señal de «todo bien», aunque de lo que en realidad tenía ganas era de decir algo sobre lo maravilloso que le parecía el mundo submarino.
Vio que Álvaro sonreía detrás de la máscara, respondía a su señal, cogía aire y volvía a desaparecer bajo la superficie.
Julia lo siguió poco a poco, maravillada ante aquel mundo de ensueño que se revelaba frente a sus ojos.
Un pulpo salió de una cueva, aunque su cuerpo moteado de color gris violáceo prácticamente se confundía con su escondite.
Las arañas de mar trepaban indolentes por una roca que se elevaba del suelo como si fuera una mesa y en cuya base, que parecía una columna, crecían unas plantas fluorescentes.
Otras rocas formaban una especie de puerta submarina por la que pasó flotando una escórpora roja.
Julia no sabía adónde mirar, las agrestes paredes rocosas estaban repletas de vida por todas partes. Un banco de peces delgados y de un verde claro brillante, todos con una franja vertical de color rojo y turquesa, se elevó desde un arrecife. Pocas veces en la vida había visto algo tan mágico.
Al final los arrecifes laterales quedaron atrás y dieron paso a una zona que a Julia le recordó a un parque submarino.
En el fondo rocoso, que allí era mucho más profundo, se alzaban columnas de basalto de formas extrañas que le parecieron monumentos creados por artistas.
Con cautela, rodeó una de ellas, que terminaba a pocos centímetros de la superficie del agua, y descubrió algunas estrellas de mar que destacaban entre una colonia de mejillones.
Álvaro se había adelantado mucho y en esos momentos regresaba hacia ella.
Le hizo la señal de «volver» y Julia se la confirmó.
Fue como si hubiera emprendido un viaje a un universo desconocido y hubiese perdido cualquier noción del tiempo.
Se dio cuenta de que el frío se había apoderado de su cuerpo, por lo que siguió de buen grado a Álvaro mientras este la guiaba por el laberinto de rocas submarinas hasta el lugar seguro por el que se habían sumergido.
Ya en tierra firme, ayudó a Julia a subir al saliente rocoso.
—¿Y bien? —le preguntó nada más quitarse las gafas—. ¿Te ha gustado?
—¡Ha sido genial! —jadeó Julia, y es que la excursión había resultado ser más exigente de lo que había creído—. Simplemente maravilloso —insistió, volviendo la mirada hacia la superficie del mar, donde nada indicaba que debajo se ocultaba un reino mágico—. Es asombroso.
—O sea, ¿que te apetece que un día vayamos a bucear juntos?
—Tal vez no estaría de más hacer una clase de repaso antes —dijo Julia al tiempo que se escurría el agua del pelo—.
Pero sí, cuenta conmigo —confirmó mientras cogía la toalla que Álvaro acababa de sacar de la mochila, con la que empezó a secarse el pelo sin dejar de mirar hacia el mar—.
Las rocas que hay ahí detrás —dijo con aire pensativo—, ¿a qué distancia están?
—A poco menos de mil metros —respondió Álvaro.
—¿Y también son propiedad de Marcos?
—En realidad no. Aunque no me extrañaría que las considerara suyas. ¿Ves la cresta montañosa que queda sobre el acantilado, a la derecha, por detrás de ellas? —preguntó, y Julia asintió—. Esa es la Lomada Ronca.
—¿Allí es donde quieren poner la estación de buceo?
—Sí, eso dijo tu hermano —respondió Álvaro, protegiéndose los ojos con la mano, aunque los entrecerraba de todos modos mientras oteaba la costa a la luz de la mañana.
Cuando Julia siguió su mirada, descubrió un barco de pesca a los pies de la Lomada Ronca.
—Ese es Diego —dijo Álvaro—. A partir de ahora parece ser que volveremos a ver su barco con más frecuencia.
Julia también se protegió los ojos con la mano e intentó fijarse en la embarcación, lo que no fue fácil porque tenía el sol justo detrás.
—¿Has descubierto algo bajo el agua? —preguntó para distraer a Álvaro del tema—. ¿Algo que no debería estar allí?
—No —respondió él, y, aun así, no parecía del todo satisfecho—. Pero ya has visto lo escarpado que es el paisaje allí abajo. Es posible que esté bien escondido.
—¿Significa eso que tendréis que explorarlo de nuevo más a fondo? —supuso Julia.
—En cuanto Toto tenga tiempo —replicó Álvaro mientras guardaba los utensilios en su mochila—. ¿Subimos y desayunamos algo? Tengo un hambre de lobo.
Tras la excursión por el mundo submarino, Julia se sentía como si hubiese vuelto a nacer.
El movimiento del agua fría le había despertado el vitalismo, y contemplar aquel universo tan distinto había arrojado una luz nueva sobre sus preocupaciones.
Mientras se dirigía a ver al horticultor para hablar con él sobre la posibilidad de que se convirtiera en su proveedor de cebollas, patatas y puerros frescos, pensó en lo importantes que nos creemos las personas a pesar de que no somos más que una parte diminuta de un gran todo.
Y eso solo logró que la indignara todavía más saber que alguien se había dedicado a hundir bidones con veneno solo para sacar un provecho personal.
—Por cierto, también cultivamos flores —le dijo Leo, el agricultor ecológico, cuando hubieron llegado a un acuerdo—. Bueno, es mi madre quien se ocupa de ellas. ¿Te interesan?
—Sí —respondió Julia, pensando en decorar las mesas con flores frescas—. Me gustaría echarles un vistazo.