Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 11. Nubes en el horizonte #3
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11. Nubes en el horizonte #3

A pesar de lo poco que le faltaba para cumplir los trece años, se lanzó a los brazos de su madrina. Julia no sabía qué decir. Por encima del pelo rubio de su sobrino, vio cómo Tanja salía de la casa y se dirigía hacia ellos.

—Me alegro tanto de que nos hayamos librado de ella... —continuó parloteando Emil—. Quizá ahora todo vuelva a ser como antes.

—Hola, Emil —dijo Tanja con alegría—. Cuánto tiempo sin verte.

El chico se dio la vuelta como si de golpe le hubiera picado un bicho.

—¿Qué hace esta aquí? —exclamó, alternando la mirada entre Tanja y su madrina.

—Ha venido a vivir aquí temporalmente —dijo Julia con toda la calma de la que fue capaz. Tenía claro que aquel encuentro distaba mucho de ser ideal.

Pareció como si Emil se hubiera quedado sin habla.

—¿Que... vive aquí? —balbuceó al fin.

—Hasta que encuentre otro sitio, sí.

—¿Y tú... se lo permites?

—Emil, por favor...

—Tú no estás bien de la cabeza, ¿no? —exclamó el chico, mirando a su tía con incredulidad. Sus ojos azules rezumaban indignación—. ¿Después de todo lo que ha hecho? —dijo, señalando con el dedo a Tanja, quien, al parecer, no era consciente de ser culpable de nada.

Julia tragó saliva. La verdad es que le parecía comprensible que Emil estuviera furioso.

Tanja y Jens habían empezado a salir juntos cuando su madre todavía vivía.

Durante unas vacaciones en La Palma, Jens había comenzado una relación con ella, por así decirlo, ante los ojos de su esposa y de su hijo, que por aquel entonces tenía nueve años.

Pocos meses más tarde Alice había sufrido un accidente mortal.

Trabajaba como enfermera pediátrica y volvía a casa tras un turno de noche agotador cuando el coche en el que viajaba se salió de la carretera.

Poco después Jens había metido a su hijo en un internado alemán y se había mudado a La Palma con Tanja.

La relación entre padre e hijo se había deteriorado mucho desde entonces y Emil culpaba de ello a la joven por encima de todo.

—No tiene a nadie a quien acudir —intentó explicarle Julia.

—¡Me importa una mierda! —gritó su ahijado con los ojos llenos de lágrimas de rabia—.

¡Me quitó a mi padre! ¡Y me echó de casa!

—chilló. A continuación, dio media vuelta y se marchó.

Al llegar a la esquina, se volvió de nuevo hacia Julia—.

Y para que lo sepas —gritó—. No pienso regresar hasta que ella se haya marchado.

—¿Qué ocurre? —preguntaron Maribel y Paco cuando por fin llegaron al jardín seguidos por Álvaro.

—No pienso volver aquí —bramó Emil en dirección a Julia con la cara colorada—. Venga —le dijo a Paco—. Vámonos de aquí.

—Pero si acabamos de llegar —replicó el cabrero—. ¿O hemos venido en un mal momento, Julia?

—No, en absoluto —se apresuró a responder ella.

—Mi padre no quiere que venga aquí —siguió gritando Emil.

—¿Desde cuándo te interesa lo que él dice? —preguntó Paco, dejándose caer sobre un sillón de mimbre.

—He preparado un buen gazpacho —explicó Maribel, señalando la cesta que había traído. Era evidente que estaba fingiendo no haberse dado cuenta del arrebato de ira de Emil—. Y también tomates y guindillas de mi huerto. Es lo que más apetece con este calor, ¿verdad?

—¡Quiero volver a casa! —exigió Emil pateando el suelo.

Julia no lo había visto nunca comportarse de un modo tan parecido a su padre. «Dios mío —pensó—, ¡que no se vuelva tan colérico como él!».

Se le acercó y le pasó un brazo por encima del hombro, pero Emil se zafó de ella bruscamente.

—Ven conmigo —le pidió—. Hablemos.

—No hay nada que hablar —le espetó el chico—. Mientras seas amiga de Tanja, no tenemos nada que hablar —sentenció. Los hombros le temblaban, pero esa vez no era por la rabia, sino por los esfuerzos que hacía para contener las lágrimas.

—No soy amiga suya —respondió Julia con suavidad mientras se lo llevaba a su sitio favorito, el muro que había tras el edificio contiguo, para poder hablar con él sin que nadie los molestara.

Una vez allí, se sentó como la primera vez que habían explorado juntos la finca—.

Le he permitido que se quede unos días porque no tiene adónde ir.

Por cierto, ha sido ella quien ha roto con tu padre, no al revés.

—Eso es lo que ella dice —protestó Emil—. Pero papá tiene razón, todas las hembras coméis en el mismo plato.

—No somos hembras. Somos mujeres. Y si apoyo a alguien es a ti —le dejó claro Julia—. Lo sabes perfectamente. No estaría aquí si no fuera porque...

—Te has pasado al enemigo —le espetó Emil—. Quiero volver con papá.

—Sí, claro, ¡pues ya puedes coger el autobús!

—exclamó Julia también enfadada—. Si crees que Paco y Maribel son tus chóferes, te equivocas.

Aquí todos nos esforzamos para que estés bien.

Si no te gusta quién vive conmigo, entonces puedes volver con tu papá.

Como de repente resulta que es tan fantástico...

—le espetó Julia, y tuvo que morderse la lengua para no continuar.

Al fin y al cabo, la adulta era ella; debía demostrar más autocontrol.

Respiró hondo unas cuantas veces. Emil se la quedó mirando con los ojos muy abiertos y una expresión de claro reproche.

—Eh —le dijo Julia en un tono más conciliador—. Te quiero. Lo sabes perfectamente.

—Y una mierda —replicó el chico airado mientras recogía su mochila—. Ya es hora de que papá y yo volvamos a ser un equipo —sentenció, y a continuación fulminó a su madrina con la mirada, se dio la vuelta y se marchó.

—Espera —le gritó Julia.

Sin embargo, Emil no se volvió de nuevo y cruzó el arco de la puerta en dirección a la carretera.

—Déjalo —dijo Paco. Julia no comprendía cómo podía quedarse sentado en su sillón de mimbre tan tranquilo mientras Emil caminaba por la carretera completamente solo. ¿Los domingos por la tarde pasaban autobuses?—. Es muy impetuoso. Ya entrará en razón, pero primero tendrá que calmarse.

—No puedes impedirle que vuelva con el Alemán si eso es lo que quiere —dijo Maribel mientras repartía el gazpacho en los cuencos que entretanto había ido a buscar a la cocina—. Al fin y al cabo, es su padre. —Al ver la mueca de Julia, añadió—: Tendrá que descubrir él mismo qué clase de persona es.

Julia observó a Álvaro, que guardaba silencio con la mirada perdida.

De repente se dio cuenta de lo mucho que peligraba su relación con Emil.

Y no solo por la presencia de Tanja. Si Jens realmente estaba involucrado en el asunto de la estación de buceo, todavía discrepaba más de su hermano.

Durante mucho tiempo Julia había deseado que Jens y Emil dejaran de estar distanciados de una vez.

Y, ahora que por fin parecía que congeniaban más, había muchas cosas que se interponían entre ella y su sobrino, y temía acabar perdiéndolo.

Quizá ya lo había perdido. Y eso le dolía muchísimo.

—¿Eso que suena es tu móvil? —preguntó Maribel, y Julia reaccionó con un sobresalto—. A ver si es Emil.

Julia se levantó de un brinco y salió corriendo hacia la cocina. Cogió el teléfono de la mesa y se quedó de piedra al ver el nombre que aparecía en la pantalla: AMELIE .

La invadió una verdadera oleada de decepción. Por un momento se planteó la posibilidad de no contestar. No sabía si sería capaz de soportar el entusiasmo con el que su amiga le contaría cómo le iba el nuevo empleo en el hotel de lujo de Grenoble. Al final se armó de valor y aceptó la llamada.

—Hola —dijo—, ¿cómo estás?

—¿Has encontrado ya a alguien para el servicio? —le preguntó Amelie sin preámbulos y sin saludarla siquiera.

—No —respondió Julia sorprendida.

—Pues no busques más —escuchó decir a su amiga—. Si a ti te parece bien, el martes mismo empiezo a trabajar para ti.

Julia se quedó sin aliento. No podía ser, debía de haberlo oído mal.

—Amelie —le dijo—. No es un buen momento para gastarme bromas.

—¡No estoy bromeando!

—¿Me estás diciendo que te han echado de nuevo?

—No exactamente —oyó decir a Amelie—. Digámoslo así: no me apetece trabajar a las órdenes de la esposa de Alain.

Para decirlo de un modo suave, esta tía es estúpida —dijo, ante lo que Julia se quedó sin habla—.

Si quieres, vuelvo y me encargo del servicio del Flor de Sal —aseguró, e hizo una pausa—.

Eh, ¿aún estás ahí? ¿O quieres que te mande mi solicitud por escrito?

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Completamente.

—Pero... —empezó a decir Julia, sentándose en una silla de la cocina y mirando por la puerta abierta hacia el jardín.

De repente todo comenzó a darle vueltas y tuvo que agarrarse al borde de la mesa—.

No puedo pagarte el sueldo que tú te mereces —le dijo en voz baja—.

Y el Flor de Sal está por debajo de tus posibilidades.

—¿Sabes una cosa? —dijo Amelie desde el pequeño aparato que su amiga tenía en la mano—.

Me da igual. ¿De qué me sirve el dinero que podría ganar aquí?

Me enfadaría a diario, ni te imaginas el mal ambiente que reina en este hotel.

Al menos una cuarta parte del personal está al borde de un ataque de nervios.

No estoy nada a gusto. En cambio, en La Palma sí —explicó, y Julia de repente oyó esa leve risita que tanto había echado de menos—.

Si quieres que te diga la verdad, no creía que tuviera que convencerte para que me contrataras.

—Ya me has convencido —replicó Julia—. Si lo dices en serio, pues... pues... —Soltó un sonoro suspiro—. No sabes lo feliz que me haces. ¿Cuándo vendrás?

—Bueno, creo que el martes vuelves a abrir, ¿no?

—¿Y llegarás?

—Acabo de reservar la última plaza del avión que sale mañana. ¿Qué te parece? Espero que mi habitación siga libre.

—Libre y reluciente gracias a Devi —respondió Julia loca de alegría.

—¡Perfecto! ¡Hasta mañana!

—¡Hasta mañana, mi huevo sorpresa! —contestó Julia, aunque Amelie ya había colgado.