11. Nubes en el horizonte #2
—Es una lástima que te marches —intervino Álvaro—. Creo que encajas bien en la isla. Te echaremos de menos.
—Sobre todo yo —añadió Julia, abrazando a su amiga.
—A mí también me ha encantado este lugar —replicó Amelie con la voz cargada de nostalgia—. Oye —le dijo a Julia mientras las dos llevaban las copas y los cuencos a la cocina—. ¿Ya has encontrado a alguien que te ayude con el servicio?
—No —respondió ella con un suspiro al ver que aquel tema desagradable salía a relucir a pesar de sus esfuerzos—.
Todas las compañeras de Fayna están contratadas —explicó—.
Esta tarde he llamado a la gente que conozco: Devi, Carmen, las mujeres de la cooperativa de galletas, incluso Isora.
Por no hablar ya de la oficina de empleo.
Todos me han prometido que estarán atentos por si aparece alguna persona interesada en el puesto. Seguro que pronto encontraré a alguien.
—¿Y mañana? ¿Te las arreglarás?
Julia se obligó a sonreír y se encogió de hombros.
—De un modo u otro —respondió—. Por lo que parece, tendré que servir los platos yo misma.
—¡Eso no puede ser! —exclamó Amelie indignada.
—¿Por qué no? —dijo Julia para intentar calmarla—. Conozco unos cuantos locales por aquí en los que el dueño sirve a los comensales personalmente.
—Pero no son restaurantes tan elegantes como el Flor de Sal —objetó Amelie—. Y seguro que no tienen tantas mesas. Dios, es muy miserable por mi parte abandonarte de esta forma, ¿verdad? —preguntó convertida de repente en el sentimiento de culpa en persona.
—Te están esperando en Grenoble —respondió Julia con determinación—. No puedes dejar pasar una oportunidad como esta por un pequeño restaurante de una isla. Es justo el reto que necesitas. Aquí tampoco es que se acabe el mundo.
No obstante, Amelie parecía abatida cuando se desearon buenas noches.
Su partida al día siguiente fue turbulenta.
Mientras hacía las maletas, Amelie se guardó por error la crema hidratante de Tanja en el neceser y, cuando ya lo había metido todo en el maletero del coche, la joven llegó corriendo furiosa, exigiendo a gritos que le devolviera lo que era suyo.
A punto estuvieron de pelearse bajo el drago, pero, por suerte, Julia consiguió aplacar los ánimos.
Ante la mirada de Amo, abrieron de nuevo la maleta en el patio y poco después Tanja volvió a entrar en la casa con aire triunfal y el bote en la mano.
—Deberías echar a esa bestia —le aconsejó Amelie a Julia—. No te traerá más que disgustos.
—Es posible que tengas razón —respondió ella con un suspiro—. Aunque en este caso has sido tú quien le ha robado la crema. ¡Admite que lo has hecho a propósito! —bromeó, y se rieron antes de abrazarse una última vez.
—Te echaré de menos —le susurró su amiga al oído.
—No tanto como yo a ti —contestó Julia.
Amelie se marchó y Julia se quedó un buen rato bajo el arco de la puerta despidiendo con la mano el coche, que iba levantando una nube de polvo cada vez más pequeña hasta que por fin se incorporó a la carretera y desapareció de la vista.
Después dio media vuelta y llamó de nuevo a la oficina de empleo.
Nada. Al final, solo le quedaba probar suerte con Serena.
—Trabajé de camarera cuando estudiaba —le dijo—.
De acuerdo, hoy y mañana puedo echarte una mano.
Pero luego tendré que volver al mercado —aclaró, y es que atendía tres días a la semana un puesto de guarapo, un zumo preparado con caña de azúcar triturada que vendía directamente a los visitantes.
Allí era donde Julia había conocido a aquella chica tan estupenda.
—¡Eres un ángel! —exclamó.
—Espero que no se me caiga ninguno de los platos de Belén —respondió Serena titubeante—. Es capaz de matarme de una paliza con su bastón.
—Eso sería una lástima —bromeó Julia, riendo—. Los platos tienen más de treinta años y no puedo comprar más. Pero no se te caerá ninguno. Estoy segura de ello.
Ese mediodía tuvieron pocos clientes y Julia se alegró de que así fuera.
Serena aportó mucho dinamismo y rebosaba buen humor, pero, cuando de repente Tanja entró en la cocina, faltó poco para que se le cayera la bandeja al suelo.
Julia tuvo que recurrir a todas sus dotes de persuasión para evitar que su camarera se quitara el delantal y se largara sin más.
—De verdad, Julia —le advirtió—. No deberías tratar con esta clase de gente. No es bueno para ti, ya lo verás.
—Ha roto con mi hermano —repitió ella armada de paciencia—. ¿No te parece que las mujeres tenemos que apoyarnos entre nosotras?
—¿Por qué crees que estoy aquí si no? —replicó Serena, fulminándola con sus preciosos ojos negros—. Porque las mujeres tenemos que apoyarnos mutuamente. Pero, aun así, todo tiene un límite —sentenció. Cogió la bandeja con ímpetu, arrancándole un tintineo, y dio media vuelta.
—¿Qué le pasa a esa? —preguntó Tanja, apoyada con indiferencia en la mesa de la cocina mientras picaba unas aceitunas especiales que Julia había preparado para decorar sus platos—. Nunca he podido soportarla.
—Fuera de mi cocina —exclamó Julia enojada—. ¿Qué te parece si te buscas otro alojamiento? Pronto habrán pasado «unos días». ¡Y te juro que entonces saldrás de aquí corriendo!
Lamentó la dureza de sus palabras cuando vio el efecto que tuvieron en Tanja. A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas y de repente volvió a verla como a una niña abandonada.
Cuando poco después Tanja salió de la finca, Julia respiró aliviada.
—En el fondo no es mala persona —dijo Paola mientras metía en el horno de vapor las brochetas de patata que ya se habían convertido en su marca personal—. Simplemente no la han educado bien. Unas cuantas semanas con nosotros y...
—No sé si lo soportaré —la interrumpió Julia, y la mujer le lanzó una mirada divertida—. Mi restaurante no es un correccional.
—Si hubieras criado a tres hijas como yo —replicó Paola—, estarías acostumbrada a algo muy diferente.
—¿Crees que quizá debería quedarse a vivir en tu casa? —preguntó Julia esperanzada.
—Ya estamos muy apretados —objetó Paola, negando con la cabeza—. En cambio, aquí hay sitio de sobra.
—Pues hazme el favor de ocuparte de ella cuando esté aquí en la cocina —propuso Julia—. Al menos mientras siga con nosotras —añadió, y se concentró en preparar los dos platos de conejo en salsa de limón que tenían que servirse, intentando dejar de pensar en cualquier otra cosa.
Serena mantuvo su palabra y también le echó una mano el miércoles.
El jueves la oficina de empleo le mandó a una joven que, al parecer, había completado una formación como camarera en Gran Canaria, pero se mostró tan torpe durante toda la mañana que Julia le dijo que se fuera a casa tras el turno de mediodía y llamó a Devi, quien acudió enseguida para ayudarla.
El viernes la oficina de empleo le envió a un joven que claramente no había cogido una bandeja en la vida y que confesó abiertamente que su única experiencia en hostelería había sido un trabajo temporal en un bar.
Julia lo despidió de forma amistosa y el chico pareció más que aliviado de poder largarse.
El fin de semana la ayudó Ana, la hija de Maribel, y, aunque en realidad era ceramista, la verdad es que no lo hizo nada mal.
Por supuesto, aquello tampoco era una solución a la larga, ya que, al fin y al cabo, tenía su propio oficio.
—Debo cambiar unas cuantas cosas —reflexionó Julia en voz alta cuando el domingo por la tarde se sentó con Álvaro bajo el níspero.
Mientras, se aplicaba una crema refrescante en las piernas para combatir el cansancio—.
Habrá que reducir las cartas. Si tengo que acabar sirviendo yo misma, solo habrá platos que pueda preparar de antemano.
—¿Y si te centras en lo más esencial? —propuso Álvaro.
—¿Qué entiendes tú por lo más esencial? —preguntó Julia, poniendo las piernas en alto para intentar relajarse un poco.
—¿Qué tiene de especial el Mesón Flor de Sal? —preguntó Álvaro para intentar animarla.
—Los calamares rellenos de tu abuela —respondió Julia con un gemido.
—Lo más característico de este sitio sin duda es la sal —objetó Álvaro—. Después de todo, tu restaurante se llama «Mesón Flor de Sal», ¿no?
A Julia se le iluminó la mirada de repente.
—¿Quieres decir que podría ofrecer solamente platos en los que la sal tenga un papel importante?
—preguntó, echando la cabeza hacia atrás.
Por encima de ella, la luz del sol hacía brillar las hojas verde oscuro del níspero—.
Tienes razón. Algunos ya los he concebido pensando sobre todo en eso.
Por supuesto, podría darle más protagonismo.
—Que yo recuerde, los platos con sal a menudo son bastante sencillos. Verduras encurtidas en sal, carne cocinada en costra de sal.
—Verduras a la parrilla espolvoreadas solo con flor de sal —añadió Julia con aire pensativo.
De repente aguzó el oído y oyó el ruido de un motor acercándose. Álvaro también se percató, y Amo no tardó en empezar a ladrar.
—¿Será Tanja? —preguntó él.
—Está arriba —dijo Julia, negando con la cabeza. Al parecer, había intimidado tanto a la joven que ni siquiera se había atrevido a bajar con ellos al jardín.
—No te levantes —le dijo Álvaro, poniéndose en pie—. Iré a ver quién es. Tal vez sean clientes que no saben que los domingos cierras a las cuatro —supuso, puesto que ya les había sucedido en alguna ocasión.
Sin embargo, resultó que no era ningún cliente. Los ladridos de Amo cesaron y unas voces bien conocidas llegaron hasta el jardín.
Emil apareció corriendo por la esquina. Julia se levantó para ir a su encuentro.
—¿Sabes qué? —exclamó el chico sin aliento—. ¡Papá ha echado a Tanja! Por fin ha comprendido que no era adecuada para él —explicó con una sonrisa de oreja a oreja—. Ahora es mucho más amable conmigo. Vuelvo a vivir en casa. Nosotros dos solos. ¿No te parece fantástico?