Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 11. Nubes en el horizonte
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11. Nubes en el horizonte

NUBES EN EL HORIZONTE

—¿Jens? —exclamó Julia, cerrando los ojos horrorizada—. ¿Qué ha hecho esta vez?

—Quiere abrir una estación de buceo —respondió Álvaro—. Y encima justo allí —dijo, señalando con el brazo extendido hacia las dos rocas marinas.

—¿De verdad? Cuesta de creer. Por lo que sé, está en la cuerda floja. No creo que tenga el capital necesario para emprender un proyecto como ese.

—El dinero es de otra persona —dijo Álvaro—. ¿Adivinas de quién?

Julia se lo quedó mirando con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo quieres que lo sepa?

—Jens se ha asociado con Marcos, que es el propietario de media isla. Y, por desgracia, eso incluye buena parte de la costa.

—La Lomada Ronca —dijo Julia en voz baja.

Álvaro la contempló asombrado.

—¿La conoces?

—Pipo me lo contó hace poco —respondió Julia—. Y también que Marcos últimamente anda mucho por allí.

Su novio la miró con atención.

—¿Sabes algo más al respecto? ¿Algo que Jens haya podido decir?

—Desde la inauguración del restaurante, solo lo he visto en una ocasión —dijo Julia—. Anoche en la playa de Tazacorte. Se peleó con un palmero.

Álvaro hizo una leve mueca y negó con la cabeza.

—¿Tanja está aquí por eso?

—Se ha separado de Jens —le explicó Julia—. Y, por lo visto, no sabe adónde ir.

Álvaro soltó una carcajada amarga.

—No me extraña. Y precisamente tú...

—Ya lo sé, soy demasiado buena —lo interrumpió Julia—. Todo el mundo lo dice. Simplemente no soy capaz de echar a alguien y quedarme tan tranquila. Me ha prometido que solo serán unos días.

Una sonrisa asomó en los labios de Álvaro. La envolvió con un brazo y se acercó a ella.

—Eres como eres —dijo—. Por eso te quiero tanto.

—¿Porque de tan buena soy tonta?

—Porque tienes un corazón muy grande —la corrigió Álvaro con cariño—. ¿Y no le guardas rencor por lo mal que se ha comportado?

—Es muy influenciable —objetó Julia—. Y Jens puede llegar a ser muy dominante. Además, todavía es joven; tiene veinticuatro años. El hecho de que haya roto con él me parece prometedor. ¿Por qué tendría que guardarle rencor?

—¿Lo ves? A eso me refería —dijo Álvaro, plantándole un beso en la sien.

—Ojalá tú y la familia de Naira pudierais perdonar a Diego algún día —dijo Julia sin poder evitarlo, apoyando la cabeza en su hombro, lo que le permitió notar cómo se tensaba de repente. Para su gran alivio, no se apartó de ella. Todo lo contrario, la abrazó todavía con más fuerza.

—No es tan sencillo cuando has perdido a un ser querido —replicó en voz baja—.

¿Sabes esos extraños ataques epilépticos que sufre Naira?

—preguntó, a lo que Julia asintió, incapaz de olvidar cómo uno de ellos había interrumpido bruscamente el primer momento romántico que habían compartido—.

Pues aparecieron cuando se enteró de la muerte de Bentor.

Los médicos no se lo explican. Desde entonces he intentado sustituir a su hermano.

Ese es el motivo por el que depende tanto de mí.

Julia decidió dejar el asunto, aunque en su opinión Naira veía en Álvaro algo más. Sin embargo, mientras él no sacara el tema, ella tampoco lo haría. En cambio, se dio cuenta de que todavía no le había contado dónde se había metido esos últimos días.

—¿Y qué habéis estado haciendo desde el jueves? —le preguntó—. ¿Tan secreta es la misión que no puedes contármela ni a mí?

—No, claro que no —respondió Álvaro—. Aunque no hace falta que se lo cuentes a Tanja...

—¡Por supuesto que no! —contestó Julia indignada.

—Bueno, pues el caso es que —empezó a decir Álvaro—, antes de que la región se pueda declarar parque nacional, hay que superar muchos obstáculos. Por encima de todo, la zona debe estar intacta para que la consideren digna de merecer esa protección.

—Pero lo está, ¿no? —preguntó Julia.

—En realidad, sí —respondió Álvaro—. Aunque, por desgracia, tenemos motivos para sospechar que alguien se ha propuesto que eso cambie. Alguien a quien no le interesa que la costa quede protegida porque ya no se podría construir aquí, por ejemplo.

—Y entonces no se podría abrir una estación de buceo —constató Julia en voz baja.

—Exacto.

Julia se puso a pensar frenéticamente.

—¿Y qué podría hacer Jens...? Quiero decir, ¿qué podría hacer alguien así para impedir los planes de Toto?

—Podrían asegurarse de que la costa no esté intacta —respondió Álvaro—.

Sospechamos que alguien quiere destruir determinados ecosistemas submarinos para que la constancia de ese hecho se tenga en cuenta.

Se trata de lugares únicos donde viven un montón de plantas y animales marinos en peligro de extinción.

Hemos intentado localizar el mayor número posible de esos sitios para comprobar que todo sigue en orden.

—Por eso te llevaste el equipo de buceo —constató Julia, comprendiéndolo al fin.

—Exacto.

—¿Y bien? ¿Habéis encontrado algo?

—En dos sitios hemos incautado bidones con un peligroso herbicida. Tenían pequeños agujeros por los que el veneno se iba liberando poco a poco.

—¿Y crees que ha sido algo deliberado?

Álvaro arqueó las cejas.

—¿Cómo explicas si no que hubiera dos bidones idénticos con herbicida en medio de esa zona submarina? ¿Podría ser una coincidencia? No. Alguien los colocó allí a propósito.

—Vimos una embarcación —explicó Julia con aire pensativo—. Vino directamente a la bahía antes de que Toto la ahuyentara. Amelie y yo la divisamos desde ahí arriba.

—Sí, lo sé —replicó Álvaro abatido y furioso a partes iguales—. Todavía tengo que sumergirme aquí.

—¿Quieres decir que tendrás que bucear por debajo del jardín de sal? —preguntó Julia alarmada.

—No nos ha dado tiempo, y ahora Toto tiene que volver a su trabajo. Al fin y al cabo, él y su gente tienen cosas mejores que hacer que investigar a esos idiotas. Por eso hemos aprovechado el fin de semana. Por desgracia, uno de sus superiores también se muestra crítico con la solicitud.

—¿Quieres decir que está en contra de la creación del parque nacional?

—Sí —respondió Álvaro, levantándose—. Es un apasionado de la pesca deportiva. Al parecer, le encanta lanzar la caña por esta zona.

—¿Es posible que sea amigo de Marcos? —supuso Julia.

—Es posible —replicó Álvaro—. Además, Marcos ya ha recibido apoyo del ministerio en varias ocasiones.

Allí también hay muchos entusiastas de la pesca.

Él solo tiene que invitarlos a su yate y llevárselos a las mejores zonas para que aprueben sus solicitudes enseguida.

Los que no tenemos ese poder somos nosotros. Y la naturaleza.

Julia guardó silencio. Esa clase de cosas siempre la sacaban de quicio. Y que precisamente Jens estuviera involucrado en ello...

Le quedaba la esperanza de que no fuera cierto. De que no fuera más que otro rumor sobre él que circulaba por la isla.

—¿Cómo sabes que Jens...? Es decir, ¿es posible que lo de la estación de buceo no sea más que una suposición?

—Él mismo se vanagloria de ello —respondió Álvaro—. Últimamente pasa mucho tiempo en los bares. No me extraña que Tanja haya roto con él.

Empezó a recoger el equipo que había extendido sobre las rocas para que se secara.

—Hay algo que no entiendo —dijo Julia mientras observaba cómo guardaba el traje de neopreno—. Si Jens se propone bucear aquí con turistas, en realidad debería interesarle preservar la naturaleza submarina. Envenenar a los peces no encaja en absoluto con sus planes.

Álvaro se encogió de hombros.

—Cuando entra en juego la codicia, la gente a menudo actúa de forma irracional —dijo—.

Tal vez piense que la naturaleza se regenerará.

O que quedarán cosas de sobra para mostrarles a los turistas.

En realidad, las especies más sensibles serán las primeras en desaparecer.

No siempre son las más espectaculares ni las que más llaman la atención al ojo profano.

Aunque, de todos modos, son importantes para el ecosistema.

Pero todo esto a Marcos le trae sin cuidado, solo piensa en el dinero. Y en vengarse de sus enemigos.

—¿Y quiénes son en este caso? —quiso saber Julia—. ¿Tiene algo contra Toto?

Álvaro dejó el traje y se volvió hacia ella. En sus ojos Julia detectó una mezcla de estupefacción y diversión.

—No me lo preguntas en serio, ¿verdad? —dijo, y, al ver que ella lo miraba sin comprender nada, añadió—: Es a mí a quien persigue como nunca.

A mí y al jardín de sal. ¿Crees que se ha olvidado de aquella vieja historia?

Te vendió la finca solo para que no me la pudiera quedar yo.

Lo que no calculó fue la posibilidad de que acabáramos siendo pareja. Y créeme... Eso lo tiene negro.

—¿Y esa estación de buceo podría perjudicarte? —preguntó Julia.

—Prefiero no arriesgarme —se limitó a responder Álvaro—. En cualquier caso, seguro que sus planes esconden alguna maldad.

Julia y Álvaro pasaron la noche con Amelie, ya que, al fin y al cabo, era su último día en la isla. Tanja se había retirado a su cuarto y ninguno de los tres la echó de menos.

Estuvieron bebiendo el vino preferido de Amelie y lo acompañaron con almendras saladas y aceitunas, pero ni así consiguieron alegrar el ambiente.

Álvaro todavía parecía estar dándoles vueltas a los ecosistemas amenazados alrededor del jardín de sal, mientras que Julia estaba preocupada por cómo saldría adelante en los días siguientes sin nadie que la ayudara en el servicio.

Sin embargo, evitó sacar el tema porque no quería que Amelie se llevara la impresión de que estaba dejándola en la estacada.

—De acuerdo —dijo su amiga al fin, terminándose la copa—. Pues será mejor que me acueste. Mañana tengo que marcharme temprano.

—¿A qué hora sale tu vuelo? —le preguntó Álvaro.

—A las doce —respondió Amelie—. O sea, que tengo que estar allí a las diez, pero entre que debo devolver el coche de alquiler y que hay dos horas de trayecto hasta allí...

—Tendrás que salir a las siete y media —sugirió Álvaro.

—¿Ya has hecho las maletas? —preguntó Julia.

—No, las haré mañana a primera hora —contestó Amelie con despreocupación.