Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 10. Encuentro en la playa #3
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10. Encuentro en la playa #3

Paco había entrado en la cocina sin que ninguna de las dos mujeres se hubiera dado cuenta.

Julia lo saludó con alegría y le pidió que le contara cómo iban las cosas con su rebaño.

Se sintió aliviada al no tener que seguir pensando en Tanja y en la escena que se había producido la noche anterior en la playa.

Cuando llegó a casa a primera hora de la tarde, Julia encontró la ranchera cubierta de sal de Álvaro aparcada bajo el drago.

El corazón le dio un vuelco. Cruzó el arco de la puerta con su coche hasta llegar a la parte trasera del edificio principal para poder descargar las compras directamente en la cocina.

Bajo el níspero, Tanja se levantó de una silla y se acercó a ella poco a poco. Aparte de Amo, que la saludó con entusiasmo, nadie parecía alegrarse de su regreso.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó Julia mientras abría el maletero y lanzaba una mirada furtiva hacia el jardín. ¿Dónde estaba Amelie? ¿Y Álvaro?

—Pues no muy bien —respondió Tanja—. Me he tomado dos pastillas para el dolor de cabeza. Desde entonces estoy un poco mejor.

—¿Y Amelie? —dijo Julia. No le apetecía nada escuchar las quejas de Tanja, pero, de todos modos, preferiría cortarse la lengua antes que preguntarle por Álvaro.

—No lo sé —contestó ella, observando con indecisión las cajas que Julia llevaba en el coche.

—¿Me ayudas a descargar todo esto? El papel higiénico va en el armario del baño de los comensales. Y los productos de limpieza...

—Ay, ¿sabes...? —dijo Tanja, que, al parecer, no tenía muchas ganas de echar una mano.

—No, no sé nada —replicó Julia enfadada—. Ni quiero. Me dijiste que me ayudarías. Pues ahora tienes la oportunidad de hacerlo.

Malhumorada, levantó una caja repleta de unos preciosos calabacines redondos de la variedad Tondo di Toscana que al día siguiente pensaba servir rellenos de hígado de conejo y hierbabuena, y se los llevó a la cámara frigorífica.

Tanja la siguió con los productos de limpieza, no sin lamentarse y quejarse de que aquello no le sentaba nada bien con el dolor de cabeza que tenía.

Julia simplemente ni la escuchó. Al final consiguieron vaciar el coche del todo y guardar cada cosa en su sitio.

—Quería preguntarte —empezó a decir Tanja cuando Julia volvió a sentarse tras el volante para dejar el coche de nuevo frente al portal— si tal vez podrías acompañarme a Tazacorte.

—¿A Tazacorte? —exclamó Julia sin poder creer lo que oía—. ¿Qué quieres hacer tú allí otra vez?

—Recoger mi coche —explicó Tanja—. Ayer lo dejé frente a la playa.

—Lo siento —replicó Julia con determinación—. Tendrás que pensar en otra solución. Hoy no tengo ni tiempo ni ganas de llevarte hasta allí. Y mañana hay que abrir el restaurante. Lo mejor será que vayas en autobús.

La cara de asombro de Tanja estuvo a punto de arrancarle una carcajada.

Era evidente que ni se le había pasado por la cabeza la posibilidad de coger uno de esos autobuses que en la isla llamaban «guaguas».

Sin embargo, Julia tenía otras cosas en la cabeza.

Por encima de todo quería saber dónde estaba Álvaro.

No lo encontró en la finca ni, por supuesto, en el huerto de árboles frutales. Solo quedaba el jardín de sal. Se tomó un buen vaso de agua y se puso en camino.

Mil pensamientos se agolparon en su cabeza mientras bajaba por el sendero rocoso. Amo la acompañó hasta la cueva, y se detuvo para observar cómo ella seguía descendiendo. Al parecer, consideró que lo más sensato sería quedarse a vigilar la finca mientras su dueña no estaba.

Julia sintió un alivio tremendo cuando divisó a Álvaro entre los estanques de sal. Al verla, acudió a su encuentro con grandes pasos y la recibió con un abrazo. Hasta ese momento Julia ni siquiera se dio cuenta de que había cubierto los últimos metros a la carrera.

—¡Te he echado tanto de menos!

Prácticamente dijeron la frase al unísono mientras se fundían en un fuerte abrazo, y Julia no pudo evitar reírse e incluso derramar alguna que otra lágrima al mismo tiempo.

—¡Tienes que contármelo todo!

Se rieron al ver que una vez más habían dicho lo mismo a la vez. Poco a poco deshicieron el abrazo.

—Sobre todo me gustaría saber qué hace Tanja viviendo aquí —dijo Álvaro con una mueca divertida.

Julia soltó un gemido.

—¡Mejor cuéntame tú dónde has estado todo este tiempo! —replicó, pegándole un codazo cariñoso en el brazo.

—Por ahí —respondió él, señalando hacia el mar—. Hemos recorrido prácticamente toda la costa norte.

—Pero ¿por qué?

Álvaro parecía preocupado.

—Es una historia muy larga.

—Entonces cuéntamela.

Él la cogió de la mano y la llevó hasta la casita de la sal.

—Me gustaría pedirte disculpas —dijo cuando llegaron a su roca favorita y se sentaron—. Creo que... No, sé que el otro día reaccioné de una forma exagerada ante lo de Diego.

Julia respiró aliviada y se dio cuenta de repente de lo mucho que aquello la había apenado.

—Quiero decir que tú no podías saberlo —prosiguió Álvaro, desviando la mirada hacia sus manos—. ¿Cómo... cómo han quedado las cosas con él? ¿Te seguirá trayendo pescado?

—No —respondió Julia sorprendida—. Le devolví lo que me trajo. Por supuesto, Diego se llevó una decepción terrible.

—¿Qué has hecho? —exclamó Álvaro con los ojos de­sorbitados.

—¿Qué querías que hiciera? —replicó ella disgustada—. No me dejaste elección.

—¿Significa eso que todavía no tienes proveedor?

Julia negó con la cabeza, abatida. Fayna había tenido que responder cada día ante los clientes a la pregunta de por qué no servían pescado. Eso también le recordó que, de momento, tampoco tenía camarera.

—No —respondió—. Y me gustaría volver a hablar contigo con calma sobre lo de Diego —prosiguió—. Pero lo que no puedes hacer es huir corriendo solo porque no opine lo mismo que tú.

—Lo siento mucho, de verdad —se disculpó Álvaro compungido.

—Y ahora cuéntame —le pidió Julia—. ¿Qué era eso tan misterioso que tenías que hacer?

Él apartó la mirada hacia el jardín de sal y luego hacia el mar.

—Parece como si alguien estuviera intentando sabotear los planes de Toto.

—¿A qué te refieres?

—Hace tiempo que él y sus compañeros intentan que estas costas sean declaradas parque nacional.

—Eso suena bien, ¿no?

—Por supuesto, pero, por desgracia, no todo el mundo lo ve del mismo modo.

Hay pescadores a los que les preocupa que sus zonas de pesca queden más restringidas.

Y los lugareños creen que dejarán de tener acceso al agua y no podrán seguir utilizando las cuevas.

Aunque todo eso puede regularse, Toto no tiene ninguna intención de quitarles a sus compatriotas los derechos que les corresponden.

—Entonces, ¿de qué hay que proteger la costa? —preguntó Julia.

—De tipos sin escrúpulos —respondió Álvaro—. De los que intentan sacar provecho económico hasta de la última roca —dijo, mirándola a los ojos como si se estuviera planteando si podía contarle la verdad—. De gente como, por ejemplo, tu hermano.