Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 10. Encuentro en la playa #2
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10. Encuentro en la playa #2

A la mañana siguiente, a pesar de que era su día de descanso, tuvo que levantarse temprano igualmente para hacer la compra semanal.

Mientras desayunaba algo de pie, oyó un ruido en el piso de arriba, aunque todavía no había visto ni a Amelie ni a Tanja.

Llenó los cuencos de Amo y se sentó en los escalones de la entrada con el cepillo para perros que le había regalado Maribel.

El garafiano acudió corriendo. Al parecer, le gustaba que lo cepillaran, aunque a Julia le llevó mucho trabajo quitarle todas las hierbas y espinas que se le habían quedado pegadas al pelaje, de unos seis centímetros de largo.

Pese a que seguramente le picaba, se dejó hacer con toda la paciencia del mundo.

A continuación, acarició a su compañero cuadrúpedo, deleitándose cuando él se apoyaba con ternura contra sus piernas y le lamía la mano.

No disfrutaban de momentos como ese tanto como deberían.

Al final Julia se levantó, se sacudió los pantalones y se lavó las manos a fondo. Metió las cestas de la compra en el coche y se puso en marcha.

Álvaro todavía no había dado señales de vida.

Julia descartó los pensamientos que le venían a la cabeza y se concentró en repasar mentalmente sus listas.

En el mercado se puso de acuerdo con un verdulero para visitar su finca ecológica con la perspectiva de que la proveyera directamente, lo que sería un gran alivio para ella.

Cuando hubo tachado el último artículo de la lista de la compra, ya era mediodía, y decidió pasar a visitar a Maribel y a Paco.

De algún modo no le apetecía nada volver a presenciar una pelea entre Amelie y Tanja.

Además, quería preguntarle a Maribel si conocía a alguien que pudiera sustituir a Fayna.

La Finca del Casco quedaba unos kilómetros más arriba del pueblo y, cuando Julia estaba allí, tenía la sensación de encontrarse en otro mundo.

El camino hasta la granja pasaba por unos viejos bosquecillos de almendros e higueras.

Si te fijabas bien en las laderas de las montañas, te dabas cuenta del esfuerzo que debía de haber supuesto para los antepasados de los actuales habitantes apilar piedra sobre piedra para crear terrazas en los rincones y recovecos de los barrancos resguardados del sol, en los que ya por aquel entonces se habían plantado árboles e incluso tal vez se habían cultivado cereales.

La finca quedaba oculta en lo alto de una colina, protegida del viento y de las inclemencias del tiempo por unas peñas a ambos lados.

Julia entró en el sendero de acceso y llegó hasta el patio, donde aparcó el coche frente a uno de los edificios agrícolas.

Chico y Luna, los perros de Maribel, corrieron a recibirla, ladrando y meneando el rabo.

—Llegas justo a tiempo —dijo la dueña de la casa al salir—. Comeremos dentro de nada.

—En realidad, no quería...

—Alguna vez también puedes sentarte tranquilamente a una mesa que ya esté puesta —dijo Maribel.

Como tantas otras veces, a Julia le sorprendió la actitud juvenil de su amiga, que ya superaba con creces los sesenta años, aunque nunca se había atrevido a preguntarle la edad—.

He hecho garbanzos. Sé que te gustan mucho.

—Ay, es que te quedan tan buenos... —exclamó Julia. Se le hizo la boca agua con solo entrar con Maribel en la amplia cocina, que estaba impregnada del delicioso olor de las verduras frescas, la panceta y las hierbas aromáticas que añadía a su receta especial.

—Además, tengo una sorpresa para ti —oyó decir a su amiga justo cuando abría la gran puerta de cristal que daba a la veranda—.

Mira a quién tenemos aquí —añadió. Era Fayna, que se había instalado en una tumbona a la sombra con varias revistas al alcance de la mano—.

Hemos acogido a la pobre chica —prosiguió Maribel con alegría, acercando una silla de mimbre para que Julia pudiera sentarse con ella.

—Sí —confirmó Fayna—. Al fin y al cabo, mi madre tiene que ir a trabajar. Y mi marido también. Nuestra casa es muy pequeña. Por eso la tía Maribel dijo...

—Ven a casa, le dije —intervino la mujer—.

Aquí siempre hay alguien, podrás estar al aire libre y relajarte de verdad.

Si te aburres, los niños ya se encargarán de mantenerte distraída.

O los animales —añadió, señalando entre risas a tres gallinas que se acercaron curiosas a la veranda y se las quedaron mirando.

—Realmente es muy amable por vuestra parte —dijo Fayna, moviéndose inquieta en su tumbona—. Y, aun así, no sé cómo lo aguantaré. Todo el día tendida. ¡Yo! ¿Te lo imaginas? —exclamó, volviéndose hacia Julia con tristeza—. Si ni siquiera estoy enferma.

—Puedes leerte todos los libros que tenemos —le propuso Maribel—. Y, cuando te los hayas acabado, te traeremos más.

—Nadie puede pasarse el día leyendo —objetó Fayna—. Prefiero que me des cosas que hacer. Puedo limpiar verduras. O remendar ropa. O...

—Tú ahora descansa —dijo Julia para intentar apaciguarla.

—¡Es que me está destrozando la idea de haberte dejado tirada de un día para otro!

—Olvídalo —le pidió Julia, riendo—. No se trata ni de ti ni de mí, sino del bebé. Lo que sí me gustaría es que me dijeras si conoces a alguien a quien podamos pedirle que te sustituya.

—Ya he hecho una lista —explicó Fayna, cogiendo un bloc de notas que había dejado bajo la tumbona. Julia vio tres nombres escritos. El primero estaba tachado—. Ya se lo he preguntado a Juana, pero tiene un contrato en la península. Luego probaré con las otras dos.

—Gracias —dijo Julia, puesto que en ese momento no se le ocurrió nada más que decir.

—Es una suerte que Amelie esté aquí justo ahora —exclamó Maribel desde la cocina. Se había acercado a los fogones para remover el guiso.

—Por desgracia, regresa mañana mismo a Alemania —objetó Julia con un suspiro—. Intentará conseguir un puesto en Grenoble.

Tanto Fayna como Maribel se la quedaron mirando sorprendidas.

—No lo sabía —gimió Fayna, y empezó a mordisquear el lápiz fruto de los nervios.

—A todas nos ha cogido por sorpresa —dijo Julia.

—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó Fayna.

—He estado pensando en preguntárselo a Devi. Tal vez por un tiempo...

—Devi es genial —la interrumpió Fayna con entusiasmo—, pero no ha aprendido a hacerlo.

—Pues ahora aprenderá —sentenció Maribel, mirando con preocupación cómo su sobrina hacía ademán de apartar la manta que le cubría las piernas—. Tú tienes que guardar reposo pase lo que pase —añadió—. Aunque tenga que atarte a la tumbona.

Julia no pudo evitar soltar una carcajada al oírla.

—Encontraremos una solución —insistió para calmar a Fayna.

—Si es necesario, Álvaro también puede echar una mano —determinó Maribel con una sonrisa.

Sin embargo, a Julia se le cortó la risa de repente.

¿Cuántos días hacía que no lo veía? Notó cómo su amiga la miraba fijamente.

¿Acaso se había dado cuenta de que algo no iba bien?

—. Ven, vamos a ver cómo está la comida —dijo la mujer—.

¿Por qué no pruebas suerte con alguna otra de tus antiguas compañeras? —añadió, dirigiéndose a Fayna.

—¿Va todo bien entre Álvaro y tú? —le preguntó Maribel después de cerrar la puerta de cristal a su espalda.

—Ojalá lo supiera.

Maribel se la quedó mirando con la frente fruncida.

—¿Os habéis peleado?

Julia tuvo que pensar por dónde debía comenzar a contarle lo sucedido.

—Todo empezó porque Álvaro no quería que hiciera negocios con Diego. Sin embargo, este volvió a salir a pescar y me trajo lo que había capturado. Yo no tenía ni idea de que el hombre que murió en el accidente era el primo de Álvaro.

Maribel la miró consternada.

—Yo tampoco lo sabía.

—Era el hermano de Naira —explicó Julia abatida—.

Y ella tampoco es que me soporte precisamente.

Luego vi llegar ese barco en plena noche —dijo, y a continuación le contó lo que Amelie y ella habían presenciado la noche del jueves al viernes en la bahía que había frente al jardín de sal—.

Álvaro vino a buscar su equipo de buceo y se marchó en el barco de Toto —concluyó—.

Me dijo que no me preocupara aunque pasara unos días fuera de casa.

Maribel puso los ojos en blanco y soltó un gemido de frustración.

—¡Hombres! —exclamó—. Como si fuera tan sencillo cumplir una orden así: ¡no te preocupes!

—¿Tú sabes qué podría estar sucediendo?

Maribel negó con la cabeza.

—Ni la más remota idea. Soy apicultora, no tengo nada que ver con el mar. Por cierto, esta mañana habré cosechado tranquilamente veinte kilos de miel. Más tarde iré a centrifugarla. ¿Querrás ayudarme?

Apesadumbrada, Julia negó con la cabeza.

—Me encantaría —aseguró—. Pero tengo que volver a casa pronto para dejar la compra y empezar a prepararlo todo para mañana. Además, tengo que ver si Amelie y Tanja ya se han peleado o qué.

—¿Quién? —preguntó Maribel abriendo mucho los ojos.

—Ay, es que eso todavía no lo sabes —dijo Julia, riendo sin alegría—. Tanja se ha separado de Jens y ha venido a pedirme asilo a mí.

—¡Pero si es la mujer que trataba tan mal a Emil!

—Exacto —dijo Julia, sacando los platos de la cómoda para poner la mesa.

—Vaya, qué cara más dura.

—Al parecer, no tenía ningún otro sitio al que ir.

Maribel negó con la cabeza, incrédula.

—Hay gente que nunca piensa que algún día podría necesitar ayuda —dijo con aire pensativo—. Se comportan como si estuvieran solos en el mundo. Y entonces llega el día de pasar cuentas —sentenció antes de apagar el fogón y tapar la olla—. ¿Y precisamente tú la has aco­gido?

—¿Tendría que haberla echado? —preguntó Julia. Maribel se la quedó mirando de forma elocuente—. Vamos, sé sincera —insistió—. En mi lugar, tú habrías hecho lo mismo.

—Quizá le habría permitido quedarse en el establo de las cabras —replicó sin pensarlo dos veces.

—¿Quién va a vivir en el establo?