10. Encuentro en la playa
ENCUENTRO EN LA PLAYA
Estaban sentadas descalzas sobre la arena negra de la playa de Tazacorte, que todavía conservaba el calor del día.
Por encima de ellas brillaba el cielo estrellado, y desde uno de los bares del paseo marítimo les llegaban los sonidos rítmicos de la canción del verano.
En una de las barras habían pedido un combinado delicioso a base de unos licores de frutas sin alcohol que se elaboraban en una finca local.
Sin embargo, ya no les apetecía gozar del ambiente festivo: prefirieron escuchar el suave murmullo de las olas y contemplar las luces bamboleantes de dos yates que estaban ahí fondeados.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó Amelie, rompiendo el silencio.
Julia se encogió de hombros.
—Ni idea —respondió—. Hacer unas cuantas llamadas. Poner un anuncio. Preguntarle a todo aquel que se me ocurra. Tal vez Fayna pueda pasarme el contacto de alguna antigua compañera. Ya encontraré a alguien.
No obstante, no sentía ni mucho menos la confianza que aparentaba.
Simplemente no le apetecía seguir dándole vueltas.
En esos momentos, de todos modos, no podía hacer nada.
Lo único que quería era volver a sentir aquella felicidad tan pura que la había inundado hacía un rato. Tenía que ser posible de alguna forma.
Detrás de ellas, algo cambió. En lugar de las risas y las voces alegres de antes, oyeron el ruido de una discusión airada. La voz aguda de una mujer respondió a otra masculina furiosa.
—¿Qué ocurre? —preguntó Amelie, estirando el cuello.
Julia se encogió de hombros.
—Quizá no sea nada —dijo—. Aquí, en España, a nosotros a menudo nos parece que están discutiendo cuando en realidad solo conversan animadamente.
—Esos no son españoles —objetó Amelie—. Son alemanes.
Julia también lo oyó. Y de repente reconoció las voces. Por si fuera poco, se oían cada vez más cerca, como si se aproximaran a ellas.
—Rápido —dijo, poniéndose en pie de un brinco—. No quiero que me involucren en eso. Vámonos de aquí.
—¿Es posible que... sea Jens? —preguntó Amelie horrorizada, y se levantó tan deprisa que incluso se derramó el cóctel sobre los pantalones de verano de color claro que llevaba puestos.
—Sí, es él —dijo Julia, tirando de ella hacia la orilla del mar—. Y la mujer es Tanja.
A esas alturas ya comprendían incluso fragmentos enteros de los reproches que se lanzaban, y no resultaron nada agradables. Julia decidió que lo mejor sería volver por la orilla hasta el aparcamiento cuando Tanja de repente se cruzó en su camino como si quisiera lanzarse al agua.
Julia cambió de dirección de repente y a punto estuvo de chocar contra Amelie.
—Ya no tienes ningún derecho a darme órdenes —oyeron gritar a Tanja—. ¿Quién de los dos se ha acostado con todas las turistas medianamente guapas? ¿Tú o yo?
—Ese no es motivo para que abraces al primer tonto con el que te topes, idiota —respondió Jens también a gritos.
—¡Pedro no es ningún tonto! —chilló Tanja—. ¡O al menos no lo es tanto como tú!
—Quiero que vuelvas.
—Pues será mejor que esperes sentado —replicó ella.
—Tanja, ¿necesitas ayuda? —preguntó un lugareño que se había apartado del grupo del bar.
Probablemente era ese tal Pedro, y en esos momentos se adentraba en la playa.
De repente Julia y Amelie se encontraron justo en medio de los tres—.
¿Quieres que le pegue un guantazo al Alemán?
—preguntó el hombre, que claramente había bebido demasiado—.
¿Y vosotras quiénes sois? —dijo, plantándose frente a Julia y alternando la mirada entre ella y Amelie—.
¿El Alemán también se ha metido con vosotras?
—Esto... no —balbuceó Julia, intentando pasar junto al borracho.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Jens. A pesar de que estaba anocheciendo con rapidez, la había reconocido—. Mi encantadora hermanita. Vaya, qué conmovedor. ¿Has venido a buscar a tu nueva amiga hasta aquí? ¿Cómo se te ocurre conspirar contra mí con mi mujer?
—¿Julia? ¿Eres tú? Dios mío, llegas justo a tiempo... —dijo Tanja, acercándose a ella por la arena y balanceando mucho los brazos. Al parecer, todavía llevaba puestos los tacones altos con los que había salido de la finca a mediodía—. No te lo creerás, este bastardo...
—Pero, bueno, ¿a quién tenemos aquí? Si es la dulce Amelie —prosiguió Jens con la voz rebosante de sarcasmo—. Otra putilla que toma lo que le conviene y luego te deja tirado. Igual que tú, Tanja.
De repente Tanja se quedó paralizada como una estatua de sal.
—Vámonos de aquí —dijo Julia con determinación, cogiendo de la mano a Amelie.
—¿Se ha metido con vosotras? —preguntó el lugareño una vez más, apretando los puños.
—Pues sí, Pedro —contestó Amelie. Julia no podía creer la sangre fría que demostró respondiendo en un español perfecto—. Me ha llamado putilla. Y a esa chica de ahí también.
Señaló a Tanja con la mano que le quedaba libre.
Con un grito de rabia, el tipo se abalanzó sobre Jens y al cabo de un segundo empezaron a revolcarse por la arena.
Entretanto, se habían acercado ya unos cuantos curiosos desde el bar, al parecer, amigos del nuevo ligue de Tanja.
Los rodearon y comenzaron a animar al español.
—Venga, vámonos de una vez —le siseó Julia a su amiga, tirando de ella hacia el aparcamiento.
Ya habían llegado al paseo marítimo cuando Amelie exclamó:
—¡Mierda! Me he dejado los zapatos allí.
—Pues olvídalos —respondió Julia malhumorada—. Ni diez caballos de tiro conseguirían hacerme volver.
Desde allí apenas se veía a Jens y al otro tipo. Casi todos los clientes del bar rodeaban ya a los dos contendientes para seguir de cerca el espectáculo. Su hermano se llevaría una buena paliza por bocazas, de eso Julia no tenía la menor duda.
—Espera un momento. Vuelvo enseguida. Al fin y al cabo, son unos Jimmy Choo. No puedo dejarlos allí sin más.
—¡Amelie! —gritó Julia indignada. Sin embargo, su amiga ya corría por la arena. ¿Qué demonios eran unos Jimmy Choo? Por lo que recordaba, Amelie siempre había llevado zapatillas deportivas normales y corrientes. Bueno, con algún brillo que otro.
Con un gemido, abrió el coche y se sentó al volante. No quería saber nada más de Jens. Ni tampoco de Tanja.
—¿Cómo se te ocurre acostarte con mi marido?
Julia dio un respingo. El maletero de su coche se abrió de repente y se cerró de nuevo de un portazo. Por el retrovisor vio a su amiga y a Tanja.
—¿Y a ti qué te importa? —replicó Amelie—. Al fin y al cabo, ya has roto con él.
Julia decidió bajar. Y, justo cuando abrió la puerta, Tanja se echó a llorar a grito pelado.
—Vamos, Amelie —dijo Julia sin poder evitarlo—. ¿Realmente era necesario? —le reprochó. Su amiga no respondió. Tenía los labios apretados y la barbilla levantada. Todavía iba descalza—. ¿Dónde están tus zapatos?
—En el maletero —contestó Amelie, lanzándole una mirada indecisa a Tanja, que se balanceaba como un barco en alta mar—. Deberíamos llevárnosla —dijo a regañadientes—. Esta ha bebido algo más que cócteles de licor de frutas. Creo que va completamente borracha.
—No es verdad —aulló Tanja—. Estoy completamente sobria. Pero tú... tú has destrozado mi relación.
—Sí, claro —dijo Amelie—, porque antes era maravillosa, ¿verdad? Vamos, sube. ¿O prefieres pasar la noche aquí, en la playa? ¿O con uno de esos dos héroes que se están peleando?
—No —gimió Tanja.
Al final Julia y Amelie la ayudaron a subir a la parte trasera del coche y le abrocharon el cinturón de seguridad. En la guantera encontraron un paquete de pañuelos de papel entero y Julia se lo puso en la mano.
—Si te mareas, avísame con tiempo, ¿vale? —le pidió. Al fin y al cabo, tenían por delante un trayecto lleno de curvas.
Durante un buen rato estuvieron oyendo unos sollozos desgarradores procedentes de la parte trasera. Luego cesaron y a Julia le pareció ver por el retrovisor que Tanja se había quedado dormida.
—¡Maldita sea! —exclamó—. Para una vez que quiero pasar una noche tranquila...
De repente Amelie, que hasta entonces había estado mirando fijamente por la ventanilla, empezó a reírse como una histérica.
—Es verdad —convino—. No hay lugar en el que puedas sentirte a salvo del Alemán.
—Jamás debería haber venido a esta isla —se lamentó Julia.
—Yo tampoco —dijo Amelie.
Intercambiaron una breve mirada y no pudieron evitar reírse de nuevo.
—¿Os estáis burlando de mí? —dijo una voz llorosa desde el asiento trasero. Al parecer, Tanja se había despertado.
—No, no —le aseguró Julia a la ex de su hermano—. Sigue durmiendo. Todo va bien.
«Ojalá fuera cierto», pensó mientras Tanja se dejaba caer contra el asiento trasero.
—¿Por qué nos la hemos llevado? —le dijo a Amelie en voz baja.
—Mira que preguntarlo precisamente tú —respondió esta, riendo—. ¿Quién de nosotras es la madre Teresa? —dijo, y, al ver que Julia no contestaba, añadió—: No podíamos dejarla con Jens. La habría hecho picadillo.
—Pues ahora quizá sean esos palmeros los que lo hagan picadillo a él.
—¿Y? ¿Me estás diciendo que te da pena?
—Realmente no sabía que pudieras ser tan cruel.
—Si vuestro padre le hubiera pegado algún azote en el trasero de vez en cuando, hoy sería un poco más soportable.
—No estaba nunca en casa.
—Pues ya lo ves.
—Y, para nuestra madre, Jens era una especie de semidiós.
—Lo que yo te decía.
—Pero eso no te impidió liarte con él...
—Bueno, ya basta —la interrumpió Amelie—. Todas las mujeres podemos equivocarnos alguna vez.
Julia evitó mencionarle que hasta el momento se había equivocado cada vez que se había fijado en un hombre. En lugar de eso, decidió concentrarse en el camino de vuelta a casa.