9. La nueva huésped #3
—¿Que qué me pasa? —dijo Julia, soltándose el moño con el que se había recogido el pelo y amasándose el cuero cabelludo—.
Que necesito un cambio de aires. Nos hemos pasado el fin de semana trabajando, ha llegado el momento de divertirse un poco.
Mañana tengo la jornada libre y podré dormir hasta la hora que me apetezca.
Y dentro de pocos días tú te marchas. Bueno, ¿qué me dices? ¿Te apuntas?
—Pues claro que sí —respondió Amelie—. Dame cinco minutos y estaré lista para explorar contigo la vida nocturna de La Palma.
—Seguro que la conoces mejor que yo —comentó Julia con un tono que sonó algo seco—. Estoy convencida de que Jens te invitó a más de una discoteca.
Sin embargo, Amelie actuó como si no hubiera oído nada. En lugar de responder, subió rápidamente a su habitación.
Poco rato después, recién duchadas y arregladas, subieron al coche de Julia y se marcharon.
Pusieron un CD con la música de Ima Galguén, la cantante palmera que tanto le gustaba a Julia.
Todavía hacía calor, por lo que bajaron las ventanillas y condujeron cantando a pleno pulmón por la carretera de la costa en dirección sur.
Julia no recordaba cuándo había sido la última vez que se había sentido tan alegre y esa noche no quiso pensar en nada: ni en Jens, ni en el asunto del pescado, ni siquiera en Álvaro y el motivo por el que de repente las cosas se habían complicado tanto entre ellos dos.
«No te preocupes», le había dicho él, y se había propuesto hacerle caso.
La puesta de sol encendió el cielo sobre el Atlántico.
Parecía que estuviera en llamas, teñido con innumerables tonos de amarillo, naranja y rojo.
El mar parecía de oro líquido. Incluso el coche de Julia parecía recubierto de aquel brillo sobrenatural, porque relucía como una joya.
Las dos amigas quedaron absortas por la balada que sonaba por los altavoces, acentuando el ambiente solemne que se había apoderado de ellas.
Julia sentía una paleta completa de emociones: gratitud por poder vivir en un lugar tan maravilloso.
Anhelo por Álvaro, al que de repente sentía inexplicablemente lejano.
Melancolía por la idea de tener que despedirse pronto de su amiga.
Pero, por encima de todo, una felicidad incontenible por las dos semanas que llevaba al frente de su propio restaurante, que había tenido un inicio de lo más satisfactorio.
Era una mezcolanza de emociones que, a pesar de la confusión, le hizo tomar consciencia del tiempo que llevaba sin sentir su propia existencia con tanta intensidad.
Y se dio cuenta de que la vida era indescriptiblemente hermosa y valiosa, y de que en el fondo solo se trataba de recordarlo de vez en cuando.
Entonces le sonó el móvil.
—¿Quieres que lo coja? —preguntó Amelie, girándose hacia el asiento trasero y buscándolo dentro del bolso de Julia.
De buenas a primeras, ella se planteó decirle que no. No quería que nada perturbara aquel momento tan especial. Pero luego se le ocurrió que podría ser Álvaro quien intentaba contactar con ella.
—Mira primero en la pantalla quién llama —le pidió.
—Es Fayna —dijo Amelie cuando por fin encontró el teléfono.
De repente un mal presentimiento se apoderó de Julia. Se había olvidado por completo de ella y de lo preocupada que estaba por su bebé.
—Contesta, sí —le pidió a Amelie mientras bajaba la música.
Su amiga le hizo caso y puso el móvil en modo altavoz.
—Soy yo —dijo la voz de Fayna. Sonaba débil, ni mucho menos tan temperamental y animada como de costumbre—. Acabamos de volver a casa de la clínica.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Julia con inquietud.
—El bebé está bien —la informó Fayna, y ella percibió claramente cómo Amelie respiraba aliviada a su lado.
—Gracias a Dios —respondió. De repente fue consciente de que había contado con lo peor. Sin embargo, siendo así, ¿por qué Fayna sonaba tan abatida?—. Entonces todo bien, ¿no?
Ella no contestó enseguida.
—De momento sí —dijo al fin—. Es solo que...
Julia le lanzó una mirada alarmada a Amelie.
—¿Hay algún problema? —preguntó.
—El médico dice que necesito reposo.
—Sí, yo también creo que es una buena idea —respondió Julia aliviada—. Acuéstate, Fayna. De todos modos, mañana tienes el día libre. Y si necesitas descansar más tiempo...
—Julia —la interrumpió Fayna en un tono de voz desesperado—. Dice que debo guardar reposo durante todo el embarazo. Al parecer, tengo algún problema en el útero. Podría perder el bebé.
El juego de colores del cielo se mitigó como si allí arriba alguien hubiera apagado poco a poco las luces, y con ello se desvaneció también el ambiente mágico que había reinado hasta el momento dentro del coche. Julia se detuvo en un aparcamiento y apagó el motor.
—No puedes arriesgarte —dijo cuando hubo recuperado el habla.
—¿Y qué pasará con el restaurante?
—Ya encontraré a alguien —respondió Julia con determinación—. Tú no te preocupes por eso. Lo más importante es que tanto tú como el bebé estéis bien. ¿Tienes a alguien que pueda hacer las tareas de la casa por ti?
—Pues todavía no había pensado en eso —respondió Fayna—. Tendré que hablar con mi madre. Y con mi tía Maribel. Ay, Julia, ¿es que tú me ves pasando semanas sin levantarme de la cama?
Julia soltó una carcajada exenta de alegría. Se lo imaginaba como algo terrible, sobre todo teniendo en cuenta la vitalidad que la caracterizaba.
—Ya verás como el tiempo se te pasa volando —dijo para intentar consolarla—. Antes que nada, descansa. Estar todo el día en una clínica es agotador.
A continuación, se oyeron claramente unos cuantos sollozos.
—Gracias —dijo Fayna—. De verdad, eres... un sol. Pero me siento fatal dejándote colgada de este modo.
—Ni lo menciones —le pidió Julia—. Al fin y al cabo, no es culpa tuya. Cuídate, todo irá bien. Unos cuantos meses no son nada comparados con la vida que tendrá por delante tu bebé. Ahora tómatelo con calma y déjate mimar por tu marido.
Dicho esto, se despidió de Fayna y dieron por terminada la conversación.
—¿Todavía quieres salir de fiesta? —preguntó Amelie, mirando a Julia de reojo con preocupación. Esta respiró hondo, enderezó la espalda y arrancó el motor de nuevo.
—Ahora más que nunca —dijo, y volvió a incorporarse a la carretera.