Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 9. La nueva huésped #2
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9. La nueva huésped #2

—No, qué va. A las siete llegan los siguientes comensales.

Ese día Julia no volvió a verle el pelo a Tanja, por lo que supuso que se habría acostado temprano.

Al fin y al cabo, había aparecido a primerísima hora de la mañana, y no quería ni imaginar lo que habría sucedido en casa de su hermano esa noche para que la joven hubiera tomado la drástica decisión de hacer las maletas y marcharse.

—Puede que mañana ya se hayan reconciliado —comentó Amelie mientras, igual que la noche anterior, se tomaban un gin-tonic tranquilamente sentadas en la roca que quedaba por encima del jardín de sal.

—Ni idea —respondió Julia, tendiéndose sobre la piedra, que había almacenado el calor del día.

La capa de nubes por fin se había despejado y las primeras estrellas empezaban a relucir en el cielo.

Julia se sentía terriblemente agotada y, sin embargo, también estaba demasiado alterada para poder dormir.

Tendría que acostumbrarse a echarse una siesta entre el turno de mediodía y el de la noche.

O dormir hasta un poco más tarde por las mañanas.

Aunque eso era más fácil decirlo que hacerlo, porque cada día aparecía gente a primera hora por un motivo u otro.

—El martes que viene vuelvo a casa, por cierto —le dijo Amelie de repente. Julia se incorporó de nuevo sobresaltada.

—¿Qué? ¿Ya? —preguntó decepcionada—. ¿Por qué te marchas tan pronto?

—Las vacaciones están muy bien —respondió Amelie—. Pero viéndote me han entrado ganas de volver a trabajar.

—Si no hace ni dos semanas que estás aquí —objetó Julia. De repente se dio cuenta de lo bien que le sentaba tener a su amiga tan cerca—. ¿Has recibido ya alguna oferta?

Amelie no contestó enseguida, como si tuviera que pensar cuál era la mejor manera de responder.

—Bueno, una de tu ex, de hecho.

—¿Mi ex? ¿No te referirás a Alain?

—Pues sí —respondió Amelie—. El que tuvo la crueldad de casarse con la hija del propietario de aquel hotel de Grenoble en lugar de planear un futuro contigo. Resulta que es uno de los mejores del mundo y buscan jefe de sala para el restaurante.

A Julia le costó asimilarlo.

—Ya te han dado el puesto, ¿verdad? —preguntó.

—Antes quieren conocerme personalmente, por supuesto. El miércoles tengo una cita con ellos.

Una gran tristeza se apoderó de Julia. Hacía siete años que eran amigas y sabían a la perfección cuáles eran las fortalezas y las debilidades de la otra.

Allí, en La Palma, no conocía bien a nadie más allá de Álvaro y Maribel, con la que había trabado una amistad algo más estrecha, pero, aun así, no era comparable a conocer a alguien desde hacía años.

—No te lo tomarás mal, ¿verdad? —preguntó Amelie preocupada.

—No, claro que no —contestó Julia, esforzándose para que no se notara la decepción que se acababa de llevar.

Sin embargo, le costaba aceptar que su amiga fuera a trabajar precisamente para el hombre que tiempo atrás le había roto el corazón.

Ella y Alain habían sido pareja durante tres años; él era un excelente pastelero y ella, una cocinera en auge que ya por aquel entonces gozaba de grandes perspectivas.

Habían querido montar un negocio propio juntos, pero luego Alain aceptó una oferta en Grenoble y un año más tarde se casó con la hija del propietario del hotel.

Julia había tardado mucho tiempo en superarlo.

Por otro lado, ¿acaso no había dejado de importarle?

Efectivamente. La relación que mantenía con Álvaro era mucho más profunda que la que había vivido con Alain—.

¿Cómo voy a enfadarme contigo? —prosiguió—.

Sin duda será un puesto genial para ti. Jefa de sala.

Chapeau! Espero que Alain sea listo y te contrate de inmediato.

Esa noche Julia estaba demasiado cansada para preocuparse y durmió como un lirón, lo que no estuvo nada mal, puesto que el fin de semana prometía ser agotador.

Tenía todas las mesas reservadas tanto el sábado por la noche como el domingo, lo cual era más de lo que cabía esperar dos semanas después de haber inaugurado el restaurante.

El sábado transcurrió sin incidentes, aunque todos tuvieron que dar lo mejor de sí mismos.

Julia careció de tiempo para pensar en Álvaro y en su enigmática misión.

Tanja mantuvo su palabra y echó una mano, aunque muchas cosas no las hacía al gusto de Julia, por lo que esta tuvo que supervisarla en todo momento.

Para ser alguien a quien no le gustaba cocinar, tal como ella misma le había contado en el pasado, la verdad es que se esforzó mucho.

—Mañana solo abrimos a mediodía —le hizo saber Julia—. Tendrás la noche libre y el lunes también.

Un grupo numeroso había reservado el restaurante entero el domingo para celebrar un cumpleaños redondo con sesenta y cuatro personas.

Entre todos juntaron las mesas y añadieron unas cuantas más para la ocasión.

Julia había acordado el menú con el homenajeado, lo que simplificó mucho las cosas en la cocina.

Sin embargo, cuando Fayna apareció hacia las once y media, como de costumbre, parecía pálida y nerviosa, y Julia la llevó aparte para preguntarle cómo estaba.

—Esta noche he sangrado —confesó al fin.

—Entonces deberías ir al médico sin falta —respondió Julia asustada.

—¿Hoy? ¿En domingo? —exclamó Fayna claramente preocupada—. Además, ya ha parado. Seguramente no significa nada.

—Eso tendrá que juzgarlo un especialista —objetó Julia—. Si quieres, Tanja puede llevarte al hospital de Santa Cruz.

—¿Y quién se encargará del servicio si yo no estoy? Tina no podrá con todo ella sola.

—Le pediré a Amelie que me eche una mano —propuso Julia—. Tu salud y la del bebé son lo primero.

Fayna soltó un profundo suspiro. Julia se imaginaba lo que debía de estar pasando la joven entre la preocupación y el sentido del deber. Solo después de que Amelie hubiera aceptado encargarse del servicio, se resignó a volver a casa para que su marido la acompañara al hospital.

—Todo irá bien —dijo Julia para intentar animarla—. Pero vale la pena asegurarse.

Pensativa, volvió a entrar en la cocina, donde Paola ya estaba preparando los ingredientes para el primer plato.

—¿A qué hora llegan los comensales? —preguntó Amelie, controlando la mesa ya puesta.

—A las dos —respondió Julia—. ¿Te las apañarás sola o quieres que llame a Tina?

—¿Me lo preguntas en serio? —dijo Amelie, riendo—. Podría hacerlo con una mano atada a la espalda, ya lo sabes. ¿Qué vino habrá?

Julia se disponía a enseñárselo todo cuando apareció Tanja. Al parecer, había dormido hasta hacía poco: todavía tenía las sábanas marcadas en la mejilla.

—¿Me necesitáis? —preguntó.

Julia negó con la cabeza.

—Eres muy amable al preguntarlo —dijo, cogiendo aire para decirle lo que tenía en mente—. La verdad es que prefiero que te marches de excursión y no vuelvas hasta tarde. Los invitados de hoy no pueden ver a Jens, y siendo tú su pareja...

—¡Pero si me he separado de él! —exclamó Tanja indignada.

—Bueno, pero eso la gente no lo sabe —intentó aclararle Julia—.

Sin duda todavía tiene que correrse la voz.

Y es probable que te sigan relacionando con mi hermano durante bastante tiempo.

Así son las cosas en una isla tan pequeña.

Por favor, no me lo pongas más difícil; es mejor que no te vean por aquí.

Tanja se puso colorada y Julia no supo interpretar si era de vergüenza o de rabia.

—Julia ya tiene suficientes problemas por culpa del Alemán —intervino Paola—. Con solo pensar en cómo se presentó aquí con aquel autobús repleto de turistas...

—¿Por qué no vas a la playa? —propuso Julia, y se centró de nuevo en su trabajo.

—No me parece justo que se me juzgue por lo que hace Jens —se quejó Tanja.

—Bienvenida al club —se limitó a responder Julia—. Tengo el mismo problema que tú por el mero hecho de ser su hermana. Al menos en tu caso la gente acabará aceptando que ya no estáis juntos. A más tardar, cuando estés con otro hombre. Yo, en cambio, seguiré siendo siempre su hermana.

Todas respiraron aliviadas cuando Tanja metió su bolsa de playa en el coche y se marchó.

—No me gusta decirlo —comentó Amelie mientras tomaban un tentempié juntas antes de que llegaran los comensales—, pero eres demasiado bondadosa.

—Vamos, déjalo ya —murmuró Julia con tristeza.

—Nuestra Julia tiene buen corazón —la defendió Paola mientras se servía una generosa ración de lasaña de verduras—. Además, nadie cocina mejor que ella —añadió con una amplia sonrisa—. Créeme, te aseguro que es un gran cumplido que una española diga algo así de una alemana.

El comentario hizo reír incluso a Julia, lo que contribuyó a recuperar el buen humor que solía reinar en la cocina.

Ese día Julia se dio cuenta una vez más de lo bien que se compenetraba con Amelie.

Tantos años trabajando juntas habían servido para que hubiera entre ellas una confianza tal que a menudo no eran necesarias ni las palabras.

Todo salió a la perfección, el ambiente entre los comensales fue excelente y, tras un menú muy logrado, cuando Julia invitó a una ronda de Ron Aldea y entregó al octogenario homenajeado una caja de selectos puritos de una fábrica de la isla, se ganó el corazón de todos los presentes.

Hacia las siete de la tarde, los últimos invitados salieron del Mesón Flor de Sal muy animados. Paola ya hacía dos horas que se había marchado, relevada por Devi y Carmen, que en esos momentos se encargaban de ayudar a recogerlo todo y dejar el restaurante reluciente una vez más.

—Oye —le dijo Julia a Amelie cuando ya no les quedaba nada por hacer—, ¡salgamos de fiesta esta noche!

—¿Salir? —preguntó su amiga, mirándola como si le hubiera propuesto volar hasta la luna.

—¡Sí! Iremos a Santa Cruz y nos dejaremos llevar un poco.

—Tardaremos al menos una hora y media en llegar —objetó Amelie.

—Bueno, pues entonces podríamos ir a Tazacorte. Nos sentamos en un chiringuito junto a la playa y nos emborrachamos con cócteles sin alcohol. Aunque tú no tienes por qué conducir.

—¿Qué te pasa? —quiso saber Amelie.