9. La nueva huésped
LA NUEVA HUÉSPED
Julia permaneció despierta mucho rato, mirando fijamente hacia la oscuridad.
Esa noche apenas refrescó, pero, de todos modos, tampoco habría podido pegar ojo.
No paraba de darle vueltas a la cabeza. Pensaba en Álvaro y en su misterioso comportamiento, en las dos embarcaciones que había visto con Amelie, en Diego y luego de nuevo en Álvaro y en la discusión que habían tenido.
Cuando consiguió romper esa espiral, empezó a preocuparse por cómo iba a conseguir buen pescado de una vez, y se imaginó a Nevady escribiendo las peores críticas posibles sobre el Flor de Sal.
En algún momento debió de quedarse dormida, porque la despertaron los ladridos de Amo. Eran poco más de las seis y Julia se preguntó quién se presentaba a esas horas.
Se puso la bata por encima del camisón y fue a ver.
Para su asombro, resultó ser Tanja, la pareja de su hermano, a la que no veía desde hacía una eternidad.
Como de costumbre, la veinteañera alta y rubia llevaba unos vaqueros ajustadísimos y una camiseta que, en opinión de Julia, al menos le iba una talla demasiado pequeña, lo que realzaba sus formas femeninas y dejaba ver el piercing que llevaba en el ombligo.
Se apresuró a llamar a Amo, que no paraba de ladrar con el pelaje erizado para impedir que Tanja entrara en el patio.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó asustada. ¿Le había sucedido algo a su hermano? ¿O a Emil?
—Me he separado de Jens —dijo Tanja, mirando con indecisión a Amo, que seguía gruñéndole entre las piernas de Julia.
Luego observó la gran casa principal de dos plantas y el suntuoso portal.
—¿Puedo vivir contigo durante un tiempo?
Julia se quedó sin habla. Tanja solo se había mostrado simpática con ella en contadas ocasiones, pero por lo general les había dado a entender tanto a ella como a Emil que no eran bienvenidos. Le parecía incomprensible que acudiera a ella precisamente en esos momentos para pedirle algo así.
—Esto... La verdad es que me pillas por sorpresa —balbuceó.
—Solo será poco tiempo —se apresuró a aclarar Tanja, y a Julia le desconcertó todavía más ver cómo le temblaba el labio inferior—. Es que no se me ocurría ningún otro lugar al que acudir —añadió.
—¿No tienes amigas? —preguntó Julia, intentando no parecer antipática. Sin embargo, le resultaba inverosímil que la pareja de Jens no pudiera contar con nadie más que ella en la isla.
—Jens las ahuyentó a todas —respondió Tanja, haciendo verdaderos esfuerzos por controlarse—. Y yo fui tan tonta que... —empezó a decir, y comenzaron a caerle las lágrimas—. Las dejé a todas de lado por él —confesó entre sollozos—. Primero a mis amigas. Luego mi trabajo. Y ahora...
Julia gimió para sus adentros. Solo le faltaba eso.
—Vamos, antes que nada, entra —se obligó a decir, y regañó a Amo al ver que empezaba a gruñir más fuerte todavía, como si la decisión que había tomado su dueña no le pareciera precisamente una buena idea—. Seguro que no has ni desayunado, ¿verdad? Yo tampoco. Es mejor que empecemos por ahí.
Hizo entrar a Tanja en la cocina y comenzó a preparar café. Mientras tanto, la exnovia de su hermano le contó cómo habían ido las cosas. Que Jens llevaba meses engañándola. Y que ella se había hartado de que la tratara tan mal.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —le preguntó Julia mientras llenaba las tazas de café caliente y aromático—. Quiero decir a largo plazo.
Tanja guardó silencio, se limitó a soplar con tristeza el líquido y se encogió de hombros. Murmuró algo sobre que primero debía encontrarse a sí misma.
—¿Jens sabe que has venido aquí?
Tanja negó con la cabeza.
—Para serte sincera —empezó a decir Julia, sentándose frente a ella—, no me parece adecuado que te alojes con nosotros.
Ya sabes que mi hermano y yo no nos llevamos bien, y tu presencia aquí no contribuirá precisamente a mejorar las cosas.
Además, este no es solo mi hogar, sino también el de Emil.
¿Cómo crees que reaccionará cuando te vea aquí? Supongo que ya te lo puedes imaginar.
—¿Por qué? —preguntó Tanja, mirándola a los ojos con actitud desafiante—. Al fin y al cabo, él se apalancó en nuestra casa sin que nadie me pidiera mi opinión.
—No se apalancó allí; Jens es su padre —la contradijo Julia con determinación—. En su momento tú decidiste convivir con un hombre que ya tenía un hijo.
—La condición que puse desde el principio fue que yo no tendría nada que ver con el chico.
—Pero las cosas no son tan sencillas —dijo Julia cada vez más furiosa—. En la vida no podemos quedarnos solo con lo que más nos conviene. Jens es el responsable de su hijo. Y tú, siendo su pareja, tenías que respetarlo.
Tanja bajó la cabeza. A Julia de repente le pareció desesperada e increíblemente joven. Y de algún modo la vio muy perdida.
—¿Significa eso que no puedo vivir aquí?
Julia tragó saliva. Tenía el corazón demasiado grande para dejar a alguien de patitas en la calle.
En condiciones normales ya habría dicho que sí desde hacía rato, y seguramente, si no se hubiera tratado ni más ni menos que de Tanja, le habría ofrecido la habitación pequeña que había junto a la de Amelie y que estaba vacía.
«Cielos», pensó. Amelie y Jens, no había contado con eso...
—¿Qué haces levantada tan temprano?
Su amiga apareció por el umbral de la puerta en camisón y con el pelo revuelto. Su mirada se posó en Tanja.
—Ay, pensaba que estabas sola.
Julia contuvo el aliento, temiendo que Tanja la reconociese como una de las amantes de Jens y se desencadenase una discusión. Sin embargo, no sucedió nada. Al parecer, no habían llegado a encontrarse en ningún momento.
—Esta es Tanja —dijo para presentarlas—. Amelie, mi amiga de Alemania. Nos conocemos de haber trabajado juntas en restaurantes. Y Tanja es..., bueno, era la pareja de Jens.
—¡Oh! —se le escapó a Amelie en un tono demasiado estridente, aunque luego consiguió controlarse—. Menuda sorpresa de buena mañana —se apresuró a añadir, y se marchó de nuevo con el pretexto de que tenía que ducharse.
En la cocina se hizo el silencio. Julia y Tanja se quedaron calladas, sentadas una frente a la otra, observando fijamente las tazas de café. Al final Tanja se puso en pie.
—Será mejor que me marche —dijo.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Julia. La joven se encogió de hombros con obstinación y miró por la ventana—.
Se me ocurre una idea —prosiguió, dejando una libreta de espiral y un bolígrafo sobre la mesa—.
Siéntate y escribe una lista con toda la gente que conoces.
Mientras tanto, yo prepararé algo para desayunar.
¿Qué prefieres? ¿Muesli o una tostada? Luego pensaremos dónde podrías vivir.
Se volvió hacia los fogones esperando que hubiera alguien en la vida de Tanja dispuesto a acogerla. No obstante, cuando hubo puesto la mesa, la hoja seguía en blanco.
—Por favor —dijo Tanja con una mirada que habría sido capaz de ablandar a una piedra—. Te ayudaré. Ya lo verás, puedo quitarte trabajo.
—¿A qué te refieres?
—A cualquier cosa —insistió Tanja.
—¿También a pelar patatas, cortar cebollas, vaciar la basura, limpiar la freidora, barrer el patio...?
—Cualquier cosa —repitió Tanja esperanzada.
—Y, cuando venga Emil, ¿serás amable con él?
—¡Por supuesto!
—¿Y solo será por poco tiempo?
—En cuanto encuentre otra cosa, me marcho.
Julia suspiró para sus adentros.
—De acuerdo —dijo al fin.
—¡Gracias!
El alivio de Tanja fue evidente. Julia esperaba no tener que lamentar aquella decisión.
—Bueno, pues ven conmigo —dijo resignada—. Te mostraré tu cuarto.
—Dime que no es cierto.
Amelie se quedó mirando el techo con los ojos desorbitados, y es que Tanja había ocupado la habitación contigua a la suya.
—¿Por qué? —preguntó Julia con una sonrisa mientras pasaba el caldo de ternera por un filtro—. Al fin y al cabo, tenéis algo en común. Las dos os habéis acostado con mi hermano.
—¡Julia! —siseó Amelie horrorizada—. No debe enterarse bajo ningún concepto.
—Por supuesto que no —respondió ella—. Solo será por poco tiempo. ¡No podía echarla sin más!
—Creo que eres la persona más generosa que conozco.
—Ha prometido ayudarme —explicó Julia mientras sacaba de la despensa un saco de cinco kilos de cebollas—. Enseguida podrá demostrar si lo decía en serio o no porque hoy habrá sopa de cebolla.
—De acuerdo, tan generosa no eres —dijo Amelie con una sonrisa—. Cinco kilos. Se hartará de llorar.
A la hora de la verdad, Tanja se comportó y peló todas las cebollas sin quejarse ni una sola vez.
Aceptó que Julia le enseñara cómo quería que las cortara y, aunque tardó al menos el doble de tiempo que Paola y lloró hasta gastar dos paquetes de pañuelos de papel, no paró hasta que terminó la tarea encomendada.
Luego Julia la mandó un cuarto de hora al jardín para que se recuperara, le hizo traer varias cajas de agua mineral y le confió una verdadera montaña de lechuga para que la limpiara a fondo y la troceara.
Sabía por experiencia que la mera cantidad de ingredientes que se procesaban en la cocina de un restaurante solía tener un efecto desmoralizador en los principiantes, pero Tanja le había dicho que estaba dispuesta a ayudarla, así que le tomó la palabra.
Cuando llegaron los primeros comensales, ya parecía tan agotada que Julia solo le encargó tareas menores, como picar hierbas, pelar tomates, blanquear y pelar almendras y triturar especias con un mortero.
—No —la corrigió con paciencia—. No aplastes los granos de pimienta, hay que molerlos con suavidad. Se hace así por el aroma, el resultado es completamente distinto.
—Pero es más laborioso —objetó Tanja en voz baja.
—Puede ser —replicó Julia con una sonrisa—. Pero, con tal de complacer a nuestros clientes, no hay tarea demasiado laboriosa.
Hacia las cuatro, cuando todavía quedaban unos pocos comensales sentados en el patio, Julia por fin le dio permiso para salir.
—Para ser el primer día, ya has trabajado suficiente —le dijo en tono afable.
—O sea, ¿que ya se ha terminado por hoy? —preguntó Tanja aliviada.
Julia se rio.