Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 8. Barcos por la noche #3
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8. Barcos por la noche #3

Julia guardó silencio. Ya no sabía qué pensar.

Sin duda había sido un día muy largo y repleto de sorpresas desagradables.

Los Nevady se habían despedido con palabras amables y elogiosas, pero, de todos modos, tenía la impresión de que su propuesta no había terminado de convencer al crítico.

¿O tal vez solo eran imaginaciones suyas?

Después de leer el mensaje de Álvaro, le había costado mucho concentrarse en el trabajo.

Y, aunque Fayna y Amelie le aseguraron varias veces que el postre a base de sorbete de guayaba y el fenomenal turrón de miel y almendras era insuperable, no conseguía quitarse de encima la sensación de haber fracasado.

—Mañana volverá y todo se resolverá —le repitió Amelie para intentar consolarla. Julia se preguntó de dónde sacaba tanta confianza su amiga, precisamente ella, cuando todas sus relaciones habían fracasado estrepitosamente—. Mira —dijo, interrumpiendo sus cavilaciones y enderezando la espalda.

Julia también lo vio. Dos luces se movían poco a poco frente al acantilado, acercándose cada vez más.

—Son las luces de posición de un barco —dijo en voz baja.

—¿Y si son contrabandistas?

—Deben de ser pescadores —opinó Julia. ¿Y si era Diego? Por lo que sabía, Abián y sus compañeros pescaban más hacia el oeste.

El barco pasó entre las dos rocas que se alzaban frente al jardín de sal, y Julia se preguntó si no era una maniobra demasiado peligrosa.

Al fin y al cabo, aquella zona estaba considerada un buen lugar para el buceo, lo que significaba que bajo el agua también había rocas y arrecifes que servían de hogar a peces y otros animales marinos.

Las luces se acercaron cada vez más a la bahía sobre la que se encontraba la salina, y Julia tuvo que ponerse en pie y acercarse al extremo más prominente de la roca, que en cierto modo parecía la proa de un barco, para poder ver la embarcación.

—Ten cuidado, no te caigas —le advirtió Amelie, quedándose un metro atrás por prudencia.

—Es increíble —murmuró Julia—. Sea quien sea quien esté al timón, debe de conocer el lugar al dedillo —dijo, y le vino a la cabeza una idea descabellada.

¿Y si era Álvaro? Sin embargo, la descartó de inmediato.

¿Por qué tendría que ponerse en peligro en plena noche solo para ver el jardín de sal desde abajo?

—Ahí viene otro —exclamó Amelie.

Era una lancha rápida, y Julia se dio cuenta enseguida de que formaba parte de la flota de Medio Ambiente, dedicada a la protección marina.

—Ese es Toto o uno de sus compañeros —dijo.

La lancha atrapó a la otra embarcación con sus reflectores y se dirigió hacia ella.

En ese momento se vio claramente que no se trataba de un barco de pesca ni mucho menos, sino de un pequeño yate deportivo moderno.

De inmediato salió de la bahía del jardín de sal y se alejó hacia el oeste haciendo rugir el motor.

Por un instante pareció como si la lancha de Medio Ambiente fuera a seguirlo, pero entonces se giró y volvió por donde había venido.

Julia y Amelie continuaron oyendo los motores durante un rato hasta que se perdieron en la lejanía y se impuso de nuevo la calma.

—¿Qué ha sido todo eso? —preguntó Amelie.

—No tengo ni idea —respondió Julia confundida.

¿A quién se le podía ocurrir navegar a aquellas horas por esa costa en un yate tan caro?

Y, además, se notaba que conocía bien la zona.

¿Quién estaba tan interesado en el entorno del jardín de sal?

—. Vamos a dormir —propuso con resignación—.

Mañana es viernes, para mucha gente empieza el fin de semana.

Por la noche ya lo tenemos todo reservado.

—Deberías tomarte otro día libre cada semana —opinó Amelie, mientras iluminaba con su móvil los escalones de roca que llevaban hasta el jardín—. A la larga no podrás continuar a este ritmo si no encuentras a otra persona para que te ayude en la cocina.

Julia soltó un leve gemido. Seguramente tenía razón. Tal vez debería pensar en ello. No obstante, temía que un restaurante que los turistas encontraran cerrado con demasiada frecuencia dejara de ser considerado una opción. Y, por mucho que quisiera, no podía permitirse contratar a otro cocinero.

Estaban entrando en la casa por la puerta del jardín cuando oyeron unos pasos en el patio.

—¡Hay alguien! —exclamó Amelie tan asustada que se aferró al brazo de Julia con las dos manos.

A ella también se le aceleró el corazón, pero entonces cayó en la cuenta de que Amo sin duda habría ladrado si algún desconocido se hubiera colado en la finca.

Por eso respiró hondo, encendió la luz del patio y la del restaurante, y fue a ver quién era.

Abrió el portal de golpe. Delante de ella se encontró a Álvaro, seguido alegremente por Amo.

—Dios mío —exclamó Amelie en un tono casi histérico—. ¡Nos has dado un susto de muerte!

—Lo siento —gruñó Álvaro, y se dispuso a pasar de largo hacia la casa.

—Me alegro de que hayas vuelto —dijo Julia en voz baja, acariciándole el brazo—. ¿No me habías escrito para decirme que pasarías la noche fuera?

—Me ha llamado Toto —replicó Álvaro—. Al parecer, había un intruso en la bahía.

—Hemos visto el barco —explicó Amelie alborotada—. Y luego ha llegado otro y lo ha perseguido.

Álvaro no respondió. Se limitó a cruzar el restaurante apresuradamente hasta el pasillo y pronto se oyeron sus pasos por la escalera de madera mientras subía al piso superior.

—Hazme un favor, déjanos solos —le pidió Julia a su amiga antes de seguirlo.

Lo encontró en el dormitorio que compartían, arrodillado frente al armario y sacando varias prendas. Dejó la mayor parte de ellas en el suelo. A su lado había una bolsa de viaje abierta en la que había metido ya ropa interior y unas cuantas camisetas.

—¿Te vas de casa? —preguntó Julia, y tuvo que aclararse la garganta de lo ronca que le sonó la voz.

Álvaro se volvió hacia ella, sorprendido.

—No, por supuesto que no —replicó—. ¿Tú quieres que me vaya?

—No —respondió Julia enérgicamente—. Lo único que quiero es que volvamos a llevarnos bien. He devuelto el pescado de buena mañana, ¿sabes? Porque, antes que nada, quería aclarar las cosas contigo tranquilamente.

—¿Qué pescado? —preguntó Álvaro. Se le veía distraído, se había girado de nuevo hacia el armario y, al parecer, no la escuchaba del todo.

—¿Podríamos hablar, por favor? —le pidió Julia desesperada.

Álvaro se volvió otra vez hacia ella. Estaba cansado y agitado, y a Julia le pareció descubrir nuevas arrugas de preocupación en su rostro.

—No es un buen momento —dijo tratando de sonar neutral—. Toto pasará a recogerme enseguida. Tenemos que salir con el barco a comprobar una cosa.

—¿En plena noche? —preguntó Julia asustada—. ¿No es peligroso?

Al oírlo, el rostro de Álvaro mostró por fin aquella sonrisa que tanto le gustaba.

—No te preocupes por mí, cariño. Nadie maneja los barcos por esta isla con tanta seguridad como Toto. Tenemos que investigar ese asunto, nos da mala espina. Por eso no podemos perder más tiempo.

Dicho esto, se volvió de nuevo hacia el armario y por fin encontró lo que estaba buscando: un traje de neopreno, aletas, escarpines y gafas. Un traje de buceador completo. Lo metió en la bolsa y guardó las otras cosas en el armario. Luego se dispuso a marcharse.

—No me esperes —dijo cuando ya casi había llegado a la escalera—. Puede que tarde uno o dos días en volver. Pero no tienes de qué preocuparte. Cuando regrese, te lo explicaré todo.