Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 8. Barcos por la noche #2
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8. Barcos por la noche #2

Con una leve reverencia, Julia se retiró de nuevo a la cocina.

—¿Serías tan amable de pedirle a mi amiga Amelie que venga? —le dijo a Paola—. Está sentada ahí fuera, en el jardín.

Acto seguido, abrió la puerta del frigorífico.

El aire helado se condensó y la envolvió como una nube de niebla.

«Alcachofas —pensó—. Naranjas sanguinas, higos y queso fresco de cabra».

Por suerte, el día anterior había preparado un maravilloso sorbete con una cesta de guayabas que, junto con el turrón de miel y almendras, remataría a la perfección el menú, en el que había utilizado las flores de sal más exquisitas de la salina de Álvaro.

—¿Qué se quema? —preguntó Amelie, entrando en la cocina con un brillo entusiasta en los ojos.

—¿Puedes echarme una mano? —le preguntó Julia—. ¿Excepcionalmente?

—¿Por qué? ¿Qué ocurre? ¿Han venido a comer los reyes de España?

Julia se rio.

—Más o menos. ¿Te acuerdas de Gerald Nevady, el crítico gastronómico?

A Amelie se le heló la sonrisa en los labios.

—¿Está aquí?

—Con su esposa. Y no le ha sentado muy bien que no tuviera pescado. Acabo de prometerles un menú sorpresa de cinco platos. ¿Me ayudas? Paola no podrá sola. Sé que estás por encima de esto, pero...

—Por supuesto. ¿Qué quieres que haga? —preguntó, cogiendo ya uno de los delantales del gancho. Se lo puso y se lavó las manos a conciencia con agua caliente.

—Bueno: el entrante —improvisó Julia, sacando del fri­gorífico unos recipientes herméticos con varias salsas que había preparado por la mañana—.

Alcachofas laminadas y asadas en leña de almendro con filetes de naranja sanguina, bálsamo de mostaza y miel y flor de sal —enunció, tendiéndole a Amelie seis alcachofas diminutas del tamaño de pelotas de tenis—.

¿Puedes limpiarlas? Aquí tienes el cuchillo.

—Ha pasado bastante tiempo desde la última vez —comentó Amelie de buen humor, cogiendo uno de los cuchillos superafilados de Julia—. Pero supongo que esto será como ir en bicicleta.

Todo salió a pedir de boca. En cuanto Amelie terminó de pelar los corazones de alcachofa, de apenas un centímetro de grosor, Julia los aplastó cuidadosamente entre dos tablas de madera, los roció con aceite de oliva, atizó las brasas del horno de leña y los colocó sobre una rejilla.

A continuación, fileteó una naranja sanguina y, con la ayuda de unas pinzas, enrolló la cáscara confitada de un limón de su propio jardín, volteó las alcachofas y colocó tres en cada plato.

Adornadas con el rojo intenso de los filetes de naranja sanguina, la cáscara de limón confitada y unas perlas de bálsamo de mostaza y miel, parecían realmente pequeñas obras de arte.

—Y ahora la flor de sal —dijo Julia con satisfacción, dejando caer unos cuantos de aquellos gruesos cristales sobre el plato. «Ojalá Álvaro pudiera ver esto», pensó con nostalgia. Sin embargo, decidió rehuir esa clase de pen­samientos y le entregó los platos a Fayna para que los sirviera.

«Vamos, no pierdas el ritmo», se dijo.

Al fin y al cabo, los comensales de las otras mesas también tenían hambre. Salieron tres raciones de cordero junto con el gratén de berenjenas y queso de cabra y las ya famosas brochetas de patata, cinco de ragú de conejo y tres platos vegetarianos de inspiración norteafricana a base de tajín.

—Y ahora, el segundo plato para el rey de los críticos gastronómicos —anunció Julia—. Sopa de almendras con verdolaga silvestre y crema de coñac.

Paola peló un cuenco de chalotas y Amelie se encargó de lavar y clasificar con cuidado las hierbas que iba sacando de una bolsa. Mientras tanto, Julia preparó una delicada sopa de caldo de pollo, almendras blancas finamente ralladas y una yema de huevo.

—¿Cómo van los Nevady? —le preguntó a Fayna mientras batía la nata que pensaba montar con unas gotas de coñac.

—Las hierbas están listas —avisó Amelie, y, cuando Julia se lo pidió, procedió a meterlas en la picadora.

—El segundo ya puede salir —informó Fayna, dejando con ímpetu unos cuantos platos sucios—. Me han preguntado qué había en tu bálsamo de mostaza y miel. Por desgracia, no tenía ni idea —dijo la joven, guiñándole un ojo con aire conspirador.

Julia sonrió. Aquello no sonaba mal. Comprobó con cuidado la temperatura de la sopa de almendras y, cuando le pareció que no estaba demasiado caliente, añadió las hierbas picadas de manera que el líquido adquiriera un precioso color verde claro y se desplegara a la perfección el aroma a frutos secos de aquellas hierbas tan nutritivas cuyas vitaminas se habrían perdido si el calor hubiera sido excesivo.

Coronadas con la nata, montada con un chorrito de coñac y unos cristales de sal, las sopas salieron de la cocina en unos cuencos de cerámica negra que Ana había elaborado en su taller siguiendo las técnicas transmitidas por los indígenas.

—¿Y ahora? —preguntó Amelie mientras limpiaba su puesto de trabajo y lavaba los cuchillos.

—Huevos —respondió Julia, buscando dos especialmente grandes del gallinero de Maribel—. O, mejor dicho, solo las yemas, cocidas en jerez de manera que queden firmes por fuera y líquidas por dentro. Las serviremos sobre un nido de puré de boniato. Y encima...

—¿Trufa negra? —propuso Amelie.

Julia negó con la cabeza.

—Es evidente que tengo la fantástica trufa negra de la isla. Pero eso no sorprendería al crítico, igual que tampoco te habría sorprendido a ti, Amelie. No, tenemos que poner algo inusual. Algo que tenga un aroma potente.

—El queso negro de Paco —propuso Fayna.

—¡Exacto! —exclamó Julia con entusiasmo.

Paco la había obsequiado con el resultado de un experimento fortuito.

Había envuelto quesos de cabra con hojas de platanera y se había olvidado de ellos después de meterlos en la cámara frigorífica de su quesería, donde habían pasado todo el invierno.

Para su sorpresa, la rueda entera había quedado reducida a la mitad, había adoptado una coloración marrón oscuro y había desarrollado un sabor intenso y picante.

«Sabe a pies dormidos», había dicho Emil, sacando la lengua con asco.

Maribel había propuesto tirarlo todo a la basura.

Sin embargo, Julia decidió quedárselos para examinarlos de forma minuciosa.

El queso no se había echado a perder ni mucho menos.

Tan solo había quedado impregnado de unas bacterias erróneamente llamadas «moho rojo».

Cortado en láminas finísimas, tenía un sabor muy intenso, pero también delicado.

Si no era capaz de sorprender a Gerald Nevady es que se había vuelto absolutamente insensible.

—Esperemos que no les contagies nada —se limitó a comentar Amelie al ver cómo Julia rallaba unas finísimas láminas del queso casi negro sobre las yemas de huevo, cuya piel había adoptado una consistencia cérea tras la cocción con jerez, mientras que por dentro seguían igual de cremosas—.

Si les cae encima la venganza de Moctezuma, estás perdida, ¿lo tienes claro?

—No le pasará nada a nadie —le aseguró Julia, indicándole a Fayna que podía servir los platos—. Yo misma lo he probado varias veces.

—¿Y el plato principal? —preguntó Amelie—. Porque una yema de huevo se come en un abrir y cerrar de ojos.

—Cordero asado al punto con carpaccio de higos frescos y salsa de lavanda, gelatina de jugo de higos chumbos y...

Julia abrió varios cajones en los que guardaba los ingredientes ya preparados.

¿Qué podía sorprender de verdad a alguien como los Nevady, que ya habían probado todo lo imaginable?

¿Y qué podría afinar todavía más el cordero y situar aquella experiencia sensorial en un contexto nuevo y más significativo?

De repente se le ocurrió una idea. Sacó un frasco de la nevera y, al abrirlo, emanó de él un intenso aroma a aceitunas en salmuera y a mar.

—¿Qué es eso? —preguntó Amelie con desconfianza antes de probarlo con una cucharilla.

—Un pesto elaborado con anchoas y unas aceitunas negras especialmente sabrosas —respondió Julia, tendiendo el recipiente hacia su amiga—. Solo pondré una gota del tamaño de una avellana encima de la carne. Aportará un contrapunto agrio a tanta dulzura.

La puerta batiente se abrió y Fayna apareció con los cuencos de la sopa vacíos.

—Vamos allá —ordenó Julia con las mejillas sonrosadas por el entusiasmo y la emoción.

Emplató la carne sobre una hoja de higuera, de manera que el contraste cromático entre el rojo de la pulpa de los frutos, el amarillo de la jalea y el negro del pesto de aceitunas alrededor del suave color rosado de la carne convirtió los platos en un verdadero reclamo visual.

—Espera un momento —le pidió a Fayna al ver que ya se disponía a llevárselos, y se sacó el móvil del bolsillo—. Esto tengo que fotografiarlo para poder hacerlo de la misma manera más adelante —dijo, y les dio el visto bueno.

—Uf —exclamó Amelie, tomándose un vaso de agua—. Supongo que ya tienes pensado el postre, ¿verdad?

Julia asintió, si bien algo desconcentrada. Y es que había visto un mensaje en su buzón. «No me esperes —le había escrito Álvaro—. Esta noche no volveré a casa».

—No puede poner en duda vuestra relación solo porque le hayas preguntado por las circunstancias del accidente y simplemente veas las cosas con más naturalidad que él.

Ya había pasado la medianoche y, aun así, el termómetro todavía marcaba veintiocho grados.

Amelie y Julia estaban sentadas en la parte trasera del jardín, sobre la roca que quedaba al borde del acantilado, contemplando el espejo negro en el que se había convertido el mar.

Esa noche no había estrellas en el cielo, puesto que lo cubría una capa nubosa, mientras que la luna aún no había salido.

Amelie había sacado un farolillo, pero la vela que había dentro ya se había consumido, de manera que acabaron sentadas a oscuras sobre la roca, que quedaba a casi trescientos metros de altura por encima del jardín de sal.