Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 8. Barcos por la noche
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8. Barcos por la noche

BARCOS POR LA NOCHE

Julia se había sentido pocas veces tan miserable como durante el camino de vuelta al Flor de Sal. Aquella historia le parecía de lo más confusa.

A la luz del día no veía ninguna justificación para ofender a alguien tan bondadoso como Diego, que realmente había hecho un esfuerzo por superarse saliendo a pescar de nuevo.

¿De verdad había sido necesario? Cada vez que pensaba en lo profunda que había sido la decepción que se había llevado el hermano de Isora, se ponía enferma.

—¿Cómo le va a Marcos? —le preguntó al camarero mientras rellenaba el vaso de café con la ayuda de una cucharilla—. Hace mucho que no sé nada de él.

Pipo se limitó a encogerse de hombros y empezó a espumar la leche para coronar la bebida. Julia no pudo evitar sonreír. El hombre rara vez hablaba más allá de lo estrictamente necesario, y pensó que era una táctica muy inteligente por su parte.

—Seguro que ya no tiene motivos para dejarse caer por aquí desde que le compré la finca, ¿verdad?

Sobre la capa de leche espumada, Pipo dejó una espiral recién cortada de piel de limón, tras lo cual puso el vaso con una cucharilla frente a ella.

—Bueno, al fin y al cabo, es el propietario de la Lomada Ronca —dijo, lo que sorprendió a Julia. Lomada venía de lomo , y era también una palabra que se usaba a menudo para referirse a una elevación de terreno que se adentraba en el mar.

—¿La Lomada Ronca? —preguntó—. ¿Dónde está eso?

El camarero gesticuló vagamente hacia el norte.

—Es un trozo de costa escarpada —respondió—. Ayer mismo estuvo aquí y se marchó hacia allí. Lo que no sé es qué se propone hacer.

Julia se quedó mirando con aire pensativo la pequeña obra de arte cafetero con las cuatro capas diferenciadas.

Luego, tal como le había enseñado Marcos, cogió la cuchara, lo removió todo y se lo tomó.

Por supuesto, ella también ofrecía aquella especialidad en el Mesón Flor de Sal.

Sin embargo, los que preparaba Pipo le parecían los mejores.

—¿Cuál es tu secreto? —le preguntó en broma al camarero—. Seguro que le añades algo que no me quieres contar. Tus barraquitos tienen un sabor distinto a los que preparo yo.

Por primera vez desde que lo conocía, Pipo se partió de risa.

—Marcos también me pregunta siempre lo mismo —dijo, cogiendo un trapo para limpiar unas manchas ine­xistentes de la barra.

—Pero no se lo cuentas, ¿verdad?

Pipo negó con la cabeza, sonriendo.

—Un hombre incapaz de guardar sus secretos está perdido.

Julia regresó al restaurante dándole vueltas a la cabeza. En el jardín encontró a Amelie absorta en un libro.

—¿Ha llegado Álvaro? —le preguntó esperanzada.

—No —respondió su amiga, mirándola con curiosidad—. ¿Cómo ha ido por San Jaime?

Julia soltó un gemido.

—Fatal —dijo antes de dejarse caer sobre una silla junto a Amelie.

En realidad, no tenía tiempo: debía encerrarse en la cocina para prepararlo todo antes de que llegaran los clientes.

Sin embargo, de repente se dio cuenta de que en el fondo había albergado la esperanza de que Álvaro hubiera entrado en razón y hubiera regresado.

Que no hubiera sido así supuso una decepción terrible.

—¿Qué ha dicho? —quiso saber Amelie, cerrando ya el libro.

—Simplemente ha sido horrible —explicó Julia, negando con la cabeza al recordar la expresión frustrada de Diego. Acto seguido, se puso en pie—. Tengo que trabajar.

—Si puedo ayudarte en algo...

—Gracias; te lo agradezco —respondió Julia de corazón—. Pero estás aquí de vacaciones. Al fin y al cabo, te las has ganado.

Pasó el día entero y Álvaro no había regresado a casa.

Poco antes del turno de noche, Julia bajó por el sendero rocoso hasta el jardín de sal con la esperanza de encontrarlo allí.

Si había querido evitarla, tal vez hubiese bajado por el desvío que discurría por el acantilado. Por desgracia, lo halló desierto.

«¿Dónde estará?», se preguntó Julia. Sin duda regresaría antes de la hora de acostarse.

No pasaría la noche fuera de casa, ¿no? Con solo pensar en esa posibilidad, el corazón empezó a latirle con una fuerza dolorosa.

Abatida, volvió a subir por el sendero, se duchó y se puso a trabajar de nuevo sintiendo cómo la inquietud crecía en su interior.

Por suerte, Paola ya había llegado. Había empezado a cepillar las diminutas patatas y a ensartar cinco de cada variedad —amarillas, marrón claro, anaranjadas, violetas y negras— para formar brochetas que luego hervirían en agua de mar y que acabarían convirtiéndose en papas arrugadas, una receta que Julia había probado con Emil nada más llegar a la isla y que ahora era uno de sus platos más emblemáticos.

—Un señor me ha pedido que te entregue esto —le dijo Fayna, arrancándola de sus cavilaciones y tendiéndole una tarjeta de visita. «Gerald Nevady», leyó Julia. De repente le sobrevino un sudor frío.

—Es un crítico gastronómico muy famoso en Alemania —dijo—. ¿Ha venido solo o...?

—Con una mujer —respondió Fayna—. Probablemente su esposa.

—¿Y ya han pedido algo? —preguntó Julia, revisando su aspecto en un espejo. En la blusa de cocinera de manga larga, confeccionada a medida, descubrió una manchita de salsa.

—No, están estudiando la carta —respondió Fayna.

—Voy a saludarlos —dijo Julia mientras sacaba una blusa limpia del armario.

Se la puso, se miró una vez más en el espejo y luego se detuvo un momento para respirar hondo.

Gerald Nevady había demostrado cierta simpatía por ella en alguna ocasión, y ya había anunciado en la prensa especializada alemana con palabras benevolentes que Julia se había trasladado a La Palma.

Aun así, lo más aconsejable era andarse con cuidado.

Esos críticos eran poderosos, y un solo artículo negativo por su parte bastaba para arruinarte la carrera.

Por supuesto, si tal cosa ocurriera, los lugareños difícilmente llegarían a enterarse.

Pero ¿quién sabía? Había muchos alemanes y suizos viviendo en La Palma, y Julia tenía la ambición de dar a conocer el Flor de Sal lo máximo posible.

Interpretó el hecho de que Nevady no hubiera anunciado su visita con antelación como una señal de que no había acudido por motivos personales, sino profesionales.

Los críticos gastronómicos no avisaban y a menudo incluso intentaban pasar desapercibidos.

Julia agradeció que al menos, una vez allí, se hubiera dado a conocer.

Enderezó la espalda y entró en el restaurante, saludó a los clientes de todas las mesas y luego se dirigió con una sonrisa hacia la mesa de Nevady.

—Bienvenidos —dijo—. ¡Qué honor para el Flor de Sal!

—No veíamos el momento de visitar su nuevo local —respondió la esposa del crítico gastronómico—. ¿Verdad, Gerald?

—Mia tiene toda la razón —contestó Nevady—. Desde que nos encontramos por casualidad en el aeropuerto y nos contó que se había marchado de Alemania...

—Llevamos planeando este viaje desde entonces —añadió Mia Nevady—. Y, ahora que ha abierto por fin este encantador restaurante, no teníamos excusa. Simplemente debíamos venir a hacerle una visita.

—Muy amable por su parte —replicó Julia, pensando en qué podía ofrecerles a esos clientes tan especiales más allá de la carta.

—Ya hemos estudiado a fondo los platos —dijo Gerald Nevady sin dilación, echando un vistazo experto a las páginas que Julia había escrito a mano con tanto cariño—.

Como no podría haber sido de otro modo viniendo de usted, es un menú bastante reducido pero altamente refinado.

Aunque díganos —prosiguió, dándole vueltas a la carta—.

¿Dónde ha escondido los platos de pescado? ¿No faltan un par de páginas aquí?

—No —respondió Julia, lamentando profundamente haberle devuelto las capturas a Diego.

Por si fuera poco, Álvaro ni siquiera se habría dado cuenta si las hubiera incluido en la carta.

Del mismo modo que tal vez ni llegaría a saber que había rechazado el obsequio y que con ello le había dado un buen disgusto al pescador—.

De momento he renunciado a ofrecer pescado porque el género que he podido conseguir no satisface mis expectativas.

Nevady la miró sorprendido.

—¿Aquí? ¿En una isla? —preguntó con incredulidad—. ¿Justo delante del Atlántico no hay manera de conseguir pescado fresco?

—Sí. Suena descabellado, ¿verdad? —dijo Julia, intentando esbozar una sonrisa—.

Por desgracia, la cadena de suministro es complicada.

Para mí es muy importante ofrecer exclusivamente alimentos con los que pueda tener la conciencia tranquila.

La dorada de piscifactoría, como la que incluso aquí se produce, no es una opción válida.

Los pescadores deben cumplir con las cuotas de capturas y los requisitos de calibre para que las costas no sigan siendo sobreexplotadas —explicó.

Hizo una pequeña pausa al ver que Nevady y su esposa parecían impresionados—.

Por eso he decidido que de momento solo ofreceré bacalao.

Por cierto, es un plato muy sencillo, pero también muy refinado.

Si no les apetece, les recomiendo el cordero.

Se lo compro directamente a una granja ecológica.

O el ragú de conejo —añadió Julia, notando cómo las gotas de sudor empezaban a recorrerle la columna vertebral.

El crítico gastronómico parecía indeciso. Al final cerró la carta y la dejó sobre la mesa.

—¿Sabe qué? —le dijo a Julia, dedicándole una amplia sonrisa. Aun así, ella se mantuvo alerta—. ¿Por qué no dejamos simplemente que nos sorprenda? Prepárenos el menú que usted crea. Mia, ¿qué te parece?

—¡Una idea genial! —exclamó su mujer con una sonrisa, aunque un poco más contenida que al principio de la conversación—. ¿Podrían ser cinco platos?

—Por supuesto —respondió Julia, recogiendo las cartas—. Será un verdadero placer. ¿Les parece bien que incluya alguna sorpresa?

—¡Por descontado! —exclamó Gerald Nevady con los ojos brillantes de alegría—. ¡Sorpréndanos! Ya estoy deseando ver qué maravillas nos preparará.