Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 7. La discusión #3
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7. La discusión #3

—Siento molestarte —dijo Julia después de saludar a su colega.

—En absoluto —respondió Rayco con amabilidad, haciéndose a un lado—. Entra.

Sobre los fogones había varias ollas hirviendo. Un delicioso aroma a ajo, pimentón y tomate flotaba en el aire; al parecer, Rayco estaba preparando tomate frito. Isora entró en la cocina desde el restaurante, y los ojos se le iluminaron.

—Me alegro de verte, Julia —exclamó—. Diego ya me lo ha contado todo.

No te creerás lo bien que le sentó la conversación que mantuvisteis —le explicó mientras la abrazaba efusivamente—.

Hoy te ha traído pescado fresco, ¿verdad?

—preguntó, dando palmadas de entusiasmo—.

Para él, esto es el inicio de una nueva vida.

Julia clavó la mirada en el suelo, consternada. Era horrible tener que destrozar tanta alegría. Seguramente estaba a punto de enemistarse con ellos de por vida. Sin embargo, no le quedaba otra opción.

—¿Qué ocurre, Julia? —preguntó Isora con preocupación.

—Es que no... no puedo aceptar los pescados —dijo, y tuvo que aclararse la garganta de lo quebrada que le sonó la voz. Ni siquiera se atrevió a mirar a Isora a los ojos—. Porque... —empezó a decir, aunque de repente no supo ni cómo explicarlo.

—Ven. Antes que nada, siéntate —le dijo Rayco, ofreciéndole un taburete—. ¿Te apetece un café?

Julia negó con la cabeza. Tenía los ojos anegados en lágrimas. Prefería no sentarse. En lugar de eso, lo mejor sería soltar cuanto antes lo que tenía que decirles.

—Álvaro era el primo de Bentor —empezó—. Y resulta que... —Tragó saliva—. No soporta que Diego me...

Se aventuró a mirar a Isora a la cara y vio que su alegría se había esfumado por completo.

—Claro —dijo la hermana de Diego, sentándose en una silla—. No había pensado en eso —añadió, pasándose la mano por la cara. De repente parecía que se hubiera echado unos cuantos años encima. Intercambió una mirada con su marido—. ¿Y Álvaro no podría... simplemente dejar atrás el pasado?

Julia sacudió la cabeza con tristeza.

—Hemos tenido una discusión muy seria —reconoció con la voz temblorosa—. Cuando hemos encontrado la nevera, se ha puesto furioso y se ha marchado. No sé ni adónde. Ni tampoco cuándo piensa... —dijo sin poder terminar la frase. Las lágrimas empezaron a recorrerle las mejillas.

—Que todavía no quieran reconciliarse... —gruñó Rayco, arrugando el trapo de cocina que tenía en la mano—. Eso tampoco le devolverá la vida a Bentor.

—No, en absoluto —dijo Isora. Se puso en pie, cogió una botella llena de un líquido marronoso y tres vasos en los que procedió a verter un dedo de licor.

—Tengo que volver en coche —objetó Julia—. Y aguantar el resto del día.

—Nosotros también —replicó Isora sin inmutarse—. Brindemos porque algún día también perdonen a Diego —dijo, y, mientras levantaba su vaso, Julia tuvo la impresión de estar siguiendo una especie de ritual ancestral. Lo alzó bien arriba y examinó el contenido.

—Brindemos por ello —dijo armada de valor, y lo vació de un trago.

Un sabor dulce y amargo a la vez le bajó por la garganta y le provocó un ardor suave en el estómago—.

Para que puedan reconciliarse con lo sucedido —añadió antes de dejar el vaso sobre el mostrador y respirar aliviada.

Isora no se había enfadado con ella. Pero ¿qué pasaría con Diego?

—. ¿Cómo se lo tomará tu hermano? ¿Crees que volverá a... ?

«Encerrarse en sí mismo», quiso decir, aunque ni siquiera se atrevió a articularlo.

—Puedes preguntárselo tú misma —dijo Rayco, mirando hacia el jardín.

Asustada, Julia se dio la vuelta. Diego se dirigía hacia la cocina cargado con dos cubos llenos de judías verdes. Qué ganas le entraron de esconderse en el restaurante. Sin embargo, se controló. No dejaba de ser justo que se lo aclarara personalmente.

A Diego se le iluminó el rostro al ver a Julia. Dejó los cubos sobre la mesa con entusiasmo y se volvió hacia las dos mujeres. No obstante, al ver su expresión, sus oscuros ojos se llenaron de cautela.

—Te he dejado pescado —dijo con su peculiar tono de voz, casi susurrado y algo cantarín—. Me ha sentado bien volver a salir. Echaba mucho de menos el mar.

Julia tragó saliva mientras reunía todo el valor que tenía.

—Me alegro. Y ha sido todo un detalle por tu parte que me hayas traído tus capturas —dijo. A Diego se le relajaron las facciones al oírlo—. Por desgracia, tengo algo que decirte —prosiguió con coraje—. No puedo aceptar tu regalo.

Cualquier atisbo de alegría desapareció de los rasgos del hombre.

—Todavía no —se apresuró a matizar—. Álvaro no me lo perdonaría. Por favor, dame un poco de tiempo para que hable tranquilamente con él, a ver si lo convenzo de que esta colaboración puede ser positiva para todos.

Diego bajó la mirada y su rostro adoptó la misma expresión que Julia había detectado el día anterior en su jardín, pálida y retraída. Al final asintió como si lo hubiera visto venir.

—Es a mí a quien no se lo perdonaría —dijo para corregir a Julia—. Disculpa, no era mi intención meterte en problemas.

—Lo sé —dijo ella desesperada—. Querías ayudarme.

—Era una forma de darte las gracias —replicó Diego con suavidad—. Pero ha sido un error —añadió. A continuación, enderezó la espalda y miró a Julia a los ojos—. ¿Has traído la caja?

Ella asintió. Se sentía muy avergonzada de no haber sido más valiente y plantarles cara a Álvaro y a todo el pueblo. Y, además, tenía la sensación de que era ella la que estaba cometiendo un error en esos momentos.

—Entonces iré a recogerla —dijo Diego mientras salía de la cocina.