Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 7. La discusión #2
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7. La discusión #2

Notó claramente cómo su novio se desvelaba de repente, aunque siguió sin añadir nada.

Se arrepentía de lo que acababa de decir, aunque fuera evidente.

Pese a que la toleraban, en muchos lugares seguro que seguían pensando que la finca y el restaurante en realidad pertenecían a la familia de Álvaro.

El hecho de que en primavera hubiera adquirido la propiedad sin sospechar que él llevaba años intentando recuperarla para su familia era motivo suficiente para que muchos no la consideraran bienvenida.

Aun así, Belén era una institución y Álvaro era querido en todas partes, por lo que los lugareños habían tenido que superar sus prejuicios y dejar a un lado las hostilidades, a pesar incluso de que ella fuera la hermana del odiado Alemán.

Seguramente no era muy sensato insistir en el tema.

Sin embargo, las palabras que Álvaro le había dicho de buena mañana en el jardín todavía resonaban en su cabeza: «No quiero que tengas nada que ver con él, ¿me oyes?

». Por mucho que lo amara, él tampoco tenía derecho a darle órdenes de ese modo.

—Arrancó el barco en alta mar a pesar de que Bentor, mi primo, en ese momento estaba trepando por las jarcias.

Debió de producirse una sacudida, Bentor cayó sobre la cubierta y se rompió el cuello.

Murió al instante —explicó Álvaro, y se volvió con un leve gemido para quedar tendido sobre la espalda—.

Fue el mismo Diego quien lo contó. Lo que no se explica es por qué tuvo que hacer algo tan estúpido.

Julia guardó silencio, consternada. Un instante había cambiado de golpe la vida de dos jóvenes. Pero, de todos modos, se resistía a condenar eternamente a una persona por un acto que no había cometido con mala intención.

—¿Y por eso debe quedar excluido de vuestra comunidad para siempre?

No había contado ni mucho menos con la reacción de Álvaro, quien se levantó de la cama de un brinco, y, por lo que ella pudo ver a la luz de la luna, se puso los vaqueros y la camisa. Julia encendió la lámpara de la mesita apresuradamente.

—¿Qué haces? —preguntó sorprendida, levantándose también.

—¿Que qué hago? —preguntó él indignado—. Bajo al jardín de sal. Allí podré estar tranquilo —dijo mientras se ponía los mocasines desgastados, aunque, antes de que pudiera salir por la puerta, Julia lo retuvo agarrándolo por un brazo.

—Álvaro, por favor —exclamó—. No te vayas. Siento haber...

—Deja de una vez esa historia —le espetó él con vehemencia—.

No quiero volver a oír hablar de ello. No eres nadie para juzgar cómo lo afrontamos los familiares.

Los padres de Naira perdieron a su único hijo.

Ahora ella tiene que cuidarlos sola, y eso a pesar de sus problemas de salud.

Sufre epilepsia, por si te habías olvidado —dijo, zafándose de las manos de Julia y cogiendo la chaqueta—.

No es precisamente agradable que te pongas del lado de Diego.

Yo crecí con Bentor y lo echo de menos cada día de mi vida.

Dicho esto, abrió la puerta y se marchó.

Afligida, Julia oyó cómo Álvaro se alejaba por la escalera de madera, cómo se cerraba la puerta y de nuevo sus pasos por la grava, perdiéndose en dirección al jardín de sal.

Luego se presionó las sienes con las manos e intentó contener las lágrimas que se le acumulaban en los ojos. En vano.

Desde que lo conocía, nunca había visto a Álvaro tan furioso.

Julia se dio cuenta de que aquella había sido la primera discusión que habían tenido tras tantos meses de convivencia.

No siempre compartían la misma opinión sobre las cosas, pero les resultaba fácil ponerse de acuerdo o encontrar un término medio que los complaciera a los dos.

En esos momentos vio con claridad que había cruzado una línea roja y que había tardado demasiado en comprender lo profundas que eran sus heridas.

Aunque consideraba que Álvaro se había excedido en el tono que había utilizado con ella, seguramente, como persona ajena a lo sucedido, le costaba valorar el dolor que sentían los parientes de Bentor.

Su primer impulso consistió en seguirlo para reconocer su error e intentar reconciliarse cuanto antes, pero luego cambió de opinión.

Por mucho que le costara, decidió aguardar hasta el día siguiente con la esperanza de que Álvaro se hubiera calmado y que, de esa manera, fuera más sencillo mantener una conversación sensata con él.

La despertó el ruido del motor de un coche alejándose poco a poco. La pálida luz de la mañana entraba en la habitación. Se desveló de repente. Cayó en la cuenta de que Amo no había ladrado, lo que le hizo pensar que tal vez Álvaro se había marchado de buena mañana sin despedirse siquiera.

Rápidamente, se puso la bata, bajó por la escalera y abrió la puerta.

Estaba a punto de salir corriendo hacia el drago cuando se detuvo como si se hubiera quedado petrificada.

Junto al portal había una gran caja de poliestireno negro.

Amo la estaba olisqueando sin parar de menear el rabo.

De repente Julia tuvo un presentimiento.

Cruzó la puerta tan rápido como pudo, pero el coche ya había llegado a la carretera y le resultó imposible distinguir quién iba al volante.

Intentó levantar la caja, pero era demasiado pesada. Al final encerró a Amo en el edificio contiguo y la destapó. Bajo una capa de hielo brillaban varios pescados frescos.

—Dios mío —exclamó Julia. Ya no le quedaba la menor duda sobre quién había dejado allí aquella caja. Diego se había tomado la conversación del día anterior como una excusa para volver a salir a la mar. Y le había llevado lo que había capturado.

—O sea, que lo has hecho de todos modos.

Julia se dio la vuelta. Ni siquiera había oído cómo Álvaro se le acercaba.

—No, yo... —balbuceó—. No le encargué que me trajera esto.

Sin embargo, él ya no la escuchaba. Se había dado la vuelta y se dirigía hacia su coche. Julia corrió a seguirlo.

—Espera, por favor —gritó cuando Álvaro ya había abierto la puerta de su ranchera—. No te vayas, escucha lo que tengo que decirte. No le hice ningún encargo a Diego.

Su novio le lanzó una mirada que le heló la sangre.

—Harías cualquier cosa por tu restaurante, ¿verdad?

Se sentó al volante, pero, antes de que pudiera cerrar la puerta, Julia se interpuso para evitarlo.

—Hablemos —le pidió—. Como personas sensatas.

—No sé de qué tenemos que hablar —dijo él—. Suelta la puerta, Julia. Esto es totalmente indigno de nosotros.

Desanimada, ella retrocedió un par de pasos.

Álvaro cerró la puerta y arrancó. Luego se puso las manos sobre el regazo, echó la cabeza atrás para apoyarla en el asiento y cerró los ojos.

Por un instante Julia no perdió la esperanza.

Seguro que entraría en razón, apagaría el motor, hablaría con ella y podrían aclarar las cosas.

No obstante, nada de eso sucedió. De golpe, Álvaro puso la marcha atrás y se largó.

Julia lo siguió con la mirada durante un buen rato cruzada de brazos, temblando de pies a cabeza como si tuviera frío a pesar de que el día prometía ser abrasador.

—¿Qué ocurre? —preguntó Amelie de repente, adormilada, con el pelo revuelto y marcas de la almohada en la mejilla.

Julia se lanzó a sus brazos, llorando—. Vamos, vamos —le susurró su amiga al oído, consternada, mientras le acariciaba la espalda—.

Entra, ven. Tomamos un café y me lo cuentas todo, ¿de acuerdo?

Dos horas y varias tazas de café más tarde, Amelie y Julia ya habían metido la nevera portátil con los pescados en el maletero del coche.

—¿Me acompañas? —preguntó Julia con timidez.

Amelie negó con la cabeza.

—Será mejor que no me entrometa más en vuestras disputas —respondió—. Así más adelante al menos podré ejercer como... ¿Cómo lo llaman? Mediadora —dijo con una sonrisa.

—¿Y si Álvaro regresa mientras estoy...?

—Entonces lo agarraré por las solapas y le leeré la cartilla.

—Amelie...

—Tranquila —la interrumpió su amiga con una sonrisa—. Si viene, agitaré la bandera blanca —aseguró, dándole unas palmadas de ánimo en el hombro—. Tú encárgate de esto. Vamos. Dentro de tres horas tienes que abrir el chiringuito.

Julia suspiró y subió al coche. «¿Cómo diablos me he metido en este berenjenal?», se preguntó.

—Cruza los dedos —le pidió a Amelie.

—¡De las dos manos! —replicó esta.

Julia pisó el acelerador y vio por el retrovisor cómo la silueta de su amiga se volvía cada vez más pequeña hasta que finalmente se dio la vuelta y se marchó.

Habían tramado el plan entre las dos. Julia le llevaría las capturas de Diego a Rayco y a Isora.

Por más que quisiera, no podía aceptar los pescados; tenían que comprenderlo.

Una cosa era interponerse en una disputa entre los lugareños.

Pero nadie podía pedirle que hiriera los sentimientos de Álvaro, aunque, viéndolo con perspectiva, nada de aquello tuviera la menor lógica y el hecho de que ella utilizara o no los pescados de Diego no fuera a devolverle la vida a Bentor.

No obstante, Álvaro le había dejado claro que aquello era demasiado importante para él.

Julia no quería que su pareja le diera órdenes, pero estaba dispuesta a respetar el dolor que él sentía por la muerte de su primo.

Cuando hubieran hablado con calma sobre el asunto, tenía la esperanza de que encontraría una manera de poder aceptar los pescados de Diego.

Lo que no sabía era si podría conseguir que Álvaro se reconciliara con el pasado.

El trayecto hasta San Jaime duró poco menos de una hora. La carretera tenía muchas curvas y le exigió mucha atención. Cuando por fin aparcó el coche frente a La Lubina, se sentía más calmada a pesar de saber que la conversación que estaba a punto de tener no sería precisamente agradable.

Se encontró el restaurante cerrado y decidió rodear el edificio para llamar a la puerta de la cocina desde el patio interior. Le abrió Rayco, visiblemente sorprendido de verla allí.