7. La discusión
LA DISCUSIÓN
No consiguió que Diego se decidiera a sentarse a la mesa del patio.
Solo cuando le pidió que la siguiera hasta el jardín, asegurándole que allí no entraba nadie más que ella, se calmó un poco.
Y sobre todo se relajó visiblemente cuando Amo se unió a ellos y, tras olfatearlo de arriba abajo, se instaló junto a su silla bajo el níspero.
—Hacía mucho que no salía —confesó al fin, contemplando el rosal que había desplegado sus flores blancas a la sombra de los árboles.
Julia le sirvió algo de zumo de maracuyá sin responder nada.
Creyó que sería mejor esperar y no presionarlo—.
Qué bien se está aquí —dijo él, cerrando los ojos—.
Se puede oler el mar. Es un lugar apacible.
—Sí —dijo Julia en voz baja—. Es cierto. Es un lugar que favorece el bienestar.
Diego tomó un trago de zumo y volvió a dejar el vaso sobre la mesa. Luego miró a Julia directamente a los ojos, algo que había evitado hasta el momento. Los tenía de color gris oscuro, y ella detectó una tristeza insondable que le dejó el corazón encogido.
—Ya conoce usted la historia —dijo él. Fue una constatación, no una pregunta.
—Me la han contado, sí —respondió ella—. Aunque la historia completa seguramente solo la sabe usted.
—¿Qué le han contado?
—Que se produjo un accidente y alguien perdió la vida —respondió Julia con valentía. Algo en Diego le impedía decir nada que no fuera la pura verdad.
Él asintió y desvió la mirada.
—Era mi amigo —explicó—. Y fue culpa mía —añadió, y Julia tuvo la impresión de que no había nada que decir al respecto. Si esa era su verdad, no estaría bien contradecirlo. Negar que fuera cierto. Ni disculparlo o intentar consolarlo—. ¿Eso no le da miedo?
—¿Por qué tendría que darme miedo? —preguntó ella.
—La mayoría de la gente no lo aguanta —replicó él—. No quieren oírlo y... —empezó a decir. Pareció buscar las palabras más adecuadas—. No soportan que lo diga.
—Si usted es capaz —dijo Julia con cautela—, yo también podré.
Diego guardó silencio durante un buen rato. Julia constató con sorpresa que Amo se había ido acercando a él poco a poco y casi estaba tendido sobre sus pies.
—Desde entonces soy un marginado —prosiguió el hombre—. Nadie quiere saber nada de mí. Nadie confía en mí.
—¿Y usted confía en sí mismo? —preguntó Julia.
Él la miró con asombro—. Al fin y al cabo, es lo más importante, ¿no?
Si no creemos en nosotros mismos, ¿cómo van a hacerlo los demás?
—preguntó, fijándose en cómo Amo permanecía tumbado relajadamente junto a las piernas de Diego—. Mi perro, al menos, se fía de usted.
—Solo me siento seguro de mí mismo bajo el agua —dijo él con aire reflexivo—. Cuando la vida se vuelve demasiado insoportable, me sumerjo sin equipo, a pulmón. Es como volar, pero debajo del mar. Allí te desprendes de todo. Te vuelves ingrávido y...
En ese momento Álvaro se reunió con ellos en el jardín.
De inmediato Diego se quedó callado, se puso en pie y a punto estuvo de tropezar con Amo, que se levantó sorprendido y sacudiéndose el pelaje.
—Tengo que marcharme —dijo—. Me alegro de haber hablado con usted.
—¿Por qué no nos tuteamos, como toda la gente? —le ofreció Julia, quien también se había puesto en pie.
Diego asintió, pero se le veía distraído. Al parecer, la presencia de Álvaro lo había alterado mucho.
—Hasta luego —los saludó, y pasó rápidamente junto al salinero de camino hacia la puerta.
«Hasta luego», había dicho. ¿Significaba eso que volvería? ¿O solo era una manera de hablar?
—¿Qué hace aquí ese pájaro de mal agüero? —dijo Álvaro en tono desdeñoso.
—Lo ha enviado Isora —respondió Julia extrañada por la forma en la que su amado hablaba sobre Diego—. Me ha dicho que quizá vuelva a pescar.
—¿Cómo? ¡No lo dirás en serio!
—¿Por qué no? —preguntó ella cada vez más mosqueada—. El pobre no puede pasarse la vida entera obsesionado con ese terrible accidente.
Álvaro se la quedó mirando estupefacto. Se dio la vuelta un momento, como si quisiera asegurarse de que era realmente Diego quien acababa de salir del jardín, y la observó de nuevo con recelo.
—No estarás pensando en pedirle que sea tu proveedor de pescado, ¿verdad?
—Cielos, no lo sé —replicó Julia con vehemencia—. Isora me ha dicho que necesita una ocupación. Una excusa para...
—Sí, ya veo que no sabes a quién tiene sobre su conciencia.
—Pues no —reconoció ella—. Y creo que no deberías hablar así sobre ese pobre tipo. Fue un accidente. Lleva años sufriendo por ello y...
—Era mi primo —la interrumpió Álvaro con dureza—. El hermano de Naira. No quiero que tengas nada que ver con él, ¿me oyes?
Julia no había podido seguir hablando sobre el tema con Álvaro porque había tenido que meterse en la cocina para controlar que todo estuviera en orden y preparar el servicio del mediodía.
Sin embargo, no pudo quitarse de la cabeza lo que él le había dicho mientras se concentraba en preparar los numerosos pedidos, ya que ese día tenía casi todas las mesas ocupadas.
Incluso Amelie tuvo que echarle una mano cuando llegó un grupo inesperado de ocho turistas suizos. Por lo visto, empezaba a correr la voz sobre el Flor de Sal, y a Julia le parecía de maravilla que así fuera.
Cuando hacia las cuatro de la tarde se marcharon los últimos clientes y ella se retiró para echarse la siesta en su dormitorio, fue consciente de lo incómoda que era la situación en la que se encontraba.
Soltó un suspiro, se dejó caer sobre la cama con dosel y se quedó mirando el baldaquín de algodón blanco.
Por un lado, debía ampliar de una vez la carta con especialidades de pescado.
Antes, cuando era Belén quien tenía la sartén por el mango, el Flor de Sal había sido célebre por sus calamares rellenos y Julia se había propuesto recuperar esa fama.
Además, le gustaría poder ayudar a Diego, ya que el encuentro con él la había conmovido profundamente.
Sin embargo, no tenía ninguna intención de herir los sentimientos de Álvaro.
Le parecía extraño que precisamente él, que siempre intentaba ser justo, en ese asunto se mostrara tan inflexible.
¿O solo era la impresión que se había llevado ella?
¿Acaso lo había entendido mal? Decidió que tendría que volver a hablar con él sobre el tema, porque, pensándolo bien, no había motivos para excluir a Diego de la comunidad para siempre.
Al fin y al cabo, no había matado al hermano de Naira a propósito. ¿O sí?
Naira. Aunque era la prima de Álvaro, desde el principio Julia se había llevado la impresión de que la joven sentía por él algo más que el afecto familiar que era de esperar.
Sí, en realidad, había creído que Naira y Álvaro eran pareja, y por culpa de ese malentendido había estado a punto de regresar a Alemania.
Por suerte, Álvaro había acudido a buscarla al aeropuerto en el último momento y se lo había aclarado.
Le había dicho que entre él y Naira jamás había habido más que amistad.
Y, aun así, Julia no había podido librarse todavía de la sensación de que, a pesar de todo, Naira estaba enamorada de él, aunque Álvaro no quisiera verlo.
Se volvió hacia un lado. De todas las amistades de su novio, Naira seguía siendo la única con la que no había conseguido tener confianza. Convertirla en una enemiga haciendo negocios con el hombre que había sido responsable de la muerte de su hermano sin duda no era una buena idea.
Julia se levantó con un leve gemido de frustración.
Dormir la siesta había dejado de ser una opción.
Pero ¿por qué se preocupaba tanto? Al fin y al cabo, todavía no le había hecho ningún encargo a Diego.
No obstante, la asaltó un mal presentimiento cuando salió al jardín para recoger unas hierbas para la cena.
«Desde entonces soy un marginado», había dicho el hombre.
No conseguía quitarse esa frase de la cabeza. ¿Por qué tenía que ser así?
—¿Cómo fue el accidente?
Era tarde. El restaurante se había vaciado hacia las once y ya era más de medianoche. Hacía tanto calor que habían abierto la ventana de par en par y una suave brisa agitaba las cortinas del dosel, que brillaban tenuemente a la luz de la luna.
—¿Qué accidente? —preguntó Álvaro con voz somnolienta.
—El que le costó la vida al hermano de Naira.
Álvaro soltó un leve gemido.
—Creo que deberíamos dejar ese tema —respondió—. No es una historia que valga la pena remover. Y menos tú.
Julia se volvió hacia él e intentó discernir su expresión a la luz de la luna, lo que, por supuesto, le resultó imposible.
—¿Por qué «y menos yo»? —preguntó desconcertada.
—Porque tú no tuviste nada que ver con eso —replicó Álvaro con impaciencia—. Y es mejor que siga siendo así.
—¿Es posible que sea porque yo tampoco acabo de ser aceptada aquí, igual que Diego? —preguntó Julia sin poder evitarlo—. ¿Porque solo se me tolera por el apoyo que me prestáis tú y Belén?