6. Nuevos amigos #4
—Jens Brunner no se preocupa tanto por su hijo como para venir hasta aquí a buscarlo —explicó Maribel en un tono que daba a entender las ganas que tenía de dar el tema por zanjado—. Emilio tendrá un hogar en esta casa siempre que él quiera.
—Tú no me delatarás, ¿verdad?
Emil acompañó a Julia afuera después de que se despidiera de los demás.
—Por supuesto que no —respondió ella con determinación—. Yo jamás haría algo así, lo sabes perfectamente —aseguró al ver una expresión desesperada en los ojos de Emil—. Y también puedes venir a vivir conmigo siempre que...
—Lo sé —la interrumpió el chico sin brusquedad—. Pero sería el primer lugar al que papá iría a buscarme. Y, de todos modos, ya tienes suficientes problemas con él.
Julia suspiró. Por desgracia, era cierto. Al menos podía estar contenta de que su ahijado hubiera encontrado un hogar en casa de Maribel.
—Está muy enfadado con Álvaro —dijo Emil, mirando hacia el valle, en el que pronto tenía que aparecer el autobús escolar. Acorán salió por la puerta justo en ese momento—. Y, si quieres saber lo que pienso, está tramando algo.
—¿A qué te refieres?
Emil se encogió de hombros.
—Ni idea. Pero algo está maquinando.
—¿Puedes llevarnos hasta la parada del bus? —preguntó Acorán.
—Claro, subid.
Durante el breve trayecto hasta la carretera que quedaba más abajo, Julia estuvo pendiente de la conversación que mantuvieron los dos chicos sobre el profesor de Biología y sobre un examen que tenían ese día.
Acorán empezó a imitar al hombre, que al parecer sufría un leve defecto de habla, y Emil casi se murió de la risa.
«Justo como debe ser», pensó Julia cuando los dos amigos bajaron del coche.
Se despidieron de ella y continuaron con sus tonterías ante la parada del autobús.
A los doce años, la vida tenía que ser así de despreocupada y relajada, y no estar ensombrecida por la presencia de un padre impredecible y la veleidosa de su novia, que desde el principio no había querido saber nada de Emil.
Cuando por fin tomó el desvío que llevaba hacia su finca, le vino a la mente lo que había dicho su sobrino.
Que Jens tramaba algo. Pero ¿acaso no estaba siempre maquinando una cosa u otra?
«Cielos —pensó—. ¿Por qué tiene que ser precisamente mi propio hermano la fuente de casi todos mis problemas? ».
En el patio encontró a Fayna y a Amelie sentadas ante una mesa, charlando animadamente.
—Buenos días —las saludó Julia, mirando con sorpresa a su camarera—. ¿Qué haces aquí tan temprano? —le preguntó, y es que su turno no empezaba hasta las once y media.
—Tengo novedades —anunció la joven; tenía los ojos brillantes—. Quería contártelo a ti antes que a nadie. Bueno, aparte de Pablo y mi familia, que, por supuesto, ya están al corriente —dijo sonrojada.
Julia se sentó con ellas a la mesa.
—Entonces será mejor que os deje solas —se excusó Amelie, disponiéndose a marcharse.
Sin embargo, Fayna le puso una mano en el brazo para retenerla.
—Tranquila, puedes quedarte —le dijo—. Pronto dejará de ser un secreto —constató, e hizo una breve pausa antes de darles la noticia—. Estoy embarazada.
—¡Enhorabuena! —exclamó Julia con alegría. En el fondo ya había temido perder pronto a su apreciada trabajadora por ese motivo. Al fin y al cabo, acababa de casarse—. ¡Qué bien!
—Sí, ¿verdad? —dijo Fayna con una expresión de felicidad realmente conmovedora—.
Y no tienes de qué preocuparte —añadió—.
Cuando llegue el momento, solo estaré de baja durante el periodo de maternidad.
Te ayudaré a encontrar una sustituta. Y, en cuanto el bebé llegue al mundo, me gustaría seguir trabajando.
—Eso estaría bien —respondió Julia, aunque sabía por experiencia que eran muchas las jóvenes que tenían esos planes y luego la vida les deparaba un panorama muy distinto en cuanto el bebé nacía.
Sin embargo, en esos momentos no quería pensar en ello.
En su lugar, le aseguró a Fayna que más adelante podría traer al bebé al Flor de Sal si quería y que le parecía buena idea recomendarle a Tina que hiciera prácticas como recepcionista de hotel cuando terminara la escuela.
Estaban brindando con zumo de maracuyá con soda por aquella maravillosa noticia cuando un hombre alto y delgado apareció por el arco de la puerta, se detuvo titubeando y miró a su alrededor con timidez.
—Bienvenido —lo saludó Julia con amabilidad, saliendo a su encuentro.
Parecía joven, pero, cuando se fijó mejor en él, le llamaron la atención la palidez de su rostro y las profundas arrugas que tenía entre las cejas y en las comisuras de la boca.
Sus ojos, de color gris oscuro, se movían inquietos, y Julia lo vio tan inseguro que casi le pareció que estaba a punto de dar media vuelta y marcharse de nuevo—.
¿Puedo ayudarle? El restaurante todavía no está abierto.
—¿Es usted Julia? —preguntó el tipo. Hablaba en un tono bajo y algo atropellado. Como la mayoría de los lugareños, pronunció su nombre con un marcado sonido «ch» al principio.
—Sí, soy yo —respondió ella extrañada.
—Soy Diego —se presentó el hombre—. El hermano de Isora. Me ha dicho que tal vez necesite mis servicios.