Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 6. Nuevos amigos #3
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6. Nuevos amigos #3

—Las mías son negras, ¿lo ves? Y la mitad de grandes que las que hay en Alemania. Este era su aspecto original, de hecho, y, puesto que no están sobrecriadas, son menos vulnerables —explicó mientras dejaba cuidadosamente el ejemplar con las demás.

A Julia le encantaba ir con su amiga a ver las abejas y oírla hablar sobre cómo trabajaba con ellas. Le parecía de lo más relajante dejarse llevar por el ritmo del enjambre, observar cómo se movía Maribel e intentar imitarla.

—Algún día me ayudarás —dijo la mujer con una sonrisa—. Por cierto, ¿te he contado ya que a Emil le gustaría tener su propia colonia?

—¿Una colmena? —preguntó Julia sorprendida.

—Me parece muy buena idea —prosiguió la apicultora—. Si se lo toma en serio, le cederé una de las mías. A ver si le contagia el entusiasmo a Acorán.

Ese era el verdadero nombre de su nieto, el mejor amigo de Emil. Sin embargo, al chico no le gustaba ese nombre tan típico de los lugareños canarios; le parecía pasado de moda y se hacía llamar «el Rostro» por la cicatriz que lucía en la frente.

—¿Los chicos no son demasiado impetuosos para esto? —preguntó Julia sin mucha convicción. Pensaba en lo salvajes que aquellos chiquillos de doce años podían llegar a ser jugando.

Maribel se rio.

—No tardarán en calmarse, créeme —aseguró—. En cuanto los persiga un enjambre entero de abejas, aprenderán a ser prudentes.

—O dejará de parecerles divertido —objetó Julia.

—También es posible —convino Maribel—. Con las abejas no existen medias tintas.

O te encanta trabajar con ellas, o es mejor que ni empieces —explicó con un suspiro.

Cerró la tapa de la última colmena y se dispuso a marcharse—.

Por desgracia, el segundo es el caso de mi hija.

Ana y las abejas viven en dos universos distintos.

—Pero crea la cerámica más bonita de toda la región —arguyó Julia para defender su honor. Por muy bien que se llevara Maribel con su hija, el hecho de que les tuviera verdadera fobia a las abejas seguía siendo un punto delicado de su relación.

—Cierto —admitió la mujer con indulgencia—. Pero en este rincón del mundo la apicultura se ha transmitido de madres a hijas desde hace generaciones. Por eso me duele tanto saber que esta tradición terminará conmigo.

«Bueno —pensó Julia mientras emprendían el camino de vuelta—, quién sabe. Tal vez el Rostro se decida a recoger el testigo de su abuela aunque eso signifique romper con la tradición femenina de la familia». No obstante, en ese momento le vino a la cabeza un tema completamente distinto.

—Espera —dijo, deteniéndose sin darse cuenta siquiera—. ¿Mi hermano ha vuelto a permitir que Emil pase tiempo con vosotros?

—Ni idea —respondió Maribel con una sonrisa elocuente—.

Decidimos no preguntarle al chico por la cuestión.

Hace unos días llegó de la escuela con Acorán, y desde entonces digamos que vive en casa —reveló, apoyando el bastón en el suelo para proseguir la marcha—.

De hecho, puedes preguntárselo tú misma si quieres —le dijo por encima del hombro—.

Hoy los chicos entran tarde a la escuela.

En efecto, se encontró a Emil con sus amigos en la cocina de la Finca del Casco, desayunando tranquilamente. Maribel les había dejado chocolate caliente en el fogón, pan casero, miel y también jamón por si alguien prefería algo salado.

—¿Qué haces tú aquí? —exclamó Emil al ver a Julia, y enseguida se puso de pie de un brinco y le dio un abrazo.

—Eso podría preguntarte yo a ti —replicó ella, abrazando con fuerza a su ahijado. Le emocionaba que todavía le demostrara tanto cariño a pesar de que estaba a punto de cumplir los trece años.

—Hemos ido a ver las abejas —explicó Maribel, poniendo la tetera en el fuego para preparar café para ellas—. La próxima vez te despertaré para que puedas venir también —dijo burlándose de Emil—. ¿No dices que quieres ser apicultor?

—Pero no es obligatorio levantarse a las cinco de la mañana para ir a ver las colmenas, ¿verdad? —preguntó el muchacho, mirando a Maribel con ingenuidad, como si fuera algo que pudiera negociarse.

—No, no es imprescindible —dijo la mujer con una sonrisa—. Con hacerlo a las seis basta.

Acorán, el que se hacía llamar el Rostro, se rio de su amigo. Por lo visto, a él también le parecía demasiado temprano.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó Julia con cautela.

Emil se encerró en sí mismo de repente.

—Ni idea —respondió—. Hace tiempo que no lo veo.

—¿Sabe que estás aquí?

—Me da igual —replicó Emil. Acto seguido, se tomó el chocolate caliente, puso un par de lonchas de jamón en un panecillo abierto que metió en una fiambrera de plástico y luego se la guardó en la mochila—. Rostro —le dijo a su amigo—. Tenemos que irnos.

—No es verdad —contestó este, señalando hacia el reloj de la pared—. Todavía falta al menos media hora.

—Siento haberte puesto de mal humor —le dijo Julia en voz baja a su sobrino—. Es que no sé muy bien cómo están las cosas con tu padre.

—Está bastante furioso contigo —anunció Emil—. Pue­des sentirte orgullosa de ello. Y para que lo sepas: a partir de ahora pienso hacer lo que me dé la gana.

—¿Y si viene a buscarte aquí?

—Entonces lo esconderemos —dijo Acorán, sonriendo relajadamente.

—No pienso seguir soportando esto —explicó Emil eno­jado—. ¿Qué quiere que haga yo con Tanja? Las cosas están muy caldeadas entre ellos. Papá ya no duerme nunca en casa. Parece como si ya no viviera allí, así que nadie puede obligarme a quedarme.

—Yo lo veo igual que él —intervino Maribel con calma—. Esa clase de situaciones no son adecuadas para el chico. De hecho, todos estamos de acuerdo en eso. Y si tú no tienes ningún inconveniente al respecto...

—¿Yo? —exclamó Julia sorprendida—. Te aseguro que no tengo nada en contra de que Emil viva con vosotros, todo lo contrario. Solo me surgen algunas dudas. Jens puede llegar a ser muy desagradable.

—No te preocupes por eso —respondió Maribel, sirviendo el café humeante y aromático en dos tazas del taller de cerámica de Ana—. Que venga. Te aseguro que no encontrará al chico aquí.

—Subiré montaña arriba si aparece —explicó Emil con la mirada brillante.

—Ja, ja, bastará con que te escondas en el establo de las cabras —opinó Acorán—. Mientras el macho cabrío esté ahí dentro, ningún desconocido se atreverá a entrar.