6. Nuevos amigos #2
—En cualquier caso, debo encontrar otro pescador —dijo Julia para volver al tema original—.
A ser posible, que no haya tenido nada que ver con Jens, si es que todavía queda alguien así en la isla —comentó, riendo sin alegría mientras le servía más limoncello a Isora.
Cuando cogió la botella de ron, no obstante, Rayco lo rechazó con un gesto y le dijo que tenía que conducir de vuelta a casa.
—Sé lo que se siente cuando te culpan de cosas que ha hecho alguien de tu familia —dijo Isora, lo que sorprendió a Julia—. Y no es nada agradable. Llevo tiempo pensando en una cosa, Julia. Quizá haya una solución. Quiero decir para todos los implicados, también para ti.
La escuchó con atención. ¿A qué se refería? ¿Qué tenía en mente?
—Es posible que te parezca descabellado —intervino Rayco con el rostro igual de arrugado y cerrado que había mostrado en el puerto—. No creo que esté dispuesto a hacerlo de nuevo.
—Si no se lo preguntamos, no lo sabremos jamás. Tal vez solo esté esperando una oportunidad.
Rayco negó con la cabeza e hizo ademán de decir algo, aunque al final guardó silencio.
—¿Puedo saber de qué estáis hablando? —preguntó Julia con cautela.
Isora respiró hondo antes de explicarse.
—El caso es que —empezó a decir, y las mejillas se le sonrojaron debido a los nervios— mi hermano menor es pescador.
—Era —matizó Rayco.
—De acuerdo, Diego era un pescador excelente —se corrigió Isora con paciencia—.
Nadie manejaba la caña de pesca en profundidad como él.
Entre sus capturas no veías jamás ninguna pieza por debajo de la normativa y siempre sacaba del mar solo la cantidad autorizada, para la que siempre tenía compradores. Además, bucea y caza peces con arpón.
—Isora quiere decir sin botellas de oxígeno ni nada —dijo Rayco—. Es uno de esos que bucean... ¿Cómo los llaman?
—Apneísta —dijo Isora antes de tomar un sorbo de limoncello.
—Son esos chiflados que pasan varios minutos bajo el agua sin medios técnicos —explicó Rayco—. Él dice que le sienta bien, pero yo siempre temo que algún día no vuelva a salir a la superficie y se quede ahí abajo.
—¿Y por qué dejó de pescar? —preguntó Julia confundida.
—Hace unos años hubo un accidente —prosiguió Rayco en lugar de su esposa hablando en un tono suave y contemplando a Isora con preocupación— en el que perdió la vida su compañero.
—Todos creen que fue por culpa de Diego, incluido él mismo —explicó Isora, mirando a Julia con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas—.
Y tal vez sea cierto, quién sabe, no había nadie más allí.
Desde entonces, no es el mismo. Era su mejor amigo.
Y de alguna manera no se perdona lo sucedido.
Los demás lo evitan como si pudiera traerles mala suerte.
Nadie quiere volver a subir a un barco con él —concluyó, tragando saliva y desviando la mirada.
—Ha caído en una depresión —explicó Rayco—. Encima, su esposa lo dejó y se llevó a los niños. No podía soportar lo mucho que había cambiado desde el incidente. Y de eso hace ya tres años.
—¿Y creéis...? —empezó a preguntar Julia, intentando entender qué relación podía haber entre la historia de Diego y su problema—. ¿Creéis que tal vez él...?
—Isa piensa que, si subiera de nuevo a su barco y se hiciera a la mar, si tuviera algo que hacer y alguien confiara en él, las cosas podrían volver a irle bien —explicó Rayco—. Yo soy más escéptico. No se puede deshacer lo sucedido.
—Deshacerlo no —intervino Isora—, pero en algún momento hay que pasar página y pensar en el futuro. Tengo la impresión de que a Diego le han echado un mal de ojo, y de algún modo habrá que romper ese hechizo.
—Pero ¿todavía tiene barco? —preguntó Julia.
—Sí —respondió Rayco—. Aunque lo tiene guardado en un cobertizo y se está deteriorando por momentos.
—No es cierto —objetó Isora visiblemente indignada—. Revisa con regularidad el Esperanza y lo conserva en buen estado. Por eso pienso que algún día se hará a la mar de nuevo. Lo único que necesita es una excusa.
—Pues yo podría ofrecérsela —dijo Julia, siguiendo la idea de Isora.
—Y eso podría beneficiarte a ti de paso —añadió esta.
—Pero, si nadie quiere volver a trabajar con él —dijo Julia—, ¿cómo podría hacerlo?
—Antes solía salir solo —respondió Isora—. Para pescar calamares, por ejemplo, y llevar a cabo otras capturas cerca de la costa. Podría empezar por eso.
—Por mí, encantada —dijo Julia—. Los calamares son buenos; al fin y al cabo, son una especialidad de la casa. Pero solo si tu hermano realmente está dispuesto a ello. No querría que se arriesgara demasiado y le ocurriese algo.
—Eso no lo desea nadie —aseguró Rayco—. De todos modos, hasta el momento toda esta idea solo han sido ensoñaciones de Isora.
—Se lo preguntaré —replicó su esposa con decisión—. Veremos cómo responde a la propuesta.
—He oído hablar de ese accidente —dijo Maribel pensativa—. Es una historia terrible.
Era temprano por la mañana y el sol todavía no había asomado por encima de la montaña, aunque su reflejo ya se divisaba en la fina franja de nubes que estaba suspendida sobre el mar.
Julia acompañó a su amiga hasta las colmenas, que estaban a más de media hora a pie de la Finca del Casco, en un bosquecillo de eucaliptos.
Y eso que la apicultora andaba a un ritmo tan ágil que costaba creer que tuviera más de sesenta años.
En la mano derecha, como de costumbre cuando caminaba por ese terreno, llevaba un largo bastón que casi duplicaba su altura.
En una ocasión le explicó a Julia que los indígenas solían llevar esa clase de varas.
También llevaba un pañuelo de algodón blanco en la cabeza, con lo que su rostro parecía todavía más bronceado de lo que estaba.
—¿Conoces a Diego personalmente? —preguntó Julia, esforzándose para seguir el ritmo que marcaba su amiga.
Maribel negó con la cabeza.
—Decir que lo conozco sería excesivo. Tras la muerte de su amigo, se volvió muy retraído y apenas se deja ver cuando hay gente.
Rodearon una pequeña colina boscosa, tras la cual se abrió ante ellas la vista del Atlántico.
Lisa como un espejo, la inmensa superficie de agua se extendía hasta el horizonte, donde su azul brillante parecía fundirse con el del cielo.
Julia siempre se quedaba sin aliento cuando veía aquella inmensidad.
Sin darse cuenta, aspiró el aroma especiado de las hierbas que crecían en el lugar.
El sendero estaba bordeado de lavanda silvestre, que a finales de agosto apenas florecía, aunque la planta emanaba igualmente un intenso aroma, sobre todo a primera hora de la mañana.
—No sé si es buena idea —dijo Julia— animarlo a hacerse a la mar. Por lo que me contó Isora, todavía está traumatizado por el accidente. ¿Y si, mientras está ahí fuera, le vienen a la cabeza imágenes de la escena y entra en pánico?
Maribel no respondió. Seguía con la mirada a unas cuantas abejas que se estaban deleitando con las pocas flores que encontraban, revoloteando de un lado a otro en busca de alimento.
—No puedo decir nada al respecto —dijo al fin—. Si su propia hermana quiere planteárselo, es su problema. ¿No crees?
Julia levantó una gran concha vacía de mejillón que encontró, blanca y reluciente, entre la arena rojiza del sendero. Las aves marinas debían de haberla llevado hasta allí arriba para poder devorar a su presa con calma.
—Pero imagínate que le ocurre algo —objetó con inquietud—. Y que corre la voz de que se hizo a la mar de nuevo para cumplir con un encargo mío. ¿Qué crees que pasaría entonces?
—Eso sería malo —dijo Maribel—. Si temes que pueda suceder algo semejante, no deberías entrometerte.
Cada vez revoloteaban más abejas a su alrededor, las colmenas no estaban muy lejos. Maribel se detuvo y sacó de su mochila un traje de apicultor con sombrero y todo.
—Toma —dijo, tendiéndoselo a Julia—. Aunque ya has subido un par de veces conmigo, vale más asegurarse.
Julia se enfundó el mono blanco, se puso el sombrero y dejó que el velo de rejilla que le caía del ala le protegiera el rostro.
—Te queda genial —bromeó Maribel, lo que la hizo reír.
La apicultora se limitó a ponerse unos guantes, aunque a Julia eso no le extrañó. Familiarizada con las abejas desde pequeña, se movía con tanta calma y seguridad entre las nubes de insectos que la aceptaban sin más, de manera que casi nunca la picaban.
Fascinada, Julia observó los movimientos expertos con los que Maribel se dedicó a levantar las tapas de las colmenas, sacar con cuidado los panales y examinar con ojo clínico el enjambre antes de volver a colocarlos en su sitio.
—En esta época del año hay que prestar una atención especial a la salud de la colonia —explicó—.
Las estaciones en la isla son muy distintas a las de Alemania, por ejemplo.
Aquí el invierno es la época de floración, y no de reposo.
Por eso es importante que ahora acumulen las fuerzas que necesitan.
Por desgracia, hay demasiados hongos y otros parásitos que solo salen con las lluvias esperando para atacar a los animales más debilitados y propagarse por toda la colmena.
—Por eso les dejas su propia miel como sustento, ¿verdad?
—preguntó Julia, sabiendo que Maribel solo recurría al agua azucarada o cualquier otro alimento adicional en caso de emergencia, ya que estaba convencida de que las abejas necesitaban los valiosos ingredientes que llevaba la miel que producían para conservar la salud.
La apicultora asintió, cerró la tapa y se dirigió hacia la siguiente colmena.
—La mejor es la de flores —le explicó—. Les cuesta más digerir el sabor amargo de la mayoría de los árboles. Aunque, por supuesto, nuestras abejas canarias están más acostumbradas a ello, a diferencia de las seleccionadas que se suelen criar en el resto de Europa.
Una abeja se le posó en la manga y Maribel aprovechó para mostrarle la diferencia a Julia.