6. Nuevos amigos
NUEVOS AMIGOS
—Ya están aquí —exclamó Fayna en dirección a la cocina.
Julia se lavó las manos enseguida y salió a saludar a Rayco Baute y a su esposa Isora.
Se habían vestido especialmente para la visita.
Rayco incluso se había puesto un traje, e Isora llevaba un bonito vestido floreado que le realzaba la figura.
Hacía buen tiempo, ni demasiado calor ni demasiado frío, por lo que decidieron sentarse en el patio, donde Amo se dedicó a olfatearlos con curiosidad desde lejos.
Cuando Isora tendió una mano hacia él, se les acercó para olisquear con detenimiento los pantalones de Rayco.
—Seguro que huele a Ramsés —dijo Isora mientras lo acariciaba tras las orejas—. Qué garafiano tan bonito.
—Apareció un buen día por aquí —explicó Julia. Para sus adentros, temía que en cualquier momento se presentara el verdadero dueño para reclamarlo—. Tengo la sensación de que eligió la finca como hogar. Simplemente se plantó frente a la puerta.
—Los animales son listos —afirmó Rayco con determinación—. Saben dónde estarán bien. Tienen un instinto infalible para eso.
Fayna llegó con dos copas de cava en una bandeja en la que también traía las últimas pruebas que había hecho Julia de unas galletas de queso en las que estaba trabajando junto con las viudas de la cooperativa.
—Un trago de bienvenida —aclaró Julia—. Es como recibimos a los clientes que vienen por primera vez al Flor de Sal.
Dicho esto, le cedió el protagonismo a Fayna, que les llevó las cartas y les preguntó qué les apetecería beber.
Había más mesas ocupadas en el patio y en el comedor del restaurante.
Una pareja inglesa les contó que habían cogido el folleto de Julia en el puesto que Maribel tenía en el mercado semanal, y cuatro lugareños que trabajaban en el observatorio se habían enterado de la existencia del Flor de Sal gracias al cartel que Miguel había colgado en el tablón de anuncios.
Julia sentía curiosidad por saber cómo se estaba difundiendo por la isla la noticia de la apertura del nuevo restaurante, y agradecía enormemente el apoyo de sus amigos.
Fayna sirvió a los mecánicos un entrante a base de jamón serrano cortado en finas lonchas con higos frescos y unas gotas del mejor aceite de oliva, queso de cabra marinado y un maravilloso y refrescante gazpacho.
Julia estaba ansiosa por saber qué elegirían los propietarios del restaurante La Lubina y estudió con curiosidad el pedido que Fayna colgó en la pizarra magnética.
Rayco se decidió por la noisette de cordero, mientras que Isora pidió el risotto de boletus.
«Una buena elección», pensó Julia. Esa misma mañana, Maribel le había llevado una gran cesta repleta de las apreciadas setas que había recogido temprano, durante la ronda de control de las colmenas.
«Nosotros no nos los comeremos todos», le había dicho, y, tras charlar un rato en la cocina mientras se tomaban un café, se había marchado de nuevo.
Como entrante, los comensales eligieron el único plato de pescado que ofrecía Julia, la mousse de bacalao con limones en salmuera de su propio huerto, servida con un pan crujiente de aceitunas.
Julia estaba en su elemento. Disfrutaba utilizando sus aparatos gastronómicos profesionales, la antigua cocina de hierro colado que tan buen servicio le había prestado ya a Belén y también el horno de leña.
Había asimilado los ritmos de la cocina, de manera que le resultó sencillo remover el risotto mientras asaba el cordero en su punto justo para que quedara dorado y crujiente por fuera y rosado por dentro.
Además, tenía que calentar a la temperatura adecuada el ragú de conejo para la pareja inglesa y emplatarlo junto con el spätzle , la pasta de huevo típica de Suabia, que suponía toda una sensación exótica en las Canarias.
—¿Qué te parece? —le preguntó a Fayna cuando esta entró en la cocina cargada con los platos sucios—. ¿Crees que han quedado satisfechos?
Fayna dejó la pila de platos sobre el mostrador con cuidado.
—¿La mesa de cuatro? Están absolutamente fascinados y quieren saber cómo preparas esos s-s-spätzle .
Julia no pudo evitar reírse ante las dificultades que tenía para pronunciar esa palabra, tan complicada para los españoles.
—Qué bien —exclamó encantada—. ¿Y qué me dices del dueño de La Lubina?
—Ah, él tampoco se ha quejado de nada —respondió la joven con una sonrisa mientras tomaba dos platos recién preparados con entrantes para unos clientes que acababan de llegar.
Julia esperó pacientemente a que Fayna les retirara el plato principal.
Examinó con disimulo la mesa de Rayco e Isora: no habían dejado ni una migaja. Luego, después de asegurarse de que el resto de los comensales estaban bien atendidos y de que podía dejar el strudel vienés de manzana en el horno, se quitó el delantal y salió al patio.
—¿Estaba todo a vuestro gusto? —les preguntó.
Isora la miró con satisfacción, pero también con curiosidad, mientras que Rayco se reclinó en su silla y frunció los labios con aire pensativo. Julia empezó a preocuparse.
¿Acaso su forma de cocinar era demasiado rara para los lugareños? ¿Demasiado singular? ¿No querían que les sorprendieran y preferían ver los ingredientes de siempre combinados de la forma más tradicional posible?
—Me habían dicho que la Guía Michelin te había concedido una estrella en Alemania —dijo Rayco al fin—. Si quieres que te diga la verdad, no me creí ni una palabra.
—Nos pareció una exageración —dijo Isora, intentando ser más diplomática que su marido y mirando a Julia con preocupación.
—Hoy nos has demostrado que no lo era ni mucho menos —prosiguió Rayco, ante lo que Julia respiró aliviada—. Todo estaba como es debido —dijo el cocinero para resumir su opinión—. Más delicado, más... No sé cómo decirlo. Pero creo que ya sabes a qué me refiero.
—Si eso significa que os ha gustado, os aseguro que me basta —respondió Julia, invadida por la sensación de euforia que solía apoderarse de ella cada vez que lograba hacer feliz a la gente con los matices de sabor de sus platos.
Isora se rio con alegría, y su marido también soltó una risita.
—También podría expresarse así, sí —convino Rayco.
—¿Qué queréis que os prepare de postre?
—¿Por qué no hacemos como ayer? —propuso Rayco—. Dejaremos que nos sorprendas. ¿Te parece bien, Isa?
—Buena idea —respondió Isora con una amplia sonrisa.
—¿Frío o caliente? —preguntó Julia.
—Frío —respondió Rayco rápido como una bala.
—Caliente —contestó Isora al mismo tiempo.
—¡Muy bien! —exclamó Julia, riendo—. ¡Pues me pongo manos a la obra!
El strudel de manzana con salsa de vainilla complació perfectamente a Isora, mientras que el helado casero de tartufo, compuesto por nada menos que siete capas de diferentes chocolates alrededor de un núcleo de turrón de avellanas con flor de sal granulada, tampoco dejó indiferente a Rayco.
Cuando el resto de los comensales se fueron despidiendo, Julia cambió la blusa blanca de manga larga que llevaba puesta por una camiseta más fresca y se sentó con ellos.
Ella e Isora se tomaron un limoncello casero, mientras que Rayco aceptó con gusto un vasito de Ron Aldea y un café.
Estuvieron charlando sobre varios temas e intercambiaron opiniones sobre las diferentes formas de preparar el bacalao hasta que Rayco de repente dijo:
—Lo único que le falta a tu carta es pescado fresco.
—Tú lo has dicho —respondió Julia con un suspiro—. Todavía no he encontrado proveedor.
Ya le había preguntado a su amiga Maribel si tenía alguna idea al respecto, pero los nietos de la apicultora le llevaban con regularidad pescados frescos que capturaban ellos mismos con arpón buceando entre las rocas, de manera que no conocía a ningún pescador profesional.
—¿Por qué se niega Abián a vendértelo? —preguntó Isora.
—Por culpa de mi hermano —confesó Julia con franqueza. En realidad, no sabía si ellos estaban al corriente de que era la hermana de Jens Brunner. Ni si también iban a rechazarla por ese motivo—. Es Jens Brunner, el especialista en actividades al aire libre —explicó.
—El Alemán —dijo Rayco, estirando las sílabas como si hubiera comprendido las circunstancias de repente—. ¿Ese es tu hermano? —preguntó, y soltó un silbido entre los dientes mientras negaba con la cabeza—. Ahora lo entiendo todo.
A Julia se le encogió el corazón. Justo cuando creía que estaban a punto de hacerse amigos... O al menos que podrían mantener una relación cordial entre colegas. Sin embargo, todo parecía que se quedaría en una simple ilusión.
—¿Y qué tiene que ver eso contigo? —preguntó Isora con la frente arrugada.
—En realidad, nada —respondió Julia resignada—. O todo, según se mire. Mi relación con mi hermano no es buena, lo que tampoco es agradable. La familia debería permanecer unida, ¿no? Pero Jens me complica mucho la vida.
—Una vez se presentó en nuestro restaurante con su gente —explicó Rayco—. Un grupo de cincuenta personas. Había reservado previamente y habíamos acordado un menú: entrantes, platos principales y flan de postre. Al final quiso renegociar el precio, ¿verdad, Isa?
Su esposa asintió con aire crítico y se cruzó de brazos.
—Lo habíamos acordado de antemano. Y aun así... —Rayco hizo una pausa para frotarse la barbilla—. Bueno, no sé por qué te lo cuento. Al fin y al cabo, tú no tienes nada que ver con eso.
—Al final no pagó, ¿verdad?
—Solo la mitad —respondió Isora—. Rayco lo echó y le prohibió volver por allí —añadió, sonriendo como si quisiera disculparse—. Mi marido puede llegar a ser muy impulsivo, ¿sabes?
—Con toda la razón del mundo —la contradijo Julia indignada.
Pensó en la manera en que se había presentado el día de puertas abiertas.
Simplemente no le cabía en la cabeza que pudiera hacer esa clase de cosas.
¿Por qué Jens se comportaba siempre como un elefante en una cacharrería?
¿De verdad creía que a la larga podría salirse con la suya actuando de ese modo?