Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 5. El gato naranja #3
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5. El gato naranja #3

—Mira tú por dónde —exclamó Isora con los brazos en jarra—. Le caes bien a Ramsés. Puedes sentirte orgullosa, nuestro gato naranja es muy selectivo con sus amistades.

—Pero si tengo un perro en casa —explicó Julia sorprendida mientras se inclinaba para acariciar al animal—. Aunque también es pelirrojo, un garafiano.

Isora se rio.

—Pelirrojos del mundo, uníos —exclamó.

En ese momento Rayco les sirvió el postre personalmente en una gran bandeja.

Con aire teatral, colocó frente a Amelie un molde resistente al fuego con un pastelito redondo dentro.

A continuación, encendió un líquido en una diminuta cacerola de cobre, lo vertió por encima y esperó a que las llamas azules se extinguieran.

—Pastel de gofio flambeado con chocolate amargo y crema de vainilla —anunció, lo que con su voz ronca sonó como una declaración de amor.

Luego se volvió hacia Julia.

—Para ti tengo una creación completamente nueva.

Si te gusta, la llamaré «Fuego juliano» —prometió Rayco mientras colocaba ante ella una copa de cristal.

Contenía una masa brillante de color rojo fuego con unos fragmentos oscuros indefinibles—.

Sorbete de granada con Ron Aldea, acompañado de galletas de gofio y cristales de hielo.

Como un prestidigitador, Rayco vació sobre el sorbete un vasito de aguardiente repleto del ron blanco que se fabricaba en una famosa destilería del noreste de La Palma. Finalmente, colocó una extraña rejilla transparente sobre el helado.

—Son los elementos que dan forma a nuestra isla: el fuego, la piedra y, en la cumbre, el hielo.

Julia le lanzó una mirada de asombro. No pudo evitar pensar en el primer día que había pasado en La Palma, cuando Jens la había llevado hasta el punto más alto de la isla.

El mundo ofrecía una imagen irreal, recubierta de hielo: la hierba, las rocas, las flores.

Fuego y hielo, sí: aquella había sido la primera impresión que se había llevado de aquella isla tan singular y, al mismo tiempo, tan extraordinariamente bella.

Rocas negras, el fuego rojo del volcán que había creado La Palma y los cristales de hielo. La creación de Rayco era perfecta.

—Esta mañana ha sido la primera vez que he intentado hacerlo —añadió con una sonrisa apocada—. Ya me dirás qué te parece.

—¿De qué está hecha la rejilla? —preguntó Julia, contemplando con asombro aquella filigrana de la estructura.

—Pruébala y lo sabrás —dijo Rayco con una amplia sonrisa, y se retiró a la cocina.

Julia rompió un trozo de aquella rejilla cristalina y se la puso sobre la lengua. Cerró los ojos y se concentró.

Había nacido con un paladar extremadamente sensible, quizá por eso se había convertido en una chef de primera.

Aunque tal cosa era a la vez una bendición y una maldición porque, si bien le permitía, por ejemplo, distinguir con un alto nivel de acierto los ingredientes de una salsa, también implicaba sufrir ante una preparación pobre o el uso de ingredientes artificiales, potenciadores del sabor o aditivos químicos.

Notaba los sulfitos añadidos en muchos vinos y percibía con claridad el glutamato, por no hablar ya de los aditivos que empezaban por la letra E.

Sin embargo, en esos momentos apreció los aromas de las uvas congeladas mientras la rejilla de hielo se le fundía en la lengua, desprendiendo una fragancia picante de nuez moscada, manzana y pera.

—Lleva espumoso —constató Julia, y rompió un trozo para su amiga—. Pruébalo —le dijo a Amelie.

Esta rechazó el ofrecimiento con un gesto.

—No pega nada con esto —opinó, señalando con la cuchara hacia el pastelito flambeado de harina tostada de cereales y chocolate amargo.

—¿Está bueno?

—Es simplemente fantástico —aseguró Amelie antes de meterse otra cucharada del postre en la boca.

Mientras tanto, Julia se dedicó a degustar el sorbete de granada, que, junto con el ron blanco, le provocó una verdadera explosión de sabor en la lengua.

—¿Y bien? ¿Qué os ha parecido?

Julia miró a Rayco con una gran sonrisa en los labios.

—Maravilloso —dijo—. La rejilla está hecha con espumoso, ¿verdad?

—Cava y jugo de caña de azúcar —reveló el cocinero con una sonrisa. De repente a Julia le pareció verlo distinto: los ojos le brillaban y se le había alisado la frente, habitualmente tan fruncida—. ¿Y qué me dice la señorita «caliente y amargo»?

—Caliente como el amor y amargo como la vida —replicó Amelie, lo que hizo reír a Rayco.

—Muy bien —dijo él—. Genial. No se puede pedir más.

Cuando Julia pidió la cuenta, Isora les dijo que invitaba la casa.

—Ni hablar —objetó ella con decisión—. Hemos disfrutado de un almuerzo riquísimo y eso tiene un precio. De verdad, Isora, de lo contrario, no me atreveré a re­gresar.

Aceptó solo al ver que Rayco volvía a salir de la cocina e insistía en invitarlas.

—Muy bien —dijo Julia al fin—, pero con una condición: venid mañana a mediodía al Flor de Sal y dejad que sea yo quien os invite. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió Rayco, pasándole un brazo por encima del hombro a Isora—. Mañana a las tres.