5. El gato naranja #2
—¿Qué os apetece para beber? —preguntó Isora mientras les ofrecía las cartas. Julia ya se sabía el contenido después de su última visita, y es que tenía una memoria infalible para esas cosas.
Pidieron una jarra de agua y un vino blanco ligero de la bodega Teneguía, del sur de la isla, que Isora les sirvió con unas rebanadas de pan recién hecho y una pasta de bacalao y ajo.
—Qué selección de platos más interesante para ser un restaurante tan discreto —opinó Amelie con sorpresa tras revisar la carta.
—Suerte que no te entienden —replicó Julia en voz baja—. Este es uno de los mejores locales de la isla, y se lo conoce sobre todo por el pescado.
Amelie arqueó las cejas.
—Ah, ¿por eso estamos aquí? ¿Por el pescado?
Julia sonrió.
—Es posible. Pero ahora decidamos qué comeremos. Yo quiero el tartar de atún como entrante. ¿Y tú? ¿Prefieres pedir algo diferente? La verdad es que me gustaría probar tantas cosas como fuera posible.
Por supuesto, las amigas estaban acostumbradas a compartir los platos cada vez que salían a comer.
Amelie se decidió por los boquerones marinados en limón y vinagre, ajo, perejil y guindilla; cada cocinero tenía su propia manera de prepararlos, y eso permitiría revelar mejor sus cualidades.
Para el plato principal, Julia iba a pedir la lubina que daba nombre al local, pero cambió de idea cuando Isora les explicó que ese día habían recibido un mero fresco fenomenal.
—Tenéis que probarlo —insistió, mostrando una muela dorada al sonreír.
—Por supuesto. No podemos dejar pasar esa oportunidad —respondió Julia, y enseguida se puso de acuerdo con Amelie para pedir una ración para dos.
Ya estaban disfrutando de los entrantes cuando una docena de personas llegaron al restaurante, juntaron con rapidez varias mesas con la ayuda de Isora y se sentaron alegremente formando un batiburrillo de acentos que incluían el español, el inglés, el francés y probablemente también algún idioma nórdico.
Todos eran hombres vestidos con camisa blanca y vaqueros, y a Julia le pareció oír que se trataba de una delegación internacional del observatorio astronómico que se encontraba a unos 2.
400 metros de altura, en el Roque de los Muchachos.
Desde allí diecinueve naciones distintas apuntaban sus telescopios hacia el cielo para explorar el universo tanto de día como de noche.
—¿Son esas construcciones blancas en forma de champiñón con enormes espejos parabólicos?
—preguntó Amelie cuando Julia compartió con ella sus suposiciones—.
Pasamos por allí cuando Jens me llevó hasta la cumbre de la montaña de la isla.
Se enfadó muchísimo porque no consiguió que le dieran permiso para que sus clientes pudieran mirar por los telescopios.
—Son instalaciones dedicadas a la investigación —señaló Julia—. Miguel me explicó que ahí trabajan más de sesenta equipos de especialistas de todo el mundo.
Miguel era el padre del amigo de Emil, el Rostro. Trabajaba como mecánico en el observatorio y ya había invitado a Julia en varias ocasiones.
—Por lo que sé, hay horarios de visita estipulados —añadió—. Aunque seguro que a Jens no le parecen suficientemente amplios.
Isora retiró los platos de los entrantes y les preguntó si les habían gustado.
—El tartar de atún estaba delicioso. Y los boquerones, sensacionales —respondió Julia, ante lo que la mujer esbozó una amplia sonrisa—. Por favor, salude a Rayco de mi parte —añadió, siguiendo un impulso espontáneo. Isora la miró con interés.
—Con mucho gusto —dijo—. ¿De parte de quién tengo que saludar a mi marido?
—De Julia.
El mero también les encantó a pesar de la simplicidad de la preparación, solamente con ajo y aceite de oliva.
Julia no pudo evitar imaginar combinaciones con otros ingredientes.
Isora les sirvió además las papas arrugadas de rigor, como era costumbre, aunque a Julia no le parecieron especialmente imaginativas.
Le encantaban las patatas canarias con costra de sal, cocidas en agua de mar.
Sin embargo, ella les daba un toque inconfundible cuando las incluía en su menú y, aunque nunca las servía como guarnición, le pareció una opción perfecta para el restaurante La Lubina.
Sintió cierto alivio cuando constató que ella y Rayco en realidad no eran competidores.
Podían complementarse a la perfección, sobre todo si procuraba que sus cartas fueran claramente distintas.
Ya se habían terminado el pescado cuando Rayco entró en la sala del restaurante para saludar a los hombres del observatorio.
Ataviado con el uniforme de cocinero, daba una impresión muy distinta a la del otro día en el puerto.
Uno de los comensales de la mesa grande se levantó para estrechar la mano del dueño con entusiasmo.
A Julia le bastó un vistazo para comprender que era el que lideraba el grupo internacional y quien pagaría la cuenta al final.
Rayco terminó por fijarse en ellas.
—Ah —exclamó con la voz ronca en un tono todavía más grave—, Julia, la del puerto —constató, golpeándose la frente con la palma de la mano mientras se reía—.
¿Cómo no se me ha ocurrido antes? —se lamentó.
Miró a Amelie y luego le echó un vistazo al plato de pescado, del que solo quedaban las espinas—. ¿Os ha gustado?
—Estaba delicioso —dijo Julia con seriedad—. Realmente las capturas de Abián no se desperdician contigo.
—Me alegro de oírlo —respondió el cocinero.
Se oyeron unas carcajadas procedentes de la mesa de los astrofísicos.
—¿Qué tomaréis de postre? —preguntó Rayco.
—¿Qué nos recomiendas? —dijo Julia, devolviéndole la pregunta.
—Bueno —empezó a decir el dueño, frunciendo las cejas—, depende de si preferís que sea dulce o amargo, caliente o frío.
Julia se quedó mirando a Amelie con aire interrogativo.
—Amargo y caliente —dijo esta.
—Y yo tomaré lo que tú creas que me gustará —añadió Julia.
Rayco asintió casi como si hiciera una reverencia y se retiró de nuevo a la cocina.
—Tengo mucha curiosidad por ver qué nos trae —susurró Amelie.
—Yo también —convino Julia, volviéndose hacia el patio interior. El gato atigrado había abandonado su lugar en la maceta. Poco después ella notó que algo suave le rozaba las piernas.