5. El gato naranja
EL GATO NARANJA
Durante los días siguientes, Julia solo vio a Amelie de buena mañana, cuando desayunaba con ella en la cocina.
Después se marchaba para reunirse con Jens, que siempre quería hacer algo «sensacional» con ella.
Mientras Julia preparaba salsas y aderezos, marinados, glaseados y postres, Amelie no paraba de hablar con entusiasmo de la belleza de la isla y sobre todo de Jens.
Julia la escuchaba y evitaba opinar al respecto, esperando en todo momento que aquella luna de miel fuera duradera.
En cualquier caso, no se atrevía a imaginar lo que podría significar para Emil que su padre cambiara de nuevo de pareja.
Aunque, para ser sinceros, nunca hubiera tenido una buena relación con Tanja. ¿Se llevaría mejor con Amelie?
La verdad era que agradecía que su amiga siempre estuviera fuera de casa con su hermano, ya que, después de la desagradable discusión que habían tenido el sábado por la noche, Julia no habría sabido cómo enfrentarse a él.
Intentó convencerse de que en algún momento todo volvería a la normalidad mientras extendía una masa de strudel tan fina que se podría haber leído un periódico a través de ella.
El domingo por la mañana, Julia no se dio cuenta hasta la hora de desayunar de que Amelie no había regresado al Mesón Flor de Sal.
La noche anterior había tenido mucho trabajo en el restaurante con las doce mesas ocupadas, hasta el punto de que incluso Fayna, normalmente tan imperturbable, había empezado a sudar.
Sin embargo, había valido la pena: los clientes habían quedado satisfechos y, cuando Julia hizo su ronda por las mesas, no recibió más que elogios.
Hasta el momento nadie había criticado todavía que en la carta no hubiera más platos de pescado aparte del delicioso bacalao típico de la isla, pero sabía que aquello tenía que cambiar cuanto antes.
Amelie no se dejó ver de nuevo hasta el domingo por la noche, cuando entró con aire culpable y se dirigió hacia el jardín, sabiendo que a Álvaro y a Julia les gustaba sentarse bajo el níspero cada vez que gozaban de un respiro.
Julia estaba cómodamente sentada en una tumbona con las piernas en alto y un gin-tonic al alcance de la mano.
—Eh, hola —la saludó su amiga con alegría—. Ven a sentarte con nosotros. ¿Te apetece uno? —preguntó, señalando su bebida.
—¡Pues sí, gracias! —respondió Amelie, ocupando una silla libre a su lado.
—Yo te lo preparo —dijo Álvaro, levantándose en una demostración más de lo sensible que solía ser. Julia se dio cuenta de que lo había hecho para que las dos amigas pudieran charlar a solas un rato.
—Siento que durante todo este tiempo...
—No tienes de qué disculparte —la interrumpió Julia—. Estás de vacaciones y puedes hacer lo que te dé la gana. ¿Te encuentras bien?
Amelie titubeó antes de responder, y a Julia se le encogió el corazón. ¿Acaso el idilio con Jens ya había terminado?
—Sí —respondió al final con énfasis—. Estoy bien. Aunque ahora te entiendo mucho mejor —dijo, e hizo una pausa mientras Álvaro le servía el vaso, se disculpaba y se retiraba discretamente con la excusa de que quería consultar en internet el tiempo que haría durante la semana siguiente.
—¿Qué has querido decir? —preguntó Julia, mirándola con preocupación—. ¿Qué es lo que entiendes mejor?
—Bueno, lo de Jens —respondió Amelie con la vista clavada en su vaso como si no hubiera nada más interesante en el mundo entero.
—¿Se ha comportado mal? —preguntó Julia alarmada.
—No, eso no —la contradijo Amelie—. Pero tenías razón.
No se toma en serio nuestra relación. Al menos, no a largo plazo...
—precisó con una mueca antes de apartar la cara.
Julia puso una mano sobre la de su amiga y le dio un apretón afectuoso.
Le habría gustado no tener razón en ese caso—.
No pasa nada —añadió Amelie, levantando la cabeza con valentía—.
En el fondo, yo tampoco estoy preparada para una relación estable.
Es solo que los últimos días han sido realmente bonitos y...
En este punto se echó a llorar y empezó a hurgar en el bolsillo.
—Toma —le dijo Julia, tendiéndole un paquetito de pañuelos—. Puedes quedártelo.
A pesar de todo, Amelie no pudo evitar reírse. De repente se dio cuenta de la cantidad de veces que su amiga le había ofrecido un paquete de pañuelos tras una historia de amor imposible.
—Pensarás que estoy chiflada —dijo mientras se secaba las lágrimas intentando que no se le corriera el rímel—. ¿Por qué tiene que pasarme siempre lo mismo?
Julia le acarició el brazo.
—Solo es que tienes debilidad por..., bueno, para decirlo de algún modo, por tipos lamentables.
Amelie soltó un resoplido. Luego respiró hondo y tomó un buen trago de gin-tonic.
—Da igual —concluyó—. Hemos pasado unos días muy bonitos y ya está. Le he dicho que no quería que nos siguiéramos viendo.
Julia se quedó sin habla. Y también se quitó un gran peso de encima. Sin duda era mejor que hubiera sido Amelie quien hubiese tomado la decisión de dejarlo.
—Eso debe de haberle afectado mucho —supuso.
—Sí, la verdad es que se ha quedado un poquito sorprendido —repuso su amiga con una sonrisa—. Pero cambiemos de tema. Cuéntame qué me he perdido por aquí. ¿Cómo va el restaurante?
—Bien —respondió Julia—. No me puedo quejar. El fin de semana hemos llenado los dos días. Por desgracia, todavía no he conseguido un proveedor de pescado fresco.
—¿No os pusisteis de acuerdo con aquel pescador?
—No, eso salió fatal —respondió Julia—. En cuanto Bencomo se enteró de que soy la hermana de Jens, dejó de confiar en mí.
—¿De verdad? —exclamó Amelie con los ojos desorbitados. Al parecer, todavía no se había dado cuenta de hasta qué punto Jens era impopular en La Palma.
—Muchos lugareños no pueden ni verlo. Y, por desgracia, eso me afecta también a mí —explicó Julia, buscando las palabras para describir la difícil situación en la que se encontraba sin herir demasiado los sentimientos de Amelie.
Al fin y al cabo, nada más llegar a la isla, se había liado con él—.
No me resulta fácil distanciarme de mi hermano —dijo para intentar explicarse—.
La gente tampoco ve nada bien que hable mal de él. La familia es la familia.
Amelie guardó silencio, afligida.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó al fin.
Julia se encogió de hombros.
—Tiene que haber más pescadores en la isla —dijo con un optimismo forzado.
En realidad, recordaba con nostalgia la mañana del lunes anterior, cuando había visto la mágica imagen de los barcos entrando en el puerto a la luz del amanecer.
Pensó en la sólida comunidad que formaban aquellos hombres, que se conocían desde pequeños.
Y en cómo se había plantado entre todos ellos: una mujer extranjera, y, por si fuera poco, hermana de un hombre al que todos despreciaban, seguramente con motivo...
Entonces volvió a acordarse de Rayco, el barrigudo propietario del restaurante, y de repente se le ocurrió una idea loca.
—¿Te apetece salir a comer conmigo mañana? —le preguntó a su amiga.
Amelie se la quedó mirando con los ojos muy abiertos.
—Por supuesto —respondió con una amplia sonrisa—. ¿Qué tienes en mente?
—¿Conoces La Lubina?
Amelie negó con la cabeza.
—Qué bien —dijo Julia aliviada—. Así no te relacionarán con Jens cuando nos presentemos allí mañana.
—Mañana es lunes —señaló Amelie—. Muchos restaurantes cierran. Como el tuyo.
—La Lubina no —respondió Julia—. Libran los martes. Bueno, más vale que reservemos una mesa enseguida.
El restaurante La Lubina se encontraba en un edificio anodino de la carretera que atravesaba la pequeña localidad de San Jaime, a una hora en coche del jardín de sal.
Era de ese color azul pálido del papel de carta antiguo, en la puerta habían pintado una gran lubina dorada y sobre ella destacaba un mascarón de proa con forma de sirena.
—No está mal —comentó Amelie riendo al verlo—. ¿Es posible que la familia también se dedicara a la pesca en otros tiempos?
Cuando abrieron la puerta, sonaron unas campanas de barco que resonaron por todo el comedor. Estaba vacío, salvo por un gran gato naranja atigrado que se había sentado majestuosamente frente a la chimenea y se las quedó mirando con sus ojos verdes.
Julia había reservado una mesa para el mediodía con la esperanza de que a esas horas no hubiera tanta actividad como durante la cena.
Quería ver si de ese modo surgía la oportunidad de charlar un poco con Rayco, aunque ni siquiera ella sabía muy bien qué esperaba de esa conversación.
De todos modos, le pareció que sería mejor hacer algo que limitarse a aguardar a que la solución a sus problemas cayera del cielo, ya que de esa forma lo más probable era que no acabara llegando jamás.
—Bienvenidas —las saludó la voz cálida de una mujer robusta de unos cuarenta años con el pelo rubio rojizo—. ¿Habéis reservado? ¿Señora Amelie?
A esas alturas Julia ya se había acostumbrado al hecho de que en La Palma se utilizara siempre el nombre de pila.
—Sí —respondió en lugar de su amiga. Había tenido la precaución de reservar la mesa a su nombre por si Rayco se acordaba de ella.
—Me llamo Isora —dijo la mujer, señalando hacia las mesas cubiertas con manteles verde oscuro y vajilla blanca—. Elegid la que más os guste. ¿Preferís estar junto a la ventana?
Julia asintió encantada, le pareció que sin duda era el mejor sitio de La Lubina.
Desde allí se veía el patio interior del edificio, en cuyo centro había una fuente rodeada de palmas de yuca y limoneros plantados en macetas de barro.
Julia incluso descubrió allí una de aquellas hermosas viboreras canarias, cuyas inflorescencias blancas o magentas crecían en mayo por encima del metro de altura.
Había un ventanal entreabierto y el gato salió por él con la cola levantada para acercarse a un cuenco lleno de agua y acomodarse luego en una de las macetas.