Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 4. Con el viento en contra #3
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4. Con el viento en contra #3

—No creo que sirva de nada molestarlo —respondió ella—. Abián ha tomado una decisión y no parece dispuesto a dejarse convencer de algo que no le apetece en absoluto.

El sol se reflejaba en la superficie del agua. Deslumbrada, Julia cerró los ojos.

—¿Y si mi madre vuelve a hablar con él?

—No —repuso Julia. No le había contado a Álvaro el comentario desdeñoso que había soltado el pescador sobre Belén, sabía que le dolería demasiado—.

Esto tendré que resolverlo sola de algún modo.

Ya me ha ayudado con muchas cosas —dijo, pensando en la desagradable historia del agua corriente que Juan Pérez le había contado no hacía mucho.

En ese caso la abuela de Álvaro había solucionado el problema imponiendo su autoridad.

Se levantó, extendió la manta de pícnic sobre la roca y empezó a sacar la comida.

—¿Qué has traído? —preguntó Álvaro con expectación. Le encantaba la comida de Julia y, puesto que había crecido en la cocina de un restaurante, ella se alegraba de que tuviera el paladar tan refinado.

—Tu plato preferido —respondió, levantando la tapa de un recipiente de cristal del que emanó un aroma delicioso.

—¿Me has preparado calamares rellenos? Creía que no habías podido comprar pescado.

—Son del supermercado —admitió Julia muy a su pesar—. No están tan mal —añadió mientras servía una generosa ración en un plato y se lo tendía a Álvaro.

—En caso de necesidad, siempre puedes adquirir el pescado allí —dijo él antes de olfatear el plato—. ¡Huele de maravilla!

—No, no puedo —respondió Julia con tristeza—. El pescado del día de puertas abiertas se lo compré a un vendedor del mercado. Pero a la larga sale demasiado caro y no es lo bastante fresco. Tengo que conseguir el género directamente de los pescadores.

—Estoy seguro de que encontrarás la manera de lograrlo —dijo Álvaro para intentar consolarla mientras saboreaba los calamares rellenos.

—Sí, eso espero, la verdad —replicó Julia con un suspiro.

—Oye, ¿dónde está Amelie? —preguntó Álvaro al cabo de un rato cuando, ya satisfecho, se tumbó sobre la piedra cálida.

—Ha ido a nadar con Jens —respondió Julia. Su novio levantó la cabeza, sorprendido—. Y, si no me equivoco —prosiguió—, hay algo entre ellos dos.

Álvaro arrugó la frente.

—¿Crees que será feliz con él?

A Julia se le llenó el corazón de ternura. Aquello era típico de su amado: lo que más le preocupaba del caso era que Amelie estuviera bien.

—Ni idea —dijo, encogiéndose de hombros—. Para serte sincera, no creo que Jens lo considere nada serio. Aunque tal vez esté siendo injusta con él.

—Ojalá te equivoques —dijo Álvaro, tendiéndose de nuevo sobre la roca—. Hace poco volvió a aparecer por aquí buscando a Amelie. Quizá tu amiga consiga que siente la cabeza de una vez.

—Eso estaría bien —respondió Julia con un leve suspiro. A continuación, se tumbó también ella y apoyó la cabeza en el hombro de Álvaro.

«No debería ser tan negativa», pensó. Por otro lado, sabía que lo más probable era que acabara perdiendo una amiga.

Álvaro se volvió hacia ella y le apartó un mechón de la frente.

Los días libres solía llevar el pelo suelto; al fin y al cabo, cuando trabajaba, tenía que recogérselo bajo el gorro de cocinera.

Poco a poco Álvaro dejó que un largo mechón se deslizara entre sus dedos.

—Tienes el pelo del mismo color que la miel de Maribel —observó en voz baja, y empezó a besarla en la frente y la nariz—.

Y, expuesto al sol, brilla como si fuera de oro —añadió, acercándose más a ella mientras le acariciaba la espalda.

Julia cerró los ojos y se entregó por completo a sus muestras de cariño—.

¿Qué te parecería una siesta en la casita de la sal?

En la finca había un pequeño edificio que servía para que los trabajadores se alojaran durante la cosecha de sal. Álvaro había vivido allí varios años, por lo que estaba bien equipada y a veces la utilizaban como refugio secreto.

—Una idea genial —susurró Julia.

Álvaro se puso en pie y le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Abrazados, se dirigieron hacia la casita y, nada más cruzar el umbral, él le bajó los tirantes del vestido y la cremallera.

—¿Te he dicho ya hoy lo guapa que estás? —le susurró al oído mientras le desabrochaba el sujetador.

En lugar de responder, ella lo abrazó y lo besó con verdadera pasión.

Todavía había instantes en los que no podía creer la suerte que había tenido de encontrar a ese hombre tan maravilloso.

Instantes como ese. Y, cuando pensaba en los malentendidos que los habían separado al principio, la cabeza le daba vueltas.

Álvaro la levantó en volandas y la llevó hasta la cama que tenía frente a la pared de piedra natural del fondo.

Allí la tendió suavemente sobre la colorida colcha y empezó a acariciarle los senos hasta que a Julia se le olvidaron todas las preocupaciones y pudo limitarse a disfrutar del momento, de sus manos y del amor que sentía por aquel hombre tan estupendo.

—Quítate la ropa —le pidió en voz baja, tirando ya de su camiseta. Álvaro se la quitó y luego hizo lo mismo con los vaqueros.

La cama era estrecha, pero lo bastante ancha para dos amantes que solo querían acurrucarse lo más cerca posible el uno del otro, acariciarse y finalmente unirse con ternura y pasión al ritmo del oleaje, cuyo potente sonido les llegaba con claridad.

Julia no solo se sintió unida al hombre al que amaba, sino también a la naturaleza que la rodeaba.

—Me encantan tus días libres —le susurró Álvaro al oído más tarde, cuando el oleaje de la pasión se hubo apaciguado de nuevo y Julia quedó tendida, feliz y cansada, entre sus brazos—. Quizá podrías plantearte la posibilidad de tomarte dos por semana.

Julia se rio en voz baja y trazó con la yema del dedo la línea de sus cejas. «Me encanta todo de este hombre», pensó embelesada justo antes de sumergirse en un sueño placentero.

—El sábado, el día de puertas abiertas, Jens me convenció para que les mostrara a sus clientes el jardín de sal.

Se habían quedado dormidos y se habían despertado de nuevo al cabo de una hora.

Luego se habían divertido rociándose mutuamente con la manguera de agua que tenían en el exterior de la caseta.

Entretanto, el sol ya estaba bajo en el horizonte, habían preparado café y se habían llevado las tazas al extremo más alejado del huerto de sal, donde terminaba la enorme losa de roca sobre la que se encontraban las instalaciones. Por debajo de ellos, rompían las olas.

—Ay, no me acordé de preguntarte por ese tema —respondió Julia con cierto sentimiento de culpa—. ¿Cómo reaccionó la gente? ¿Te resultó muy incómodo?

—No, fue todo bien. Los turistas llegaron sin aliento —respondió Álvaro riendo, y es que el sendero rocoso que bajaba desde la finca no era precisamente un paseo—.

Estaban demasiado preocupados por cómo volverían a subir —dijo antes de tomar un buen trago de café—.

Pero Jens se quedó todo el rato mirando hacia esas rocas de allí —añadió, señalando con la mano hacia dos escarpados arrecifes que había frente al jardín de sal.

En una ocasión ya le había explicado que rompían el poderoso oleaje del Atlántico, de manera que no podía entrar libremente en la bahía situada debajo.

Básicamente, le había venido a decir que eran las numerosas rocas submarinas de esa costa las que hacían posible que la salina estuviera tan cerca del Atlántico.

Julia se protegió los ojos con la mano para poder ver mejor las dos rocas.

—¿Qué tienen para que sea tan interesante? —preguntó.

—Jens quería saber si tras las rocas había una zona de buceo que es muy popular entre los lugareños.

—¿Y bien? —dijo Julia—. ¿Está allí?

Álvaro no respondió enseguida.

—Me pregunto cómo lo sabe —dijo como si hablara consigo mismo—, porque la conoce muy poca gente —agregó. Se volvió hacia ella y la envolvió con un brazo—. Y, a decir verdad, preferiría que siguiera siendo así.